La gloria y el patíbulo

Siglos van, siglos vienen y nosotros seguimos escarmentando a Judas. Llama la atención —o cuando menos debería llamarla— que en Sábado de Gloria se repriman los baños colectivos al aire libre (se dice que en defensa del “preciado líquido”), pero la gente encuentre muy común que las turbas se junten para quemar a Judas Iscariote: un simulacro de linchamiento que aprendemos desde la tierna infancia, y del cual emergemos purificados tras castigar entre gritos festivos el beso traicionero del señor de los treinta denarios.

Recuerdo que los “Judas”, igual que las piñatas, me producían un sentimiento ambiguo y en alguna medida descorazonador. ¿Cómo es que te regalan un juguete bajo la condición de que lo destruyas? ¿De qué servía elegir el Judas más bonito, si al día siguiente lo ibas a chamuscar? ¿Y por qué no indultarlo y conservarlo, para jugar con él cuantas veces quisieras? Sólo eso nos faltaba, que entre sus amiguitos de cartón contara el niño al traidor más odiado de la Historia. ¿Y qué mejor razón tendría todo el mundo para seguir ajusticiando a Judas, sino cubrir con ello las pequeñas traiciones de cada cual?

Calcula uno el calibre de la traición según quien la comete. Las mías, por ejemplo, suelen ser microscópicas, si bien las que he sufrido se me hacen comparables con la del mal apóstol. Siempre que se te ofrece lapidar a quien piensas que te ha jugado chueco, el arquetipo calza como un guante. “Es un Judas”, decimos del traidor, y se entiende que hablamos del menos perdonable de los sinvergüenzas. Puesto que las traiciones suelen calificarlas quienes las padecen, y si en otros aspectos se impone la clemencia, en éste no hay lugar a titubeos: una cosa es reivindicar a María de Magdala, otra muy diferente interceder por quien cobró por entregar a Cristo. Podrá el perdón tener muy buena prensa entre quienes se dicen cristianos y piadosos, pero no cabe en Sábado de Gloria. Día de ajustar cuentas con el Gran Felón.

Si no recuerdo mal, en la agenda de Semana Mayor el sigiloso pésame a la Virgen solía preceder a la estridente quema del antidiscípulo. “No llores, Virgencita, ya verás que ese tal Iscariote va a maldecir el día en que nació, después de los tormentos que vamos a aplicarle”, tendría uno que decir al momento de dar el pésame de marras, con el riesgo de terminar sumándose a la misma ralea de belcebúes que se había propuesto combatir. No sé qué tan funesto pueda resultar el ritual chacotero de empaparse a globazos y cubetadas a media calle, pero seguramente es menos tóxico que montarle un patíbulo en el patio a un traidor que es espíritu y efigie de aquellos enemigos a los que jamás vamos a perdonar.

De Francisco Picaluga a Victoriano Huerta, vemos a los traidores de la Historia con un desprecio afín al que recibe Judas Iscariote. Se diría que el puro término “traición” entraña el más siniestro de los crímenes, y no obstante es profundamente humano. ¿O es que existe otra especie propiamente capaz de traicionar, y encima hacerlo con total conciencia? Linchamos al traidor y le prendemos fuego esperando extinguir la enfermedad, antes que el mero síntoma. Pues si lo que quemamos es la traición en sí, y no a un mero traidor, de más está decir que somos los primeros en quedar absueltos de traiciones pasadas o futuras. “Todo el mundo es bueno cuando no usa la cabeza”, decía Drummond de Andrade, y lo cierto es que basta con emplearla para arriesgarse a ser tachado de traidor, y en un descuido chamuscado en efigie. Aprendimos temprano, gracias al catecismo y el Sábado de Gloria, que los traidores no tienen perdón. Lo que no está muy claro es quién nos dijo que los verdugos sí lo merecían.

Este artículo fue publicado en Milenio el 16 de abril 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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