El embustero ejemplar

Una epidemia se adueña del mundo: la mentira desafiante. Si en otro tiempo había quien se puliera para hacerlas pasar por verosímiles, hoy se trata de esparcir las patrañas más cojas e infundadas sin el menor pudor, pues ya se ha visto que entre más evidente sea la calumnia, mayor será el “prestigio” de quien la sostiene. No preocupa al falsario demostrar que verdad o razón están de su lado, sino justo al contrario: ya sabe que mentir flagrantemente, y pese a eso salirse con la suya, es una contundente muestra de poder.

“Sí, ¿y qué?”, se pavonean el tramposo y el cínico, para que no haya duda de su capacidad de avasallarnos. “Toma las cosas de quien vienen”, suelen aconsejar nuestros seres queridos, pero a juzgar por el actual estado de las cosas cabría responderles con otra frase hecha: El mal ejemplo cunde. Si el presidente de los Estados Unidos acostumbra mentir a toda hora y en cualquier situación, sin que eso hasta la fecha le haga mella bastante a su poder, ¿por qué iba a preocuparle al resto de la especie el precio potencial de trampas y mentiras burdas y evidentes? Hasta donde recuerdo, jamás pesó tan poco la evidencia, ni su negación resultó en tal medida fácil y provechosa. Algo apesta cuando la hipocresía es la mejor amiga del cinismo.

Mal haría en decir quien esto escribe que no sabe mentir, pero ahí está el problema: quienes nos dedicamos a hacer ficción sabemos que es un arte lo bastante difícil para quitarle el sueño a quien busca salirse con la suya sin dejar cabos sueltos. Antiguamente, al menos, las mentiras de mala calidad eran cosa de niños muy pequeños y adultos algo estúpidos. Sabíamos, sin duda, que la gran mayoría de los poderosos nos mentían a menudo, pero cabía el consuelo de observar una mínima dosis de esmero.

Los malos mentirosos nos indignan, por cuanto el desaseo de sus embustes evidencia que nos piensan idiotas, pero en el caso del fullero desafiante podemos colegir que ni siquiera así nos ha tomado en cuenta, ya que evidentemente le tiene sin cuidado lo que uno pueda opinar del asunto. No existimos siquiera en su radar, le basta con gritar siempre más fuerte para que nuestra voz se desvanezca entre la vastedad de cuanto ignora. ¿O es que alguien se imagina a Donald Trump afinando el más mínimo detalle de sus grandes y pequeños infundios? ¿Alguien lo ve dedicando un instante a cualquier tema ajeno a sus personalísimos intereses?

He de reconocer que el tema me subleva especialmente, porque a los novelistas se nos cobran muy caras las malas mentiras. Como lector, no puedo perdonar que el narrador permita que lo atrape uno en flagrancia. Entiendo, por supuesto, que aquello que me cuenta no ha ocurrido de la misma manera, ni quizá en absoluto, pero si alcanzo a ver su mano negra ensuciando la trama ya no podré por menos de cerrar ese libro y nunca más leer otro con su firma. ¿Cómo voy a explicarme que la gente confíe ya no su esparcimiento, sino el destino del país entero a un fulano que nunca para de mentir, ni tiene dos minutos para intentar taparle el ojo al macho? Lo de menos es ya que los tome por brutos, si ellos mismos se empeñan en darle la razón.

Nunca he creído del todo que el inquilino de la Casa Blanca sea sólo por eso la persona más poderosa del mundo, pero si el que está allí es un delincuente que siempre sale airoso, poco extraño será que muchos otros se animen imitarlo en diversos confines del planeta. Si no el más poderoso, será el más influyente, y eso probablemente resultará aún peor. La perspectiva de juzgarlo y destituirlo parece, vista así, no meramente un acto de justicia, sino un requerimiento sanitario. Este mundo está enfermo y para más señales el virus tiene un raro color anaranjado.

Este artículo fue publicado en Milenio el 26 de octubre de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://noticias.universia.es/cultura/noticia/2017/08/25/1155238/viajar-estados-unidos-curiosidades-casa-blanca.html

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