El derecho al error

Si un conservador es un liberal que ha sido asaltado, un liberal es un conservador que ha sido arrestado.

Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades

En tiempos de feroces conservadurismos, abundan quienes buscan pasar por liberales. Si acaso el adversario piensa de otra manera, será porque le teme al cambio verdadero. O porque alberga y mima intereses mezquinos. O porque en cualquier caso resulta un asqueroso conservador. ¿Y no es verdad que en nuestra historia patria menudean los villanos así etiquetados?

La cuestión, sin embargo, es que no suelen ser los liberales quienes reparten etiquetas y estigmas entre los defensores de otros puntos de vista. Hacer tabula rasa de creencias falsas y verdaderas, intereses mezquinos y benévolos o pensamientos limpios y asquerosos nos remite a dicterios clericales, muy comunes entre conservadores. Pues si alguna virtud tienen los liberales, ésta consiste en aceptar de entrada la posibilidad de meter la pata.

Nadie como el fanático –conservador a ultranza– está cierto de tener la razón. En tanto ello, le indigna hasta el furor y la execración que alguien tenga el tupé de cuestionarle, ya sea porque es idiota, canalla o las dos cosas. ¿Alguien ha visto a un cura presto a polemizar con el demonio? ¿Por qué entonces iba el conservador a intercambiar ideas con quien se ha apresurado a satanizar, de modo que sus labios no sean ya capaces de escupir otra cosa que inmundicia?

En su reciente libro, La llamada de la tribu –que él mismo reconoce como una suerte de autobiografía intelectual y política–, Mario Vargas Llosa emprende un afectuoso recorrido por las obras de varios pensadores liberales que han sido sus maestros a lo largo del tiempo. Aron, Popper, Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Revel y Berlin desfilan por sus páginas como herejes altivos ante la multitud liberticida que hoy día enciende hogueras y levanta picotas frente al menor asomo de independencia crítica.

Sabemos que el autor comparte y reivindica las ideas centrales de sus maestros no porque las acepte sin chistar, sino porque se lanza a cuestionarlas y exhibir sus aciertos al parejo de sus insuficiencias. Ninguno así se libra de ser eventualmente contradicho, toda vez que la ciencia, para llamarse tal, ha de ser transitoria, perfectible y repelente al dogma. ¿Pues qué liberalismo de morondanga sería aquél que se quiere infalible, inmutable, incontestable?

“Si no hay verdades absolutas y eternas, si la única manera de progresar en el campo del saber es equivocándose y rectificando, todos debemos reconocer que nuestras verdades pudieran no serlo y que lo que nos parecen errores de nuestros adversarios pudieran ser verdades”, razona Vargas Llosa, tras recordar a los devotos de la historia que ésta “es una ciencia cargada de imaginación”. Todo lo cual remite un poco a Furyo, la película de Nagisa Oshima donde un ex prisionero de guerra lamentaba: “Somos víctimas de hombres que están seguros de tener la razón”.

Seguridad: he ahí la cara ilusión de los conservadores, cuyo mayor afán es propagar el miedo que con frecuencia inspira la libertad a tantos pusilánimes. ¿Quién conoce a algún beato liberal? ¿Qué hacen la beatitud y el dogmatismo, sino dar al usuario la certeza de hallarse protegido contra todo mal, inmune a los errores y eventualmente más allá de la muerte? ¿Hay alguien más seguro que el inquisidor de la verdad de cuanto dice y hace?

Sólo en la fe fanática puede caber la idea de liberales o conservadores químicamente puros. Hasta donde se ve, todo el mundo tiene algo de unos y otros, dependiendo del sitio y la ocasión, tanto como del ojo de quien juzga. No es por cierto un insulto, ni un salvoconducto, pero si uno se dice liberal, tendría que empezar por asumir el sagrado derecho de cada cual a equivocarse cuanto le sea preciso.

Este artículo fue publicado en Milenio el 24 de noviembre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto: http://www.hacerselacritica.com/furyo-merry-christmas-mr-lawrence-de-nagisa-oshima/

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