Don Trump

Se llama hipocorístico al diminutivo cariñoso que aplicamos a ciertos nombres familiares, pero éste no es el caso. Las reglas ortográficas señalan que los títulos inician con mayúscula, de ahí que esta columna dé la impresión de referirse a Don, hipocorístico del nombre propio Donald, pero también sabemos que cuando el tratamiento de don o doña se aplica nada más al apellido (no sin alguna dosis de sarcasmo), uno debe entender que el aludido es claramente indigno de respeto. Y tal sí que es el caso del hasta hace muy poco hombre-más-poderoso-del-mundo, hoy día convertido en apestado planetario.

Nadie que a estas alturas lo corteje, elogie o justifique está a salvo del público desprecio, aun si no faltan sectas de resentidos —supremacistas, skinheads, neonazis y demás entusiastas del gorilato— para quienes resulta mentor, emblema y mártir, pero antes que eso facilitador. Al modo del amigo zalamero y canalla que respalda y aplaude tus impulsos más viles, don Trump ha habilitado a émulos y discípulos para hacer caso a sus peores instintos y gritar lo indecible no nada más sin rastro de rubor, sino hinchados de la clase de orgullo que exhiben los maleantes aún impunes. Gente que hace lo que hace “porque puede” y se siente eximida de respetar a nadie que no comparta sus torcidas creencias, por llamar de algún modo al catecismo de odio que les solivianta.

Contra lo que el trumpismo y sus secuelas se han esmerado en hacernos creer, no puede uno pasar por encima de todos en nombre de sus puros impulsos primigenios, ni éstos son atenuantes para hacer o decir un rosario de infamias y disparar calumnias a mansalva. Cosas que todo el mundo sabe inaceptables, y que si bien ocurren con alguna frecuencia se tiene la certeza de su carácter tóxico y dañino: ahí donde ya no cabe la polémica pues se ha entrado en terreno delictuoso y hay daños a terceros. Puede uno, por supuesto, negar el Holocausto e incluso celebrarlo, igual que los gentíos desatados pueden linchar a quien les venga en gana, pero no hay modo de legitimarlo sin sumarse a la lista de parias de este mundo. Es decir que no puedo, en realidad, porque tampoco debo: tal es el fundamento de todo pacto que se precie de civilizado, fuera de él no hay más ley que la del troglodita.

El problema de los golosos de poder, y al cabo la razón que nos orilla a regatearles el respeto, está en que no se sienten obligados a dejarse medir con la vara que miden. Exigen de los otros aquello que ellos nunca entregarán, como sería justamente ese respeto que insisten en tomar por unilateral, toda vez que su juego comienza por cambiar el sentido a las palabras, de modo que lo que antes fue aceptable hoy sea demonizado, y viceversa. En el imperio de los eufemismos, hipocresía y cinismo interpretan a coro la misma cantaleta, para seguro arrobo de un rebaño de pronto ávido de patíbulos.

Para muchos frustrados o enfermos de codicia, el ejemplo grosero de don Trump funcionó a modo de salvoconducto, como si su soberbia estrepitosa hiciera equipo con sus instintos menos presentables y les diera cabal ciudadanía. Hasta que un día el amigo rufián se pasó de la raya y fue a dar hasta el fondo de la ignominia, para que al fin a nadie se le olvide que no siempre uno puede hacer y decir lo que en su estupidez creyó posible —no al menos sin pagar el precio del boleto—. No puedes insultar, difamar, chantajear, discriminar, magnificar lo falso y negar lo evidente sin que crezca una cuenta que eventualmente vas a liquidar, cuando ya nadie tema a tu ponzoña, ni atienda a tus berrinches, ni se aguante la risa si es que alguien deja ver que aún te respeta.

Hasta nunca, don Trump.

Este artículo fue publicado en Milenio el 16 de enero de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.chicagotribune.com/hoy/ct-hoy-adios-mister-trump-20190723-c5m6gytmnzanzjpprqdof2i6za-story.html

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