El lector como activista

Antes de que el libro se convirtiera en un objeto portátil e individual para ser leído en silencio, la lectura prosperaba en colectividad y requería de buena condición física para ser ejercida durante horas en voz alta, según relata Iván Illich en su apasionante antropología de la lectura: En el viñedo del texto. Leer “sólo con los ojos” es un invento de escolásticos como Hugo de San Víctor, quien vivió de 1096 a 1141. Antes esa era una extravagancia. En el siglo IV, San Agustín se sorprendió de que San Ambrosio, obispo de Milán, leyera en silencio y sin mover los labios.

Hoy la lectura es atmosférica y las letras nos llegan de todas partes. La gente sube al Metro y lee a saltos y con extrema rapidez mensajes recibidos en WhatsApp, Twitter, Facebook o Instagram, y en ocasiones también lee los de su vecino de asiento.

La era digital fomenta nuevos tratos con la cultura de la letra. En 2017 coincidí en Córdoba, Andalucía, con Manuel Jabois, periodista español envidiable por sus textos y su juventud. Nos tocó hablar en una antigua iglesia que conservaba una inmensa grieta en la pared como una inolvidable herida de la historia y que me recordó el terremoto que acababa de ocurrir en México. Para ambos, ese era un jueves de esclavitud, es decir, de entrega de columna. En la mañana me encerré en mi cuarto de hotel a teclear en la computadora mientras Manuel se ocupaba de otras cosas. No fue sino hasta el término de nuestra tertulia que él sacó su celular y comenzó a escribir con los pulgares mientras caminaba por las calles de Córdoba. Esa noche fui testigo de un cambio de paradigma similar al de la lectura silente de San Ambrosio: la escritura ambulante de un artículo telefónico. Al día siguiente leí el texto impreso en El País: “La revolución de las buenas personas”. Busqué alguna señal de descuido provocada por el método de trabajo (para mí imposible) y no pude hallarla. Quienes estén a favor de la independencia unilateral de Cataluña discreparán de las ideas expuestas en ese texto, pero no podrán objetar la calidad de la factura.

Mientras los periodistas de las nuevas generaciones se adaptan con creatividad a los nuevos medios, no sucede lo mismo con los lectores. De acuerdo con la percepción mayoritaria, Internet es un espacio necesariamente gratuito, una fiesta donde todos son colados. Hay espacios de paga o suscripción, pero no son la norma.

Esto ha provocado un fenómeno que hace unos años era impensable: el fin del periodismo independiente como modelo de negocios. Si nadie paga por leer, ¿de qué viven los periodistas? Los diarios que subsisten con mayor facilidad pertenecen, en la mayoría de los casos, a megaconsorcios que no sólo se dedican a informar, lo cual hace que tengan otros intereses. “Lo primero que debe saber un periodista es quién es el dueño de su periódico”, decía Manuel Vázquez Montalbán. Toda libertad es relativa y la de un periódico está condicionada por su propietario o su sociedad de accionistas. Si las noticias se someten a cálculos comerciales o políticos, estarán más cerca del tráfico de influencias que de la búsqueda de la verdad.

La información es desafiada a diario por plataformas que hacen uso deliberado de la incoherencia y la mentira. En las redes nos podemos enterar de que la Tierra es plana, que el Holocausto no sucedió y que las vacunas son dañinas.

Conocemos el resultado de lo que dicen los medios sin verificación. De manera elocuente, el Diccionario Oxford escogió la palabra “posverdad” como la más representativa de 2016, año en que Donald Trump, el tuitero más poderoso del planeta, ganó las elecciones.

Vivimos rodeados de fake news propagadas por bots sin mayor identidad que el nombre y la fotografía que le han robado a una persona. ¿Cómo disponer de medios en verdad confiables? La única manera de superar este predicamento consiste en transformar la manera de leer. En el siglo XII, la lectura individual y silenciosa contribuyó a la construcción del individuo y abrió las puertas al Renacimiento.

Requerimos de un cambio igualmente radical: el paso del lector pasivo, simple receptor de mensajes gratuitos, al lector activo, capaz de apoyar y exigir información veraz.

Si el periodismo independiente subsiste será porque sus lectores se habrán convertido en brigadistas.

Este artículo fue publicado en Reforma el 22 de marzo de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://elpais.com/autor/manuel_jabois_sueiro/a

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