Embustes del sentimiento

Son las 12 del día y los vecinos siguen con el festín. Se escucha una canción distorsionada por cuando menos una veintena de voces, no cabe duda de que la están gozando como si el mundo fuera un gran escenario para sus sentimientos desatados. Quienes hemos cantado de esa forma, casi siempre con varios buenos tragos distribuidos entre pecho y espalda, sabemos cuán poquito importa lo demás –penas, deudas, temores, urgencias– en instantes como esos. Llegó la hora de quitarse de complejos, soltarse la melena y dejar que se exprese el corazón sin las intromisiones del raciocinio. Y que se acabe el mundo, no faltaba más.

No suele uno advertir en qué momento da el primer paso hacia la periferia de la razón, ahí donde lo evidente se va haciendo dudoso y los que eran antojos, ensueños u ocurrencias se tornan requisitos apremiantes. Parecería que sigue en su juicio, tanto así que no para de generar ideas curiosamente afines al mandato de la pasión en turno. Súbitamente toma decisiones que horas antes habría considerado absurdas, cual si un ventarrón fresco le hubiera oxigenado la sesera y ya experimentara la agudeza expedita de los iluminados.

Algo por el estilo le sucede a aquel enfermo crónico cuya capacidad para encontrar remedios milagrosos es tan grande como su propensión a descartarlos, en cuanto la ilusión se desvanece. Ya no es tanto que sepa, piense o estime que esta o aquella es la mejor terapia, sino que así “lo siente”, igual que enamorados y suicidas. Una vez que el cerebro y los sentidos dejaron de ofrecer soluciones viables o siquiera aceptables, se ocupan del asunto los sentimientos. Si no consigo estar lo que se dice bien, haré lo necesario para sentirme un poco menos mal y muy probablemente, si es posible, seguiré hasta que crea estar de maravilla. ¿Quién imagina trampas más arteras que las tendidas por sus propios sentimientos? ¿Y quién se piensa libre, en días como estos, del acecho traidor del sentimentalismo?

Todo aquello terrible que le pasa a la gente se antoja mucho peor si nos dicen que sucedió en una fecha a su modo emblemática. Arruinarte el cumpleaños o la Navidad parece un golpe bajo del destino, pues si estar solo y triste ya es de por sí descorazonador, que esto suceda en fechas especiales invita al fatalismo empecinado y un pelo fetichista. ¿Cómo es que justamente cuando me disponía a hacer corte de caja se presenta un piquete de cobradores agitando en el aire facturas impagables? Bien decía mi madre que al perro más flaco se le cargan las pulgas.

Sé que digo burradas, en vista del contexto. El sentimentalismo tendría que ser un lujo inaccesible, a la vista de la catástrofe reinante. Y sin embargo viene a chantajearte. “¿Cómo que tu papá va a pasar Noche Buena y Año Nuevo solito en su casa?”, me preguntó una amiga apenas anteayer, con esa propensión a los diminutivos que oprime el lagrimal de los sentimentales. “¡Más solito estaría en el panteón!”, respondí con los pelos de punta, presa de la impaciencia de quienes sobrestiman lo que hallan evidente. Una vez activado el instinto de supervivencia, el sentimentalismo y la dubitación tendrían que ser obra del demonio.

Llegada la hora del corte de caja —en estos días huecos y solitarios que a su manera lo hacen inminente— no estaría de más tomar en cuenta el costo estratosférico de la sensiblería, justo cuando más falta hace el cacumen. Pues no son los adultos, sino los niños quienes se ilusionan, con toda razón, en los últimos días de diciembre.

El sentimentalismo exacerbado nos lleva de regreso a aquellas épocas en que cualquier tristeza ocasional parecía infumable e irremontable, puesto que éramos niños y por lo tanto tiernos y así se nos cuidaba y compensaba. Ya pasó mucho tiempo desde entonces. ¿No es tiempo de escuchar otras alarmas?

Este artículo fue publicado en Milenio el 26 de diciembre de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL

Foto:

https://expansion.mx/economia/2020/11/25/rebrotes-por-covid-amenazan-a-la-economia-mexicana

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