Migración digital

La última década del siglo XX vio surgir un peculiar invento, capaz de transformar a los usuarios en mercancía. Me refiero, por supuesto, a internet, los portales en línea, los motores de búsqueda y las redes sociales. Las pantallas de silicio se convirtieron en espejos encantados donde la gente puede buscar una nueva versión de sí misma y obtener de manera gratuita la instantánea satisfacción de sus deseos. El nuevo País de Jauja es virtual y está a un clic de distancia.

Pero no hay cuento de hadas sin ogros. Adentrarse en el bosque encantado puede conducir a una casa hecha de dulces y a los temibles anhelos de su propietaria. Si Hansel y Gretel dejaron migas de pan a lo largo de su recorrido para poder desandar su camino, nosotros dejamos cookies en la red para que otros conozcan nuestra ruta.

En la trama de los hermanos Grimm, los pájaros se comen las migas de pan y los protagonistas quedan perdidos en la profundidad del bosque. Al caminar sin rumbo, descubren una casita hecha de deliciosas golosinas que parece construida para un festín infinito. Hansel trepa al techo y lo prueba de un mordisco mientras su hermana degusta la nieve con sabor a azúcar. La gran paradoja del relato es que ese sitio no existe para ser comido, sino para que los niños sean comidos. La casa está habitada por una hechicera dispuesta a guisar la tierna carne de la infancia.

En las redes ocurre algo similar. Una galaxia de opciones aparece ante nuestros ojos sin que advirtamos que el principal producto de consumo somos nosotros mismos. Ningún negocio planetario supera al tráfico de datos personales. Esta actividad se practica en forma suficientemente oculta para recibir el nombre de “minería”.

En días pasados ocurrió un fenómeno sin precedentes. Mark Zuckerberg, propietario de WhatsApp, anunció que compartirá la información de sus usuarios con Facebook y con terceros (la medida no se aplica a Europa, donde hay regulaciones que protegen a los clientes). Esto significa que tus usos y costumbres irán a dar al mejor postor.

Pero no todo está perdido. Ciertas plataformas buscan proteger la identidad de sus clientes y garantizar el uso libertario de las redes. El 12 de enero se publicó una singular noticia: en 72 horas 25 millones de usuarios se unieron a Telegram. Así, la plataforma superó los 500 millones de participantes, y la avalancha crece minuto a minuto. En nuestra condición de “primitivos de una nueva era” asistimos a una migración parecida a la de las grandes glaciaciones.

El protagonista de este cambio es Pável Dúrov, que a los 36 años ya logró el privilegio digital de ser el primer Pável que aparece en las búsquedas de Google. Nacido en San Petersburgo, se formó como filólogo (al igual que Jacob Grimm). Durante años vivió en Turín, donde su padre enseñaba filología. Su interés inicial era la traducción. Creó una red para compartir libros, que tuvo éxito y lo llevó a convertirse en socio de la red social VK. Desde un principio se propuso ofrecer información fidedigna para contrarrestar la censura de Vladimir Putin. A pesar de recibir amenazas, siguió adelante; para 2012 tenía 150 millones de usuarios. Ese año, el fraude electoral que reconfiguró el Parlamento ruso fue registrado en VK. Dúrov se negó a dar los datos de quienes hacían denuncias y en 2014 protegió a los disidentes ucranianos que se servían de VK. Por presiones de Putin, la empresa despidió a Dúrov, que para entonces ya había creado Telegram con su hermano Nikolái.

Aunque ha sido bautizado como el “Zuckerberg ruso”, su proceder es muy distinto. Dúrov tuvo que abandonar Rusia, vive en ciudades donde permanece menos de 10 semanas y donó un millón de dólares a Wikipedia para apoyar el libre flujo de la información.

Con todo, su política de blindaje acarrea problemas en un mundo donde los escondites no siempre sirven para guardar buñuelos. De acuerdo con la BBC, fanáticos islámicos y grupos de derecha estadounidenses se han servido de Telegram para reclutar miembros y conspirar a través de chats encriptados.

El bosque que los hermanos Grimm concibieron en 1812 tiene su nueva expresión en la realidad virtual, donde el extravío promete dulces recompensas. De Jacob Grimm a Pável Dúrov, los filólogos saben que cada palabra contiene un mensaje oculto. No es casual que Zuckerberg quiera decir “montaña de azúcar”.

Este artículo fue publicado en Reforma el 15 de enero de 2021, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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