La semana de Noé

El 2020 terminó sumido en la pandemia. Lo único que podemos esperar del incierto futuro es que se aparte del presente. Estamos entre paréntesis, algo nuevo para un mundo que hasta hace poco se definía por la prisa, las gratificaciones instantáneas, los viajes a todas partes. Nadie nos educó para la calma. Si el rencor o el miedo se alimentan de sí mismos, la paciencia es más difícil porque necesita estímulos.

Los que no disponemos del autocontrol del faquir o la resignada aceptación del santo, estamos hartos. ¿Hay manuales para esperar? La literatura ayuda a descubrir en piel ajena facultades de las que carecemos. El infinito acervo de la Biblia ofrece anécdotas que la interpretación puede convertir en parábolas. Ninguna otra obra confirma con tal fuerza el papel creativo de la lectura y de la exégesis.

Erri De Luca, poeta italiano, activista ecológico, montañista y traductor del hebreo, ha dedicado un hermoso libro a un pasaje del Génesis: Vita di Noè/Nòah. Sus reflexiones aprovechan los recursos detectivescos de las etimologías, comenzando por el nombre del protagonista, Nòah, que en hebreo antiguo remite al verbo “reposar”. Horrorizado ante la violencia y la corrupción de los seres humanos, Dios no sólo elige a un hombre justo e íntegro para reiniciar la especie humana, sino a alguien que sabe esperar.

Las cosmogonías tienen estadísticas desaforadas. De acuerdo con el relato bíblico, Noé vive 950 años. Se podría decir que a alguien de tan garantizada longevidad no le queda más remedio que ser paciente, pero no hay que minimizar las pruebas enfrentadas por el custodio de la humanidad.

El diluvio es el arrepentimiento de Yavé ante su creación inicial y dicta a Noé instrucciones muy precisas para construir la embarcación (sin popa, con tres pisos, etcétera). De Luca destaca un detalle esencial: la nave carece de timón; “está hecha para flotar, no para navegar”. A bordo no hay mayor recurso náutico que la fe.

Noé se embarca con su esposa, sus tres hijos y sus parejas, y con ejemplares macho y hembra de todos los animales. Durante cuarenta días y cuarenta noches llueve sin cesar. La narración menciona que todos los demás seres vivos son aniquilados, pero no recrea las escenas del acabamiento. En cambio, detalla con minucia los plazos que atraviesa el arca. Después de la furiosa cuarentena del diluvio, el viento sopla de otro modo. Durante 150 días las aguas bajan de nivel. Al mes décimo, las cumbres de los montes vuelven a ser vistas. Pasan otros cuarenta días y Noé suelta un cuervo que revolotea en torno al barco. Siete días después suelta una paloma que no encuentra dónde posarse y regresa al navío. A lo largo de esta exigente cronología Noé se comporta como un relojero místico; no conduce la nave, pero mide el tiempo, emulando la semana del origen, la primigenia página en blanco. “Se atiene al intervalo temporal de la creación; sabe que está ante el segundo nacimiento del mundo”, escribe Erri De Luca.

Noé aguarda otros siete días para volver a enviar la paloma, que ahora regresa con una rama de olivo, señal de que la tierra está cerca. Todo parece resuelto, pero el protagonista decide esperar una semana más. Esos últimos siete días confirman su naturaleza. El poeta italiano Paolo Vachino observa que, después del diluvio, “la historia cuenta cómo se regresa a la vida. No a través del excitado desenfreno de la supervivencia, sino con la serenidad del hombre en cuyo nombre está inscrito el reposo”.

Ya en tierra, Noé sigue atento a la cronología: planta una viña, reloj vegetal. La siembra, la cosecha, la fermentación y el añejamiento son los nuevos plazos de su espera. Hace vino para beber el tiempo.

Hombre al fin, se emborracha y sus hijos lo encuentran desnudo. Antes de salir de escena maldice a los herederos de su estirpe.

Noé aceptó la difícil espera que le fue impuesta y se asignó a sí mismo una semana adicional para aquilatar la nueva vida desde el reposo; se concede una pausa antes de reemprender el camino: “deja que el mundo respire siete días más, ahorrándole la presencia de las mujeres y los hombres”, comenta Vachino. Años después, en su viñedo, descubrirá la maravilla y el peligro de ser dueño del tiempo.

La pandemia no ha terminado, desconocemos el futuro y somos impacientes. La espera es horrible, pero permite aprender del tiempo y recordar lo que vale una semana.

Este artículo fue publicado en Reforma el 01 de enero de 2021, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.mundiario.com/articulo/sociedad/vida-nuestra-arca-noe/20200331112901180075.html

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