Si me llaman, no estoy

Bueno? ¿Con quién hablo? —chilló la voz al otro lado del cable.

—¡Con Veneranda! —informó muy oronda la nueva cocinera de la casa.

—¿Cuántas veces te tengo que repetir que cuando te pregunten con quién hablan digas que hablan a casa de nuestra familia? —refunfuñó la dueña de la casa, tapando la bocina del auricular.

—Es que no habla la casa, señora, hablo yo —rezongó por su parte Veneranda, que no entendía por qué debía ella desaparecer tras el fantasma de una casa parlante.

Durante los poco más de cien años en que la gente llamó por teléfono a los inmuebles, antes que a las personas, uno debía aceptar el posible concurso de infinitas variables que no pocas veces dificultaban la comunicación. La persona podía negarse o ser negada, peor aún a deshoras, de modo que además se corría el riesgo de parecer grosero, inoportuno o demasiado insistente ante sabría el diablo cuántos entrometidos. Si dejaba un recado, sólo podía esperar que el mensajero no “se lo comiera”. ¿Qué no habríamos dado en esos tiempos por poderle llamar a la persona de nuestra confianza a un número que nadie más atendiera, y mantener así privado lo privado?

Hace ya varios años que llegamos allá, y en realidad más lejos. Uno puede llamarle a quien le dé la gana, dondequiera que esté en el planeta entero, sin siquiera gastar un centavo de más ni tener que tratar con intermediarios, si es que la otra persona se encuentra disponible y conectada. Y si quisiera enviarle algún mensaje, lo hará con la certeza virtualmente absoluta de que éste llegará tal como lo mandó, en no más de un instante.

“¿Puedo llamarte?”, reza un mensaje de texto hoy día muy socorrido, incluso entre personas más o menos cercanas que no obstante se dan trato de extraños. Agradezco que un vendedor atento pida permiso para importunarme, pero que haga lo mismo una amistad muy próxima me parece francamente ridículo. ¿O será que ya no me cree tan próximo y por eso me ha visto la cara de cliente? Basta con recibir media docena de esos mensajitos pacatos para empezar a contraer el complejo, de modo que al momento de llamarle a alguien que hasta ayer era de toda mi confianza me pregunto si no debería avisarle que me dispongo a hacer vibrar su armatostito. ¿Quién me dice que no va a incomodarse y enseguida tildarme de enfadoso, abusivo, impertinente? ¿Y no es esta actitud —forzada, pueblerina y un chirris lambiscona— síntoma de una férrea autorrepresión, nacida menos de la pura cortesía que del miedo a la intolerancia ajena? ¡No jodan con que tengo que hacer cita para hablar por teléfono!

Hace ya tiempo que la tiranía de los quisquillosos nos tiene hablando siempre a la defensiva, no sea que lo que ellos creen que dije retuerza y envilezca lo que quise decir. Todo cuanto uno diga o haga o deje de decir o no le dé la puta gana hacer es susceptible de hacer daño a alguien, de modo que le toca lubricar las palabras de manera que nadie se presuma ultrajado. ¿Pero cómo es entonces que entre tantos cumplidos y deferencias no sean ya los amigos ni los conocidos, sino telefonistas anónimos —incansables, groseros, desatentos, robóticos— quienes carecen del menor empacho para hostigarle a uno a toda hora en su teléfono par-ti-cu-lar?

Ya sea que pretendan ofrecerme tarjetas de crédito, préstamos, planes telefónicos, propaganda política o servicios funerarios, lo cierto es que jamás les di mi número, y resulta que esa es apenas una de tantas cosas que saben de mí. O sea que por un lado los amigos te dan trato de cliente y los desconocidos te fastidian como si te pagaran algún sueldo. No tiene uno derecho a la privacidad, pero sí obligación de ser prudente a extremos ampulosos… Es a esta servidumbre, por lo visto, que apodamos progreso.

Este artículo fue publicado en Milenio el 01 de febrero de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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