Vida en serie

Hay quienes viven con absoluto desenfado pero se preocupan de lo que hacen los demás. El inevitable Chacho pertenece a esta categoría. Sus relaciones sentimentales siguen la lógica de la política mundial: van de la esperanza a la polarización. Aunque él no advierte sus debacles, encuentra signos sutiles para descifrar el deterioro ajeno.

El martes pasado llegó a la casa sin avisar, con una botella que le servía de salvoconducto. Se instaló en el sillón donde dice cosas preocupantes y habló con una entonación ideal para confesar: “Recibí sobornos de Odebrecht” o “¿Cuántas fotomultas puedes acumular sin ir a la cárcel?”. La frase en cuestión era simple, pero el tono la volvía terrible: “Felipe está enganchado a las series”.

Mi amigo pidió algo de beber; le ofrecí la botella que había traído, pero prefirió “un fuerte”. Necesitaba rebajar la intensidad que lo consumía por dentro. “Todo mundo está enganchado a las series”, dije. Entonces pronunció las palabras con las que inicia una argumentación que durará varios mezcales: “No entiendes nada”.

A continuación, me explicó la relación entre el ser humano y las películas. Hasta los años setenta, la Ciudad de México tuvo cines para multitudes. El Diana, el Manacar, el Roble y el Latino abrían sus puertas para celebrar actos dignos de un foro romano. De manera elocuente, un cine llevaba el oportuno nombre de Estadio.

La invención del video, la mala gestión de los distribuidores, la negativa de Hollywood a seguir haciendo películas-acontecimiento para toda la familia (Ben-Hur, La agonía y el éxtasis, El Cid, Los diez mandamientos, ¿Arde París?) que mejoraban en compañía de dos mil espectadores, provocaron un cambio en las costumbres. Los cines colosales fueron abandonados a las ratas.

Luego vinieron “años de transición” en los que la gente se refugió a ver videos. Cuando aparecieron los desagradables y prácticos multicinemas, se produjo un nuevo hábito. Acostumbrados a ver películas en casa, los espectadores ahora hablaban con cualquier pretexto. Un burro salía en la pantalla y alguien decía: “Mira, un burro”.

En esa época se podía escoger asiento y Chacho se sentaba delante de parejas “consolidadas”, es decir, de personas que ya no tenían nada que decirse y veían la película en silencio sacrosanto.

Al segundo mezcal le pregunté qué diablos tenía que ver eso con Felipe: “Se va a divorciar por un spoiler”, dijo con voz de ahorcado.

Explicó que la cultura del video ofrece películas aisladas. La era digital es otra cosa: con Netflix, la vida conyugal se convirtió en algo que ocurre al compás de sucesivas temporadas. Felipe ha vivido con Cata desde Los Soprano hasta el último episodio de Game of Thrones.

Se entusiasmaron y se decepcionaron al unísono ante la pantalla hasta que ella se encandiló con The Crown. Incapaz de conectar con la Casa de Windsor, Felipe propuso “abrir la relación”. Para evitar riesgos, aseguró que en la otra tele vería la serie sobre el Juventus, que a ella le parecía una aberración.

La semilla de la discordia estaba sembrada. Felipe no resistió la tentación de ver otras series por su cuenta. En una cena hizo un comentario que delató su infidelidad televisiva.

Las nuevas plataformas agravan este defecto. Felipe no había tenido una aventura: su infidelidad era serial. Pidió disculpas, prometió que sólo vería series en complicidad conyugal y fue readmitido al cuarto de la tele.

En tiempos de Wilde la vida imitaba al arte. Ahora cuesta trabajo distinguir entre lo real y su representación. De manera emblemática, Cata y Felipe vieron The Affair, historia de una relación extramarital contada desde la perspectiva alterna de los dos amantes. A ella le sorprendió que Felipe condenara el romance del esposo con una atractiva camarera sirviéndose de insólitos argumentos moralistas, apropiados para quedar bien con la curia.

Dos semanas después la serie tomó un giro policiaco y él anticipó una escena con una clarividencia más allá de sus facultades. El spoiler revelaba que ya había visto ese episodio.

“No creo que Cata lo perdone”, a Chacho le temblaban las manos.

Al quinto mezcal supe la verdadera razón de su visita: también él está en condiciones de decirle un spoiler a su pareja. La historia de Felipe había sido una confesión indirecta.

Cuando se fue, encendí la tele y me concentré en la inofensiva serie del Juventus.

Este artículo fue publicado en Reforma el 31 de mayo de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s