Nip tuck

La edad se viene encima y el cuerpo lo sabe. Y no es que a mis 33 años me sienta una anciana, sé que me quedan muchos años por delante (espero) con buena salud y buena vida. Pero la realidad es que por primera vez me empiezo a dar cuenta de los efectos que tienen mis vueltas al sol sobre mi cuerpo.

Confieso que no estoy encantada y no sé si seré de esas que acepte la vejez como se debe, pero supongo que mi mente irá adaptándose a los cambios del cuerpo con el tiempo. Sin embargo, hay una parte de mi que se quiere resistir y remar contra corriente.

Así que hace un par de semanas decidí ir a ver a un cirujano plástico. Lo escribo con el peso que tendría una confesión a un crimen, con la misma pena, culpa y vergüenza. Pero al mismo tiempo me siento más humana al confesar mis secretos (no sé si funcione igual cuando se trate de confesar un crimen).

Fui con el afán de quitarme la cosquilla, las dudas y el pendiente que traigo desde hace un rato. Salí encantada hasta que me dijeron cuánto me iba a costar el chistesito. Decidí que sería algo que haría más adelante pero definitivamente lo haría.

Lo que ocurrió en los siguientes días fue muy curioso. Empecé por odiar más mi cuerpo. Me obsesioné aún más por sus imperfecciones que hábilmente el doctor señaló detalles que yo no había considerado. Todo esto fomentó mi necesidad de darle una solución a los gramos de más y acomodar todo de mejor manera. Sin embargo, conforme pasaron los días el odio por mi cuerpo se empezó a enfocar hacia el doctor.

Recordé la vez que llevé mi coche al hojalatero para que le dieran una retocada a la defensa y el señor que me atendió se dedicó a señalar que no sólo tenía que arreglar ese rayón, si no que había muchos detalles y casi casi me quería cambiar toda la defensa para librarla de imperfecciones. Salí muy enojada porque me hizo sentir que mi coche era un pedazo de chatarra y que necesitaba mucho más que una pulidita.

No culpo al doctor por hacerla de hojalatero, al final del día es su chamba y yo lo busqué. No estoy en contra de los cirujanos plásticos, hacen obras de arte sobre todo cuando el motivo es un accidente o una enfermedad que requiere apoyo para que la persona se vuelva a sentir humana. Muchos son artistas, pero mi cuerpo también es una obra de arte y merece respeto tal cual como está.

Entiendo que nadie va a querer mi cuerpo si yo no lo quiero tanto. Así que después de un par de semanas de mi cita estoy sentada en mi piel disfrutando más que nunca la naturaleza de mi cuerpo, tratando de apapacharme más y sobre todo sentirme afortunada de que aunque estén un poco abolladas mis defensas, el coche está en perfecto estado.

A lo mejor caigo bajo el bisturí estético un día de estos (nunca digas nunca) pero por lo pronto estoy bien contenta con mis rayones de 33 años de vida.

Saludos sin cirugías,

La Citadina.

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