El oficio más riesgoso del mundo

Ahora que todo el mundo se conduele en el nombre de los desprotegidos, no está de más mirar hacia el subsuelo, frente al cual numerosas almas compasivas suelen pasar de largo, igual que lo hacen tantos presuntos solidarios cuando ven acercarse a una enfermera y aceleran el paso, o de plano la ahuyentan entre el horror y el asco. Y si eso hace más de una buena conciencia con quien tiene todas las credenciales para que se le trate como prócer, habría que ver la tirria que les despertará una prostituta.

Cunde por estos días una agresión latente, sin distinción de urgencias o carencias, contra quienes no siguen la cuarentena. Es sin duda irritante saber de quienes van de vacaciones o salen a la calle en desafío abierto al bien común, echando mano de la soberbia idiota de antivacunas y terraplanistas, pero hay quienes no pueden elegir. Y entre toda la gente que se arriesga a contraer o propagar el virus esperpéntico, nadie rompe las reglas de la sana distancia tan redondamente como quien vive de alquilar su cuerpo. Fluidos, manoseos, resuellos, cueros vivos, todo aquello que el mundo se empeña en eludir es pan de cada día para las infelices sojuzgadas por la mafia del sexoservicio.

No se puede decir, junto a Sor Juana, que “pequen por la paga”, ni que lo hagan siquiera por propia voluntad, quienes antes han sido seducidas, engañadas, secuestradas y esclavizadas por delincuentes de la peor calaña. Provoca, en cambio, alarma y repugnancia que a estas alturas todavía existan los fulanos que pagan por jugársela. Tipos muy ignorantes o carentes del más elemental escrúpulo, que ya sólo por eso tendrían que recibir trato de apestados, y pese a todo se irán muy campantes del hotelucho donde recién jugaron a la ruleta rusa a costillas de alguna pobre esclava cuya vida y salud a nadie le interesan.

Debería existir algún apelativo para quienes son prostituidas a la fuerza. Mujeres que no pueden volver con su familia, puesto que ya el estigma del oficio las ha hecho responsables a los ojos de un espectro social machista e indolente que no distingue entre yerro y tragedia. Mujeres obligadas a meterse en la cama con quien sea, y que padecerán castigos implacables y golpizas feroces si osan decir que no a la propuesta de un ostensible asqueroso, bajo el cargo eufemístico de “negar el servicio”.

Cuesta creer que sigan en las calles, pero aún más difícil resultará saber qué tantas contagiadas y difuntas habrá arrojado esta monstruosidad en la que nadie quiere distraerse. Habrá seguramente quienes se crean fuera de peligro por estar lejos de ellas, como si su clientela llevara un sambenito donde pudiera leerse “Peligro: putañero irredento”. Clientela que va y viene, mientras tanto, sin calcular la mínima distancia que en su caso separa a la irresponsabilidad del homicidio en grado tentativo. Tendrán familia, algunos. Se lavarán las manos, quizás, delante de ellos. Y si resulta que algo contrajeron, tendrán secretamente a quién culpar.

No hace falta siquiera especular sobre las condiciones sanitarias en que viven hoy día las esclavas sexuales. Como eslabón más débil del negocio, son evidentemente desechables para quienes no se han tocado el corazón al momento de convertirlas en piltrafas, explotarlas sin pausa y apenas resarcirlas con lo elemental para poder seguir viviendo como reyes a sus puras costillas. Si de por sí da horror pensar en tantas cárceles donde los reos viven hacinados y con escaso acceso a los medicamentos, ¿qué le puede esperar a una mujer enferma de neumonía no exactamente atípica en las manos de una caterva de maleantes impunes que un día son lenones y al siguiente plagiarios o gatilleros? ¿Cómo saber siquiera qué harán con su cadáver?

Muchas de ellas caerán, eso es seguro, pero no se irán solas. Nadie puede decirse perfectamente a salvo de las consecuencias de mirar al subsuelo por encima del hombro. Los diablos andan sueltos y hoy son invisibles. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 18 de abril de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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