La flor amarilla

El escritor uruguayo Mario Levrero se quejaba de que sus mudanzas siempre eran incompletas. Instalado en la nueva casa, descubría que le faltaba algo. Después de años en un sitio, se produce el descubrimiento opuesto: abres un armario y aparece algo que no sabías que tenías. No se trata de un collar de topacios o una raqueta para ganar en Wimbledon, sino de un cachivache cuya principal característica es estar incompleto. Hoy en la mañana abrí la alacena para tomar la bolsa de croquetas del gato y un objeto cayó al suelo con estrépito. Vi una flor de metal pintada de amarillo, llegada de otro mundo. Recordé la flor marchita con la que el viajero del tiempo de H. G. Wells vuelve al presente. En el suelo de la cocina, la flor reposaba como un recuerdo del futuro. Me vino a la memoria el cuento de Julio Cortázar, “Una flor amarilla”, que comienza con la frase: “Parece una broma, pero somos inmortales”.

Aguardé a que la reverberación metálica desapareciera de mis oídos. El encierro a causa del coronavirus me deparaba, al fin, un asombro.

Por desgracia, al revisar el objeto le encontré utilidad, lo cual disipó su misterio. La flor metálica tenía perforaciones en el centro para esparcir agua; una base con hendiduras permitía enroscarla en una manguera. Se trataba, como todo lo hallado por azar, de una pieza suelta que cobraría sentido al unirse a otra que no estaba ahí.

La flor amarilla adquirió significado práctico. El enigma consistía en saber cómo había llegado ahí. En mi precario jardín, tres perros se han encargado de que no haya césped. ¿A quién se le ocurrió comprar un alegre aspersor con cinco pétalos? Y, ya puestos a investigar, ¿a quién se le ocurrió guardarlo junto a las croquetas de Capuchino?

Una de las ventajas de la convivencia es que evita los sondeos de opinión. De nada sirve preguntar por el origen de las cosas raras. Nadie recuerda haberlas visto. Por eso son raras.

G. K. Chesterton demostró que las intrigas criminales se resuelven pero lo ordinario es indescifrable. En uno de sus libros más sugerentes, reúne su cacería de “tremendas nimiedades”. Una de ellas trata de las cosas que encontró en sus bolsillos.

El autor de El hombre que fue jueves viajó en tercera clase y olvidó llevar algo que leer. No encontró a nadie con quien entablar conversación y lamentó que las paredes carecieran de anuncios capaces de mandar su mente a otro sitio. Sólo contaba consigo mismo para distraerse. Decidió vaciar sus bolsillos, tan abultados como su figura.

Lo decisivo no fue lo que encontró, sino el uso que le dio. Una navaja de bolsillo lo llevó a la Edad de Hierro; un trozo de gis, a la representación de un bisonte en una cueva prehistórica; una moneda, a los Césares de todas las épocas que gobiernan sin otro fin que ser acuñados en bronce. Los banales restos de una vida le permitieron desplazarse en el tiempo y el espacio. Lo único que no encontró fue el boleto que debía presentar al inspector.

La más ordenada de las casas alberga saldos inesperados. No me refiero a los desarreglos provocados por la excesiva inteligencia (el genio que olvida sus anteojos en el refrigerador), sino a un fenómeno ajeno a la voluntad. La clave no está en la gente; está en las cosas. La materia insiste en llegar a nosotros en pedazos al margen de nuestro designio. Las mudanzas no se acaban nunca porque toda casa se muda hacia sí misma, incorporando objetos que nadie reconoce.

El confinamiento es como el vagón de tercera donde viajaba Chesterton. El tedio exige que lo común se vuelva entretenido. La flor metálica perdió encanto entre mis manos, pero al olerla respiré la intoxicante fragancia de la vainilla. Recordé algo que siempre me ha intrigado: ¿por qué el helado de vainilla es amarillo?, ¿en qué momento se decidió colorear un sabor de esa manera unánime y artificial? Vivimos entre arbitrariedades que no cuestionamos hasta que el encierro genera una atención acrecentada y nos fijamos de otro modo en las cosas.

Esto no quiere decir que las resolvamos. Chesterton juzgaba que la teología y los enigmas policiacos son lógicos. Lo inescrutable es la vida cotidiana. Si averiguo por qué la flor olía a vainilla eso me llevará a otra perplejidad.

El confinamiento dota de peculiar sentido a todo lo que no buscas y sólo escamotea una cosa: el boleto para salir de ahí.

Este artículo fue publicado en Reforma el 15 de mayo de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.infobae.com/america/cultura-america/2018/05/11/mario-levrero-por-que-leer-al-escritor-uruguayo-mas-importante-de-los-ultimos-anos/

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