La mala hora

Una prueba de la decadencia del periodismo es que da pocas noticias del más allá. Aunque millones de seres sensibles constatan a diario que los fantasmas ejercen sus funciones, no está de moda creer en ellos.

En el siglo XVIII, G. E. Lessing se ocupó en su obra capital, Dramaturgia de Hamburgo, de los aparecidos en el teatro. Durante siglos, el problema no era volverlos verosímiles, sino convencer al público de que se trataba de actores y no de espectros reales. Ante el fantasma del padre de Hamlet, los contemporáneos de Shakespeare sentían un susto que no se debía al maquillaje sino a la convicción de que los muertos regresan.

La luz eléctrica, y la tendencia a creer en cosas comprobables, restaron oportunidades a los fantasmas. Las señales empíricas de su actividad no dejan de suceder, pero ahora se atribuyen a causas electromagnéticas.

Hace unos días participé en un encuentro virtual con los escritores que visitarán la Casa Estudio Cien Años de Soledad donde Gabriel García Márquez escribió su célebre novela. Como el autor dedicó crónicas a personas que pedaleaban en bicicleta y hacían trámites después de muertos, o se preparaban para resucitar “en pleno ejercicio de sus atribuciones”, la conversación giró en torno a los posibles fantasmas de la Casa Estudio. García Márquez convivió con esas presencias en los insomnios de su infancia. Ya convertido en escritor famoso, decidió comprar una propiedad en Cartagena de Indias, pero se negó a establecerse en una casona colonial, temeroso de coexistir con inquilinos que habían dormido la siesta y pelado cebollas en tiempos remotos.

Aunque la superstición atribuye malas intenciones a quienes vuelven al mundo por asuntos pendientes, a veces anhelamos el contacto sobrenatural con alguien que logró en vida prodigios misteriosamente reales. En la tertulia de la Casa Estudio nos preguntamos si sería posible sentir la mano de sombra del maestro.

Estoy en condiciones de dar una noticia que pertenece a este mundo, pero se explica por otro. El pasado miércoles 17 hablé de La mala hora en el curso sobre García Márquez que imparto desde el despacho donde él escribió Cien años de soledad. Recordé que el título de trabajo de La mala hora había sido Este pueblo de mierda. Cuando García Márquez tuvo que elegir un nombre definitivo, encontró tres sugerentes palabras en su cuento “En este pueblo no hay ladrones”.

La mala hora es un título espléndido, pero no se ajusta del todo a la trama dispersa de la novela, donde no hay un acontecimiento decisivo. Hablé hasta las 9:30 de la noche, el momento de terminar. Entonces, un viento repentino cimbró el cuarto; luego, un libro cayó a mis espaldas como un recordatorio de que mi tiempo había acabado.

García Márquez bautizó su estudio como La Cueva de la Mafia y Miguel Limón, director de la Fundación para las Letras Mexicanas, lo rebautizó con entusiasmo profético como La Cueva de la Magia. Sobre una repisa están los libros del novelista. ¿Cuál de todos se vino abajo? ¡La mala hora!

La coincidencia no podía ser más exacta: un título sobre los abusos del tiempo señalaba el fin de la clase. Pero había algo más. En esa sesión mencioné el papel que el pintor Vicente Rojo tuvo en la vida de García Márquez. Fueron muy amigos, Rojo lo editó en ERA y diseñó la portada de Cien años de soledad utilizando exvotos y talismanes de artesanía popular y una tipografía de pintor de rótulos. Al respecto escribió Dasso Saldívar: “No sólo había captado el fondo y el mensaje popular de la novela, sino que, sin proponérselo, se había acercado al diseño original del antiguo juego del macondo, que fue tan popular en la zona bananera durante las primeras décadas del siglo […] La portada de Rojo, que invadió el continente con más de un millón de ejemplares, llegó naturalmente a ser tan popular como la novela, rebasando los límites de lo libresco y convirtiéndose en una imagen de identidad cultural”.

Al terminar la clase me enteré de una noticia devastadora: Vicente Rojo acababa de morir. La sesión quedó grabada en video. Al final se oye un viento repentino y remoto, y un libro se desploma. La mala hora señala el fin de la clase y el de una vida excepcional.

Los testigos de los fantasmas podemos ser puestos en entredicho; sin embargo, la historia que acabo de contar trata de algo incontrovertible: la inmortalidad de García Márquez y Vicente Rojo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 26 de marzo de 2021, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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