Biopolítica

Cuando un Estado entra en crisis se habla de guerra. Las metáforas bélicas son el límite y la derrota de la imaginación social. Una vez más, varios gobiernos han cedido a la tentación de referirse al Covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente de guerra es ilocalizable, el enemigo avanza sin ser visto y la defensa consiste en evitar el acontecimiento. Estamos ante una narrativa vacía que cristaliza en ciertas islas: los hospitales. ¿Cómo explicaremos en el futuro la parálisis de un planeta donde el remedio consistía en evitar a los demás? ¿Será posible contar esa “épica de la inacción”? Los médicos, las enfermeras y los infectados viven un drama diferente. Mientras tanto, la inmensa mayoría respira en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distingue dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir a contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias restringen la libertad individual y obligan a recordar el término de “biopolítica” usado por Foucault para señalar que el objetivo central de toda política es el cuerpo.

¿En qué se transformará el organismo social? La omnipresencia de la realidad virtual ha hecho que los datos personales sean la más cotizada mercancía contemporánea. Hace años, el sociólogo Neil Postman habló de “tecnopolio” para referirse a la dominación tecnológica. En la actual cuarentena, estar en casa depende de celulares, internet y compras en línea.

La estrategia italiana de restringir la circulación de personas complementa la estrategia coreana de extraer datos individuales. La moderna supervisión biopolítica parece anunciar la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir y de interactuar con los demás. ¿Cómo definir al sujeto tras la mascarilla sanitaria? En palabras de Preciado: “No intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos”.

Toda epidemia revela la biopolítica del país donde ocurre. En México la principal peste se llama hambre. De acuerdo con el Coneval, cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa.

Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En un artículo publicado en The Washington Post, Laura Castellanos aborda la “dimensión oculta” que la pandemia adquiere en México. Del 28 de febrero al 13 de abril murieron cien mujeres por coronavirus y 367 por violencia de género (en buena medida ocasionada por el encierro). En ese periodo hubo 40,910 llamadas de emergencia al número 911, la mayor cantidad desde 2016, y se abrieron 33,645 carpetas de investigación, lo cual equivale a 23.3 denuncias por hora. Un problema estructural se ha agudizado; sin embargo, como señala Castellanos, también ha aumentado la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa reclama otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus ha mostrado un mundo interconectado, pero también desunido, dentro y fuera de las casas. Preciado invita a recordar que “comunidad” comparte una partícula etimológica con “inmunidad”: munus, tributo. La comunidad reparte tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social sólo puede ser inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar.

La necesaria medida de estar en casa sólo tendrá pleno sentido cuando nadie pague un tributo de sangre por vivir ahí y cuando nadie tenga que llamar a la puerta para poder sobrevivir.

Este artículo fue publicado en Reforma el 17 de abril de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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