Del dolor a la vergüenza

Escribo estas palabras presa de una vergüenza que hasta hace unas semanas desconocía. Vergüenza horrorizada, habría que añadir. Nada que, como tantas cosas que nos abochornan, valga la pena mantener oculto, pues ello sería aún más deshonroso (aunque no todo el mundo quiera darse cuenta). Diría que se trata de vergüenza ajena, si pudiera hacer mofa de la ridiculez de la situación, pero el tema rebasa de lejos el ridículo. La gente se preocupa por el qué dirán mientras no hay una urgencia que le orille a pelear por su vida o la de una persona muy querida, en cuyo caso nada —he dicho nada— puede aspirar a ser más importante.

Convicciones, proyectos, compromisos, ideales, ambiciones, todo eso vale menos que el cuidado y defensa de quienes uno considera especiales. No dudo que haya gente que piense de otro modo, pero hasta ellos tendrían que asumir cuan delicado resulta este asunto y qué tan indecente puede llegar a ser tomarlo a la ligera. En un país de por sí sojuzgado por la violencia extrema, donde no hay empatía ni compasión que valga y cien asesinatos en veinticuatro horas son cosa cotidiana, una emergencia médica del tamaño de la que estamos viviendo tendría que alcanzar para dejar de lado los temas del poder, la politiquería, la propaganda y otras bagatelas que en estas circunstancias son ignominiosas y rayan en la abierta canallada.

Día tras día, cuando no hora tras hora, asistimos a incontables desgracias. Muy pocas, sin embargo, comparadas con el tamaño de una catástrofe que para colmo se reproduce geométricamente. Acudiendo al recurso de las “cuentas rancheras” que en estas mismas páginas ha desplegado Héctor Aguilar Camín, multipliquemos esos veinte mil infectados que señalan las cifras oficiales —cuyas cuentas, me temo, son infinitamente más rancheras y muy probablemente malintencionadas— por el número de seres queridos que ahora mismo padecen las penurias que los afortunados podemos todavía ver de lejos. ¿Cinco o seis en promedio, conservadoramente? Ahora multipliquemos esa cifra por ¿ocho, quince, treinta?, dado que nadie sabe en realidad cuál es la dimensión de una catástrofe que las autoridades en mala hora minimizaron, por causa de un pudor curiosamente afín a intereses prosaicos que estorban el cuidado de la salud pública, y fuera de eso nada tienen que ver con ella.

Me avergüenza, por cierto, recurrir a eufemismos pueblerinos para tratar un tema que de por sí repudia las sutilezas. Cuando hablo del “pudor” de quienes cuidan antes su presunto prestigio que su deber para con la verdad, pienso en palabras menos pudorosas. Hipocresía, ambición, cinismo, negligencia, zalamería, arrogancia, oscurantismo, por decir sólo siete entre las evidentes. ¿Quién, que se hallara ante los familiares de una moribunda, osaría distraerlos de su inmensa aflicción para hablarles de sus grandes proyectos? ¿Qué tema, por ejemplo, podría aspirar a ser más importante que las espeluznantes carencias bajo las cuales ha de trabajar el personal médico, y que a la fecha ya han causado más de dos millares de infecciones? ¿Cuántos enfermos pagarán con su vida nada más por la merma operativa que eso significa? ¿Cuántos casos así quedarán para siempre en la penumbra? ¿Qué clase de adjetivo tendríamos que usar para la autoridad que prefiere abordar otros asuntos, mientras en éste miente por sistema?

Cada vez que aparecen las imágenes de gente acongojada a las puertas de algún hospital, muchos de ellos sin mayor esperanza que la de recibir al hijo o a la madre que nunca más verán en el interior de una bolsa de plástico, seguidas por la labia incontinente de uno y otro ambicioso inoportuno, experimento esta rara vergüenza que es mezcla de terror, compasión, abatimiento, rebeldía, desconcierto, grima y rabia. Nada del otro mundo: lo que cualquier mortal tendría que sentir ante la pervivencia de la frivolidad y la codicia delante del dolor, la desesperación y el desconsuelo. Otra cosa sería desvergüenza.

Este artículo fue publicado en Milenio el 2 de mayo de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://mexico.as.com/mexico/2020/04/21/tikitakas/1587480366_630799.html

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