Del texto al balbuceo

Igual que buena parte de mis semejantes, no puedo darme el lujo de no tener WhatsApp. En otro tiempo miraba con lástima a los cautivos del grillete electrónico que solía ser el “bíper”. Me abrumaba, además, la pura idea de tener que dictarle a una operadora el mensaje que pretendía enviar: casi siempre mi nombre, número telefónico y la súplica de que me llamaran. Para colmo, el ardid no siempre funcionaba, de modo que no bien mandaba uno el mensaje caía presa de una picazón que a partir de ese instante le robaba la calma. El problema quizá tuviera arreglo, pero éste había quedado en otras manos. Hoy que paso más tiempo atendiendo a una triste pantallita que a casi nadie más, no acabo de creerme que esto sea un claro indicio de progreso.

Los mensajes de texto no responden por fuerza a cuestiones urgentes, ni suelen invitarnos a hacer una llamada, puesto que su misión consiste en suplantarlas. La gente está ocupada, suponemos, aunque ojalá no tanto para ignorar un mensaje instantáneo. De ahí que existan signos, abreviaturas e íconos pensados para hacerlo todo más expedito, pero asimismo tan elemental que no cabe esperar el más remoto atisbo de profundidad. Y tampoco hay lugar para matices en las frases abruptas y a menudo inconexas que uno intercambia a través del WhatsApp, así que es muy sencillo resbalar en ambigüedades y malentendidos. Vamos, nada hay más fácil que terminar peleado o resentido luego de un desencuentro digital al que hace falta ser inconsecuente para considerar conversación.

A las palabras, dicen, se las lleva el viento, y en tal sentido es justo reconocer que el mensaje de texto permanece tal cual, mientras no se le borre deliberadamente. Podemos consultarlo cuantas veces queramos, y aun reinterpretarlo con toda parsimonia, dos minutos o dos años más tarde. Una función a medias ventajosa, porque hay que ver la clase de idioteces que uno llega a soltar al calor del momento, y que allí quedarán para acusarle sin disculpa posible y condenarle al perenne desprecio de sabrá el diablo cuántos convidados. El mal humor, la pobre ortografía, la ignorancia supina, los celos, la lujuria, el empalago, todo puede ir a dar a las redes sociales a través de una artera captura de pantalla, para oprobio instantáneo de quienes asumieron que hablar y textear —abominable verbo— eran la misma cosa. ¿Cómo es que los horrores que nunca habríamos puesto en una carta los ventilamos sin el mínimo empacho a través de una red mucho más efectiva que el correo postal?

Una de las virtudes de la conversación está en el compromiso de esperar cada quien su turno al habla: un principio de lógica secuencial que permite entenderse con alguna cohesión. En grosero contraste, los mensajes de texto adolecen de un desfase fatal, pues ninguna respuesta es inmediata y no siempre uno espera sin añadir más dudas o comentarios, de pronto relativos a otros temas. Habrá quien diga, con razones de sobra, que al cabo el resultado es preferible a regresar a la era del telégrafo, pero si hablamos de épocas y espíritus, no estaría de más preguntarnos si todo acaba allí, o si la inconsecuencia se extiende hasta abarcar el uso del lenguaje más allá del WhatsApp.

¿Cuántas de las personas, entrañables tal vez, con las que uno acostumbra textear, no han oído su voz hace meses o años? En mi caso, me temo que la mayoría. Animal de costumbres a merced de la inercia cotidiana, muy pocas ocasiones tiene uno ya de hablar como la gente. No es de extrañar que hoy día muy poco se recurra a elaborar —cara a cara, inclusive— algo que se parezca a un argumento, ni que cualquier burrada sea bastante para justificar lo inaceptable. Faltan tiempo y paciencia: todo lo que rebasa el mero balbuceo es sospechoso de palabrería. ¿No será que de tanto flirtear con el futuro nos hemos convertido en cavernarios?

Este artículo fue publicado en Milenio el 01 de junio de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-whatsapp-sufre-averia-intermitente-afecta-numerosos-usuarios-201903132113_noticia.html

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