Para aprender a mentir

En alguna medida lo hacemos todos. Desde niños nos parecía fácil, aunque más fácil era que nos atraparan porque el candor no ayuda a armar buenas mentiras. Además de malicia e inventiva, hacen falta paciencia, laboriosidad y mucha tolerancia a la frustración. Virtudes que, por cierto, no suelen abundar entre los mentirosos. A menudo se nos miente con prisa, como quien llena un formulario inútil, y se espera que demos por buena la patraña no porque nos parezca verosímil, sino para evitarnos la odiosa comezón de la sospecha.

Es, decía, frustrante torcer la realidad con el mínimo esmero, puesto que no depende de ocurrencias ni puede hacerse inconsecuentemente. Basta con que le cambies la edad a un personaje para que haga agua la invención completa, pues cada nuevo ajuste implica el surgimiento de varios desajustes, mismos que deberán ser corregidos o purgados hasta que ya no quede una rebaba. Y ese es trabajo fino, porque si al mentiroso compulsivo le tiene sin cuidado la calidad, quienes nos dedicamos a escribir novela requerimos de crédito irrestricto, so pena de quedarnos sin lectores.

Las mentiras han de fraguarse de una en una, con el cariño propio de quien prepara un guiso para la familia y espera solazarse en su deleite. Por la misma razón que no quisiera uno servir las viandas crudas, toda mentira tiene su tiempo de cocción, si espera ser creída y aceptada por todos. Una buena mentira se parece a un trasplante quirúrgico: solamente si ajusta a la perfección dentro del organismo que la recibe podrá integrarse totalmente a él. Hay que absorber muy bien la realidad antes de aventurarse a adulterarla, y ello supone tantas pruebas y errores como sea uno capaz de soportar.

Quienes se hacen la fama de burdos embusteros, porque mienten muy mal y muy seguido, cojean del mismo pie que la gran mayoría de los criminales. Suelen ser holgazanes hasta para pensar, y desde luego nada cuidadosos. Hay quienes pasan cuarenta años tras las rejas por no cavar un metro más de tierra, y quienes son objeto de burlas y desprecio por ofender la inteligencia ajena con algún ostensible cuento chino.

Verdad es que no faltan los embusteros que juran tener crédito perpetuo, aun si sus mentiras resultan defectuosas, baratas e infantiles. Tampoco es raro que haya novelistas inconsecuentes con la realidad, cuyas historias poco tienen que ver con ella, que en principio seducen a su público. Puedes construir un muro sin varillas, y quizás una casa sin cimientos, pero antes o después todo terminará por derrumbarse. Se siente uno muy listo cuando encuentra un atajo milagroso, hasta que se tropieza con la realidad y ésta le planta un gorro de bufón.

No es que la realidad supere a la ficción, sino que la precede y la habilita. Quienes saben mentir implantan la patraña tejido por tejido, con el mayor escrúpulo y un esmero incansable, de manera que al paso de los años ellos mismos terminen suscribiéndola. Como ningún abogado lo ignora, una buena ficción ofrece la ventaja de resultar aún más digna de crédito que la realidad. Si quienes me leen dudan de lo que cuento, tanto que en vez de imaginar mi historia cierran los ojos y me ven escribiéndola, me espera un gran fracaso como embaucador y una fama ruinosa en este oficio. ¿Cómo no ser cliente cautivo de la paranoia mientras voy atinando a construir una trama, si ahí mismo se juega mi supervivencia? ¿Cómo mentir sin miedo y esperar algún éxito?

El pecado mortal del mentiroso es perderle el respeto a la verdad. Con ella trabajamos, en primera instancia, y a ella hay que adaptarnos si queremos salir vivos del trance. Ignorarla, retarla o desdeñarla, como frecuentemente ocurre en nuestros días, equivale a quedarse sin piso ni horizonte y arrojarse a los brazos del ridículo. Como quien dice, reprobar el curso.

Este artículo fue publicado en Milenio el 19 de febrero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://lamenteesmaravillosa.com/el-cerebro-de-un-mentiroso-funciona-de-manera-diferente/

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