Las coartadas del odio

“¿Por casualidad alguien se cagó en tu cerebro y olvidó jalar el agua?”, espetó alguna vez cierto parroquiano, en un café de Viena, al joven Adolf Hitler, sin que éste se atreviera a responder. Lejos aún de descubrir sus dotes de orador, el palurdo de Linz solía despotricar en voz muy alta para quienes pudieran escucharlo, y si bien no abrigaba esperanzas fundadas de llegar muy lejos, contaba ya con el combustible básico para intentarlo: el odio.

La anécdota la cuenta Ian Kershaw en Hitler (Hubris / Nemesis), la magna y estrujante biografía cuyo protagonista principal es justamente ese odio sin fronteras que sería el origen de todas las infamias posteriores. A lo largo de más de dos mil cuartillas, Kershaw cuenta la historia de una rabia que por sí misma explica la legitimación social de las atrocidades del Tercer Reich. Si el Führer culminaba sus discursos hecho un basilisco, debía de concluir su hechizado auditorio que algo igual de terrible lo motivaría. Un enemigo ubicuo al que urgía erradicar, apasionadamente. Más que infundir principios o creencias, el orador propagaba la tirria por la insidiosa vía del victimismo patriotero (nos hicieron esto, nos quitaron aquello, así nos humillaron). ¿Para qué iba a apelar a sus neuronas, si ya tenía secuestrados sus hígados?

El odio, ya se sabe, es pegajoso. Nada enceguece tanto a quienes suelen dar libre curso a su tirria como la inconsecuente neutralidad del público. Quien odia exige cómplices, y quien se niegue a serlo de inmediato irá a dar en fast track a su lista negra. Al rencor y la inquina hace falta sumarse sin pensarlo, puesto que el pensamiento tiene siempre sus dudas y éstas jamás le caben a la gente que vive para odiar. Pues al contrario, son sus ideas fijas las que le dan licencia de ejercer la ruindad y la vileza cual si fuesen virtudes encomiables. Dicen que la miseria ama la compañía, ¿y no es verdad que al odio le fascinan los ecos?

No ha perdido vigencia el discurso de odio, y hasta cabe creer que está de moda. Sería exagerado, puede que hasta perverso, tachar de nazi a quien propaga el odio, y en tanto ello juzgarle simpatizante o émulo de genocidas, pero es justo advertir que la presencia de la semilla del odio invita a reflexiones ominosas. Difícilmente cabe el optimismo ante la sed obsesa del resentimiento, de por sí inagotable y expansiva. Incluso si uno aprende a limitar los ímpetus de su ojeriza –cosa harto complicada, dado que comúnmente es muy estúpida– no podrá ya responder por aquellos en quienes ha sembrado la cizaña, y que acaso estarán mejor dispuestos a ignorar los escrúpulos. Antes, al fin, controlas una bola de nieve que un incendio.

La indignación profunda y sostenida no suele ser ajena a la soberbia y el narcisismo. Sin mejores razones que la ira y la histeria, quienes son gobernados por sus fluidos –de ahí que se les llame atrabiliarios– están muy orgullosos al respecto. Sus fobias son terapia y compensación por agravios tan hondos que sólo ellos entienden, y a partir de los cuales encuentran explicables sus fracasos. ¿Pero cómo medir los posibles alcances de quienes son clientes cautivos de la rabia, si tanto les estorba el pensamiento como les acomoda la estolidez? ¿Debemos esperar a que el obvio rabioso prenda fuego a la escena para ponerle alguna clase de límite? ¿Será que tanto miedo nos da su cobardía?

“Ideas que se encuentran a la orilla del arroyo”, decía Dostoievski de los lugares comunes. Ideas que tal vez ni siquiera merezcan considerarse tales. Ideas que le van muy bien al odio, porque no hay que pensarlas antes de arrojarlas, como se lanza un coche contra una multitud o se profiere una amenaza de muerte. Ya sé, pues, que el nazismo está muy lejos, pero el odio que flota en el ambiente me hace temer que hay demasiada mierda y muy poca agua en los cerebros de demasiada gente.

Este artículo fue publicado en Milenio el 12 de febrero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.laprensa.com.ar/498906-Similitudes-con-el-ultimo-discurso-de-Adolf-Hitler.note.aspx

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