El pan nuestro

“Las cosas se están derritiendo y nadie se da cuenta porque todo lo que se derrite mantiene la apariencia, que la apariencia es la cáscara de las cosas y las cosas son los hombres y los animales y los muebles y los aparatos y todo lo que hay en el cielo y en la tierra y en el mar”, el escritor cubano José Soler Puig define el momento en que todo se transforma sin que eso se advierta plenamente. Su novela El pan dormido, publicada en 1975, capta el lento derretirse de las cosas y se presta para reflexionar en el paso de un año a otro. La trama gira en torno a la panadería La Llave, donde la masa se transfigura en el sencillo alimento que no siempre se reparte como debería.

La oración más conocida del cristianismo, el “Padre nuestro”, pide que se conceda el pan de cada día. La dificultad de conseguirlo ha dado lugar a numerosos pasajes literarios. Ramón López Velarde se refirió al “santo olor de la panadería”, aunque se trata de un verso celebratorio, recuerda que el horno es un altar en el que algunos sólo comulgan con el olfato.

En Los miserables, Victor Hugo narra la estremecedora historia de Jean Valjean, condenado al presidio de 1796 a 1815 por haber robado un pan. En tiempos de fanático consumismo, esta parábola de la desigualdad no ha dejado de cautivar al gran público en el cine, la televisión y el musical. En 2008, Suzanne Collins volvió a poner a una modesta hogaza en el centro de su trilogía Los juegos del hambre. El título alude a los requisitos básicos para contener el descontento popular, “pan y circo” (panem et circenses), y se ubica en un territorio que lleva precisamente el nombre de Panem. Cuando Peeta es elegido para participar en los temibles “juegos del hambre”, su vecina Katniss recuerda que ese muchacho salvó la vida de su familia, a punto de morir de inanición. En aquel momento, Peeta quemó adrede un trozo de pan para poder tirarlo. Salió de su casa y lo arrojó en un charco, cerca de los pies de Katniss, que así pudo comer. En una presunta sociedad de la abundancia, la estadounidense Suzanne Collins concibió una saga de la precariedad que se convirtió en bestseller y en películas de avasallante éxito. La flama que anima su historia futurista es la misma que arde en Los miserables: “Un alma por un pedazo de pan”, escribe Victor Hugo.

Como la panadería, la escritura comienza con una superficie en blanco. El proceso para crear un poema o una historia no es muy distinto del trabajo nocturno para convertir la harina en masa informe y en el preciso pan de la mañana.

Hijo de un panadero, el poeta venezolano Eugenio Montejo escribió un hermoso ensayo en el que compara la artesanía literaria con el “taller blanco” donde vio a su padre trabajar con concentrada paciencia: “El horno, que todo lo apura, rojea en su fragua espoleando a quienes trabajan. Los panes, una vez amasados, son cubiertos con un lienzo y dispuestos en largos estantes como peces dormidos, hasta que alcanzan el punto en que deben hornearse. ¿Cuántas veces, al guardar el primer borrador de un poema para revisarlo después, no he sentido que lo cubro yo mismo con un lienzo para decidir más tarde su suerte?”.

Todo texto proviene de una blancura inicial que la escritura no borra por completo. El deslumbrante adjetivo y el adverbio tenaz no acallan la humilde materia en la que todo se sustenta, la harina del comienzo, la desnuda hoja de papel.

Cuando trabajaba en revistas en los años ochenta, las imprentas llamaban “blanco activo” al espacio que separa dos párrafos y debe permanecer “vacío”. El concepto parece tomado del Zen: un tramo sin letras que sin embargo significa, una pausa elocuente. La estructura fragmentaria de Pedro Páramo debe mucho a esos pasajes yermos que convierten la novela en “taller blanco”.

Si el pan sirve de consuelo, herirlo o despreciarlo representa el peor de los agravios. En Pasado en claro, Octavio Paz describe así su más tensa y cercana relación: “mi madre: pan que yo cortaba/ con su propio cuchillo cada día”.

El pan de cada día mide el tiempo. Cuando ese tibio calendario cumple un ciclo, hay derecho a una sorpresa. Con el paso de un año a otro lo idéntico parece diferente y la miga común tiene un sabor desconocido. Pablo Neruda lo dice así: “nuevo día del año,/ aunque seas igual/ como los panes/ a todo pan/ te vamos a vivir de otra manera”.

Este artículo fue publicado en Reforma el 04 de enero de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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