Réquiem

La modernidad era para James Joyce una “ciénaga de ruidos”. En un mundo dominado por el estruendo y la disonancia, Mario Lavista (1943-2021) creó atmósferas sonoras de inquietante sutileza. Hecha de aire, su obra Marsias une el soplo y la caricia -un oboe dialoga con copas de cristal frotadas con los dedos- y en su cuarteto para cuerdas Reflejos de la noche los armónicos crean el tiempo sin tiempo que sólo existe mientras dormimos.

Lo conocí en 1980 gracias al inolvidable Nacho Toscano, que impulsó la creación de la revista Pauta en la que Mario convocó a los poetas a escribir de música y a los pintores a diseñar partituras. Guillermo Sheridan fue el primer jefe de redacción y yo lo relevé de 1984 a 1988. Era mucho lo que debía aprender de musicología, pero fue más lo que Mario me enseñó de literatura, forma silenciosa de la música.

Nos reuníamos a planear números en el departamento de Mario en los edificios Condesa, muchas veces en compañía del compositor Joaquín Gutiérrez Heras “Quinos”, quien llegaba atraído por los guisos de Chabelita, excepcional cocinera, y el deseo de compartir lecturas recientes y chismes eternos. La única tensión era aportada por el teléfono. Mario jamás lo contestaba. Odiaba esa intromisión en la vida, pero no desconectaba el aparato; lo oía con atento repudio, como si se tratara de un tritono, el diabolus in musica que acompaña a Mefistófeles en el Fausto de Gounod. “Contesta, que puedo ser yo”, bromeaba “Quinos”.

Mario no olvidaba una escena de Amadeus en la que Mozart se abstrae de un pleito familiar imaginando una melodía. Ese gesto lo definía: a menudo, nos oía con amable distracción. Su mundo era el de los sonidos que todavía no existen. Pionero de la música electrónica, colaborador de Stockhausen, miembro del grupo Quanta, defendía las nuevas técnicas de interpretación. Toda partitura tiene una condición potencial; aguarda que los instrumentos la despierten. “La tragedia de la música nueva es que no tiene referentes; si no te gusta una versión de la Quinta de Beethoven culpas a la orquesta, pero si no te gusta un estreno contemporáneo, culpas al compositor”, decía Mario. Trabajaba mucho con los intérpretes y a ellos dedicó su discurso de ingreso a la Academia de Artes.

Disfrutaba la música popular, incluida la de los cilindros (depositaba billetes sustanciosos en la gorra del organillero, diciendo: “somos colegas”). El jazzista Eugenio Toussaint encontró en él a un mentor que le permitió transitar a la música de concierto. Su tío Raúl Lavista lo acercó a la música de cine, que él escribió para su amigo más cercano, Nicolás Echevarría. En esa faceta, mostró otro temple. Le gustaba decir que Shostakóvich fue varios compositores a la vez: creador de sinfonías épicas, cuartetos vanguardistas y emotivas melodías populares. Sin llegar a desdoblamientos tan extremos, él transitó por registros tan diversos como la meditación para piano Simurg o la briosa pista sonora de Cabeza de Vaca.

La mente musical es aliada de la matemática. Mario lo demostraba en las partidas de dominó, que ganaba sin miramientos. Le bastaba ver unas fichas sobre la mesa para saber cuánto sumaban. Otra de sus pasiones era el billar; veía los desplazamientos sobre el paño verde como las notas en un cambiante pentagrama.

No asumió otro proselitismo que el del arte. Recupero una anécdota que lo pinta cabalmente. Pauta dependía del INBA y de un funcionario con ínfulas de poeta que se sentía soslayado por nosotros. Nos negó el presupuesto para que fuéramos a verlo. Prometió apoyo a cambio de que le publicáramos un poema. Al salir de la oficina, leímos los versos que representaban un chantaje. Mario se negó a publicarlos, y emprendió una batalla en defensa de la calidad literaria hasta que volvimos a circular.

Trataba con desinteresada cordialidad a cualquier persona y profesaba una irrestricta devoción por su madre, su hija y su nieta. Nos vimos por última vez en un homenaje póstumo a Nacho Toscano, el amigo que nos presentó. Mario se preocupó de que yo hubiera perdido un oído. Él padecía una enfermedad mucho más grave, pero no podía imaginar una vida sin sonidos.

Días antes de su muerte, su hija Claudia organizó una sesión budista para acompañarlo. En medio del silencio oímos la respiración de Mario, serena, acompasada: el maestro medía el tiempo.

Su música no dejará de hacerlo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 05 de noviembre de 2021, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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