Las verdades baratas

Lo que más nos molesta de la verdad es que no siempre juega en nuestro equipo. Luego entonces, no puede ser verdad: algo debe de haber en sus entrañas que la hace inaceptable como tal, y alguien habrá asimismo que comparta de paso nuestro escepticismo. La verdad, por lo visto, para ser verosímil, ha de hacerse de más de un seguidor, más todavía si peca de increíble (o aun peor: inconveniente).

Nunca hace tanta falta creer una verdad como cuando ésta no puede probarse. ¿Qué sería del “amor de verdad”, “la verdadera fe” o “la verdad oculta” si para acreditarlos hubiera que basarse en hechos contundentes? ¿Y de qué sirven hoy los datos duros, si basta con tildarlos de patraña para sembrar la duda –luego la indignación y el pitorreo– entre quienes prefieren una verdad acorde con sus expectativas?

Pocas noticias son tan decepcionantes como las que desmienten un buen chisme. Que en realidad muy poco suele tener de bueno, si para ser creído y relatado –amén de aderezado y abultado– necesita espolear el morbo ajeno, y preferentemente alimentar instintos enfermizos en quienes poco saben del asunto, y por lo mismo hallan resarcimiento en esparcir aquella información más bien incierta, de la que en adelante actuarán como dueños dadivosos. “Lo sé de buena fuente”, persiste el cizañero, entre aspavientos más relacionados con el orgullo que la certidumbre.

De los políticos a la farándula, pocos viven a salvo de estas ligerezas, y tantas son al fin las exageraciones, cuando no las calumnias desatadas, que la verdad se presta a confusión. ¿Y cómo no, si nunca como ahora tuvo el capricho tantos privilegios? Sobra gente dispuesta a dar el visto bueno a lo improbable, y aun lo que sabe falso, si es que ello le acomoda a sus creencias, o a sus presentimientos, o le rinde provecho de algún modo, así sea éste meramente cosmético.

“La verdad, yo no sé si el tipo sea culpable”, concede, ya en privado, el difamador, “pero la neta es que me cae muy mal”. ¿Y qué más es “la neta”, sino ese ángulo oblicuo que transforma en sentencia el sentimiento y deja a la verdad en un segundo plano irrelevante? Vista así, la calumnia es poca cosa si quien la desperdiga es gente “neta”. Es decir convencida, o auténtica, o ferviente, o como quiera que se vea a sí misma, pues La Neta se expresa con mayúsculas y no requiere ya de ser probada.

Las aseveraciones más disparatadas, o las más insidiosas, o las menos flexibles, se sustentan al modo del chisme amplificado hasta el delirio. De ahí que quienes no las suscribimos resultemos tachados de cándidos, falsarios o insensatos; acreedores por tanto de sorna y displicencia, como un niño que no sabe mentir. Poco importa si se habla de milagros o de ovnis, entre otros temas pobres de evidencia, ellos son los creyentes y el argüendero es uno. Antes se dejarán despellejar que hacerle algún lugar a la incertidumbre.

En la era de Trump y las fake news, no queda una verdad libre de suspicacias, y menos todavía una calumnia necesitada de comprobación. ¿Cómo explicar, si no, que una noticia publicada en línea cuente con el espacio para comentarios que antes se reservaba a las columnas, y donde cabe igual recelo que cizaña, ardor que fanatismo, escarnio que improperio? Nunca ha sido tan fácil denostar a quien dice la verdad y ensalzar a farsantes evidentes, con la coartada insulsa de que todo en la vida es relativo, incluso la evidencia irrebatible. Con estos argumentos, es posible exculpar al criminal más ruin y hacer del inocente carne de horca, según los paliativos y agravantes que quieran encontrarse en lo que antiguamente era verdad y hoy en día se pierde entre un menú de creencias, infundios y cumplidos desvergonzadamente equivalentes.

¿Existe, pese a todo, mentira más grosera que una verdad que exige partidarios?

Este artículo fue publicado en Milenio el 05 de enero de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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