En defensa del 2020

Año maldito, dicen, el que recién se fue. Año ingrato, traidor, infausto, cruel, mortífero, salado. ¿Quieren decir tal vez quienes tanto reniegan del 2020 que hubiesen preferido eliminarlo, de ser esto posible? ¿Vivir un año menos, con tal de no tener que hacerlo confinados, aterrados o arriesgando la vida para ahuyentar el hambre? ¿Renunciar de un plumazo a la experiencia, así como a sus varios retos y enseñanzas?

Referirse a los años como “buenos” o “malos” es una forma de librarse de toda responsabilidad. Visto así, no fui yo quien hizo más o menos, sino el año que ya venía podrido. ¿Quién se muere tranquilo en la creencia de que son malos tiempos los que vienen y no hay mayor razón para vivirlos? Dar por perdido el tiempo que aún no llega, sólo porque no viene como uno lo esperaba, equivale a tirar dinero a la basura porque no es suficiente para cumplir tus sueños. No todo el mundo derrocha el dinero, pero el tiempo lo matan incluso quienes más lo necesitan. ¿Cuánta gente no entiende los pasados diez meses como vil tiempo muerto sólo porque no pudo hacer con él lo que habría querido?

Tengo para mí que el tiempo es un regalo para cualquiera que pueda vivirlo. No se espera que esté resuelto de antemano, aun si lo parece o así se nos ofrece (y si tal cosa fuera resultaría infumable). El regalo consiste en la prerrogativa de hacerse cargo de él, hora tras hora, de modo que al final de cada día quede la sensación de que no se ha escapado el tiempo transcurrido. “El dinero va y viene”, suele decirse a modo de consuelo, pero lo que jamás vuelve es el tiempo. Si me preguntan, pues, cuáles realmente son mis peores días, la respuesta es tan simple como incómoda: aquellos que he perdido creyendo que había unos mejores que los otros.

Entendiendo que el tiempo es, en esencia, la más grande riqueza con la que los mortales podemos contar, a muchos 2020 nos hizo herederos. De repente nos sobraban las horas, y como es natural escaseaba nuestra capacidad de administrarlas. No pocos se tomaron la herencia intempestiva como una maldición con la que cargarían inexorablemente: hay que ver en qué clase de energúmeno se arriesga a convertirse quien desafía a sus monstruos con tamaño tupé. Pesa el tiempo tirado a la basura, da la impresión de prolongarse más y por supuesto que es agotador. Alguien adentro grita, aunque tú no oigas más que un murmullo confuso, que estás perdiendo lo único que tienes. Ese puro susurro te transforma en piltrafa de a poquitos, o bien hace saltar tus íntimas alarmas.

No se administra el tiempo sin propósitos, ni éstos llegan muy lejos sin un plan. De sobra lo sabemos quienes acostumbramos trabajar en la casa y un día nos hartamos de derrochar el tiempo miserablemente. Nunca, que yo recuerde, reuní tantos propósitos y tracé tantos planes como durante los últimos diez meses del año impresentable de este siglo. Lo hice, probablemente, por desesperación, imaginando la clase de infierno que sería ver pasar esos miles y miles de minutos en mitad de un naufragio autoasumido. Si no podía arreglar nada de lo que afuera estaba mal, resolvería al menos los problemas de adentro. Tenía, después de todo, un gran baúl repleto de horas hábiles.

No encuentro necesario recordar que 2020 ha sido un año pleno de desgracias, pero por eso mismo mal podría quejarme, si mi única desgracia en perspectiva –dejar que se me escapen tantas preciosas horas– tengo que conjurarla cada día con un pequeño plan, un horario preciso y una modesta dosis de entusiasmo. No es fácil, menos aún si comienza un nuevo año y soplan vientos de melancolía, pero la otra sería echar la culpa al año pasado y al que viene para poder compadecerme a gusto. Y eso, en cuestión de horas, sale caro. Con su permiso, tengo mucho quehacer.

Este artículo fue publicado en Milenio el 02 de enero de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.elconfidencial.com/espana/2020-12-30/calendario-laboral-2021-ano-festivos-laborales_2819328/

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