La casa de la tribu

La familia Demeneghi ha anunciado que tendrá que vender la casa del más ilustre de sus miembros: Sergio Pitol, Premio Cervantes de Literatura. Laura Demeneghi, sobrina del autor, fotógrafa, cineasta, creadora de un hermoso documental sobre la infancia de su tío, comenta que no ha sido posible contar con apoyo para que ese espacio se convierta en un centro cultural.

La noticia alarma por sobradas razones. La construcción es, en sí misma, una pieza de arquitectura excepcional. Obra del arquitecto Bernal Lascuráin Rangel, que también restauró la Hacienda del Lencero, se sirve de recursos posmodernos (círculos de vidrio para torres de electricidad reconvertidos en ventanas) para revitalizar la típica arquitectura de Xalapa. El resultado es asombroso y merece preservarse sin modificación alguna.

El lugar representa una expansión del carácter de su dueño. Lascuráin Rangel concibió un recinto múltiple, capaz de conciliar dos pasiones que parecerían opuestas: el trabajo solitario y la vocación gregaria. Mientras el maestro escribía, otros trabajaban en cuartos próximos. Desde su escritorio en un salón sin puertas, Pitol podía oír el gruñido del más alejado de sus perros y saber lo que pasaba en cualquier rincón de esa colmena de traducciones y conversaciones que además era una morada. No es difícil asociar esta concepción del espacio con la casa de Tolstoi, que Sergio visitó en Moscú y a la que dedicó un sugerente ensayo, La casa de la tribu.

Ciertos lugares se parecen tanto a la estética de un artista que resulta imposible saber si derivan de ella o contribuyen a crearla. A propósito de la mansión de Tolstoi, escribe Pitol: “Esa casa, que sirvió de modelo a la que aparece en La muerte de Iván Illich, me ha aclarado más sobre los novelistas rusos del siglo XIX que cualquier tratado histórico o literario. En la casa de Tolstoi debió haber sido imposible ocultar un secreto”.

El santuario de Pitol era más pequeño que el del patriarca ruso, pero se estructura de manera semejante. Las salas son espacios abiertos ubicados en distintos niveles; cada una representa un lugar “aparte” al que se accede en forma inmediata; el hilo conductor de ese espacio para actividades simultáneas son los libros que se extienden como la concha de un caracol.

De manera acertada, Laura Demeneghi considera que ahí se podrían custodiar los manuscritos, las medallas, las fotografías, los cuadros y la memorabilia de su tío. Pero su idea va más allá de una casa-museo. No se trata tan solo de preservar la memoria del autor, algo imprescindible, sino de crear una casa-taller para honrar a un escritor que se vio a sí mismo como parte de un tejido colectivo.

La sala de cine se presta para organizar ciclos con las muchas películas y óperas reunidas por Pitol, que se sirvió de un título de Lubitsch para bautizar su novela El desfile del amor; en los demás salones podrían impartirse talleres literarios; en la cochera se adaptaría una galería, y en los dos departamentos anexos a la casa, también construidos por Pitol, se hospedaría a estudiosos de su obra o a jóvenes autores que obtuvieran becas.

Pitol dejó su vasta biblioteca a la Universidad Veracruzana, en la que colaboró como profesor, editor, traductor y autor. En caso de que su casa se habilitara como centro cultural, los libros podrían regresar en comodato a los entrepaños que una vez ocuparon. Sergio solía anotar en la tercera de forros la cantidad de veces que había leído una obra y la fecha en que lo había hecho. Valdría la pena conservar la “composición de lugar” que permitió en esas lecturas; los retratos de autores favoritos en la pared, las alfombras traídas del otro lado del mundo, el emblemático samovar. Tanto la biblioteca como la casa que la contuvo son retratos de una mente.

Habría diversas fórmulas para que este espacio esencial se convirtiera en bien público. Por desgracia, según comenta Laura Demeneghi, no ha habido respuesta a esta iniciativa por parte del gobernador de Veracruz, Cuitláhuac García, o del alcalde de Xalapa, Hipólito Rodríguez. Incapaz de mantener un inmueble vacío, la familia ha anunciado que procederá a la venta.

La casa de Tolstoi en Moscú sigue confiando sus secretos.

Quizá no sea demasiado tarde para salvar la casa de nuestra tribu.

Este artículo fue publicado en Reforma el 11 de enero de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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