La espera

El problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo. Antes de la pandemia buscábamos el tiempo “libre”, que existe por contraste, arrebatado a la tiranía del horario. La felicidad existe a ratos.

El confinamiento cambia las costumbres. No necesitamos desplazarnos para “estar ahí”. Quienes estudian o trabajan a distancia se encuentran siempre disponibles, sin pretextos para desatender responsabilidades. Ya veremos si se estudia o se trabaja mejor así; lo cierto es que el encierro no favorece la pérdida de tiempo.

Los presos conocen este drama. En su espléndida antología de textos de Ricardo Garibay (2013), Josefina Estrada incluye la crónica “Cárcel”. El escritor visita a tres presos políticos en el “Palacio Negro” de Lecumberri después del movimiento del 68: José Revueltas, Eli de Gortari y Heberto Castillo. Los tres soportan la reclusión con estoicismo y han convertido sus celdas en cubículos de trabajo.

Garibay no conocía a Heberto Castillo, pero sintió que continuaban un diálogo de viejos amigos. Dueño de una sonrisa “fácil”, “impensada”, el anfitrión había renunciado a su brillante desempeño como ingeniero y se disponía a fundar un nuevo partido político, deseoso de complicarse la vida. Ante esta figura de entusiasmo crónico, Garibay hizo la pregunta decisiva: “¿Qué es lo peor, ingeniero?”.

El anfitrión dio una cátedra sobre la ingeniería del tiempo: “Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: ‘afuera’ uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede”.

Las palabras de Heberto Castillo resumen el predicamento de vivir entre paréntesis, aguardando una noticia, un rumor que acabe con la pausa. Hace unos días, Martín Caparrós escribió con ironía que la tierra ha vuelto a ser plana, pues sólo la vemos en la pantalla de la televisión. También recordó la renovada pertinencia de la dedicatoria de Zama, novela de Antonio di Benedetto: “A las víctimas de la espera”. Fiel a su estética, ese libro capital aguardó a sus lectores durante muchos años. En 2017 contó con una adaptación cinematográfica dirigida por Lucrecia Martel y protagonizada por Daniel Giménez Cacho. La historia se ubica en el siglo XVIII. Un funcionario de la Corona española es enviado a una lejana frontera rural y anhela ser trasladado a Buenos Aires. Durante años no hace otra cosa que esperar. Poco a poco pierde la ilusión de que eso se cumpla y así adquiere peculiar fortaleza. Ante la adversidad, depone la esperanza pero no la ética de la espera. Hacia el final de la trama dice: “Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera, y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.

“Siempre se espera más”.

La novela apareció en 1956 y el destino de Diego Zama fue visto como el de un existencialista del siglo XVIII. Condenado a la posposición, renunció a una recompensa cierta, pero no al resistente ejercicio de aguardar. Su desilusionada entereza no es la de un desencantado, sino la de alguien que persiste.

El confinamiento exige otro uso del tiempo. En 1953, Esperando a Godot se estrenó en Francia. Ese mismo año un reo la tradujo al alemán para que fuera montada en la prisión de Lüttringhausen. En 1957, mil 400 presidiarios aplaudieron una función en San Quintín. Cuando la obra de Beckett aún suscitaba polémica en los teatros ya era entendida por las “víctimas de la espera”.

No es fácil vivir en reclusión, “como si no se esperara”. La literatura ha procurado ofrecer remedios para ese dilema. Con filosófico sentido del humor, los personajes de Beckett entienden que la existencia es una broma donde se aguarda lo que no llega.

En este mundo sublunar incluso los deseos deben hacer antesala. Lichtenberg encontró ahí algo provechoso. Con incurable optimismo, escribió que toda felicidad comienza con su anticipación: esperarla es parte de la dicha.

Este artículo fue publicado en Reforma el 1ero de mayo de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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