Poética del colapso

El campo de fuerzas de la literatura argentina ha sido inquietado por los deslumbrantes relatos de Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. En ambas, la realidad se abre hacia una zona de sin sentido; lo que se cuenta importa por algo que no se sabe del todo. Ese vacío se carga de dramatismo a medida que avanza la trama. El título del primer libro de Schweblin parece aludir a su método de composición: El núcleo del disturbio. Sus cuentos llevan a una incierta encrucijada, el instante quebradizo en que algo que viene de lejos o ha permanecido oculto está a punto de revelarse. La condición viva de la historia depende de lo que se arruinó o desgastó en otro sitio o en otro momento. La sorpresa suele venir de algo que ya estaba ahí, pero había pasado inadvertido.

También Enríquez recoge los acuciantes saldos del deterioro, según indican los insuperables títulos de dos de sus colecciones de relatos: Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama. En esta labor de rescate, los hallazgos colindan con el absurdo y el horror, y ofrecen peculiar consuelo: la experiencia sensible es la ceniza de un incendio.

María Gainza agrega otra voz única al horizonte de narradoras argentinas. Su primer libro, El nervio óptico (Anagrama, 2017), es un dispositivo múltiple: una novela en once relatos que reflexiona sobre la pintura en clave de autoficción. Cada capítulo se ocupa de un cuadro visto en Argentina (la autora odia viajar); en paralelo, se cuenta la historia de una familia; ver un pintura remite a un episodio íntimo.

Al recordar una obra solemos recuperar las condiciones en que la vimos. Regresamos mentalmente al museo, ascendemos la escarpada escalera, buscamos la sala decisiva, sentimos la presencia de quien nos acompañaba ese día, volvemos al pleito que tuvimos justo antes de entrar ahí y que malogró la contemplación del óleo, nos irritamos, hacemos un balance de nuestra vida con esa persona, y dejamos de pensar en la pintura.

En forma perturbadora, a veces recuperamos con mayor minucia la habitación donde leímos una novela que la novela misma. La percepción estética está circundada de impresiones banales que de pronto regresan a nosotros, como si lo hicieran para acusarnos. Proust bebió una taza de té para recuperar el tiempo perdido; en cambio, nosotros, al recordar la novela, recuperamos con menor precisión el mundo de Guermantes que el té que acompañó nuestra lectura.

María Gainza otorga contenido literario a la insalvable distracción que acompaña la contemplación del arte. Su tono es más irónico que el de Enríquez y Schweblin, y en principio parece más ligero. Una especialista en pintura confiesa los divertidos desastres de sus emociones. Sin embargo, una tensión transversal une los once episodios de su libro. Las historias de pintores alternan con una autobiografía donde el común denominador es el malestar físico. Quien contempla perdurables logros estéticos dispone de un instrumento defectuoso: el organismo. Desde su título, El nervio óptico alude a una relación clínica con el entorno. Si la pintura cautiva por la destreza del oficio, el cuerpo sólo se percibe por sus dolencias. Sabemos que tenemos hígado cuando enfermamos del hígado.

Las sugerentes reflexiones sobre el Greco, Courbet o Toulouse- Lautrec y los entretenidos equívocos existenciales de la narradora tienen como telón de fondo la enfermedad, la inevitable demolición del cuerpo. Un aforismo de Hipócrates, que la culta posteridad conoció en traducción latina y mi generación en un disco de Emerson, Lake & Palmer, resume el predicamento de no estar a la altura de lo contemplado: Ars longa, vita brevis (el arte dura, la vida es breve).

Al ocuparse de Hubert Robert, Gainza arroja una clave sobre su propia poética del colapso: “Mires donde mires en esa pintura, el templo derruido, el árbol seco, el burro hambriento, todo anuncia el final”. En esos “jardines terribles”, decorados con ruinas artificiales, el espacio generaba la sensación de “vivir al borde de la catástrofe con grutas que escupían lenguas de fuego, volcanes en erupción y lluvias torrenciales que caían sin aviso”.

Cuando a Jean Cocteau le preguntaron qué salvaría de un incendio en el Louvre, respondió: “el fuego”. Las narraciones de Enríquez, Schweblin y Gainza son el incendio que merece ser salvado.

Este artículo fue publicado en Reforma el 27 de julio 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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