Invitado de honor

Estoy haciendo el coraje de mi vida, ya lloré, ya pataleé, ya me lamenté, ya me hice la víctima y mientras tanto estoy intentando seguir con mi vida. Porque si algo tiene de cabrona la vida es que es implacable, y sólo porque a uno se la caiga el mundo, no quiere decir que el mundo literalmente se acabe. Sigue, y sigue tan despreocupado como si no hubiera pasado nada. La vida sigue y al igual que el tiempo no deja de correr cuando pasa cualquier cosa, algo bueno, algo malo, algo terrible, pero sigue, siempre sigue.

Con el afán de no quedarme atrapada en un lago de desesperación, sigo a la vida. Me ocupo, física y mentalmente. Tomo mi computadora y empiezo a trabajar. Dejo mi celular literalmente castigado detrás de la pantalla de mi computadora y finjo que no existe. Me doy manotazos mentales cada vez que me entra el impulso de revisarlo y me obligo a regresar al presente, al ahorita, a mi trabajo.

Por fin, empiezo a agarrar un poco de momentum, me desconecto de mis problemas y de reojo veo algo que se mueve sobre el piso de mi departamento. Sorprendentemente no es algo que me asusta, es algo que se mueve de manera tan elegante y sutil que no grito o aviento algo (como sería tan común de mí).

Descubro que tengo un pequeño invitado, un pajarito está inspeccionando mi casa. Lo primero que hago (evidentemente) es entrar en pánico. Ya viví la tragedia de tener un pájaro atrapado dentro de un departamento y ayudarlo a salir casi nos cuesta la vida a los dos. Pero me quedo quieta y callada y lo observo saltar felizmente. Descubro que la pasa bien y no está afligido, como yo. Dejo que me contagie un poco de su paz, me envuelvo en una quietud fulminante.

Es entonces cuando no me puedo contener ni un minuto más y decido que le quiero ofrecer algo (tal vez unas semillas de ajonjolí), me muevo un milímetro y mi invitado de honor sale volando por la ventana y de regreso a los bambús que decoran mi vista.

El pajarito es mi vecino y lo contemplo entre las ramas. Me lamento por mi impulso de querer intervenir y no puedo más que darle las gracias por recordarme que la vida es más sencilla de lo que pensamos sólo el 100% de las veces.

Saludos de pájaro,

La Citadina.

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