Centroamérica Cuenta

“Armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”, escribió Rimbaud. Ciertas hazañas se logran de tanto desearlas. Sergio Ramírez ha entendido los momentos de espera como una preparación para la épica. Durante catorce años vivió en Costa Rica, aguardando la oportunidad de regresar a Nicaragua para incorporarse al movimiento sandinista y derrocar la dictadura de Somoza.

Desde un principio, su carrera literaria estuvo marcada por desafíos temporales. Uno de sus primeros libros llevaba el título de Charles Atlas nunca muere. Augusto Monterroso leyó el original y lo recomendó a la editorial Joaquín Mortiz, cuyo prestigio sólo se veía empañado por esperas que competían con la eternidad. El colombiano Óscar Collazos presentó ahí un manuscrito y pagó el precio de haberlo titulado Los días de la paciencia: esperó siete años para ser publicado. Ramírez se sometió a la tortura de la esperanza hasta que se enteró de que el auténtico Charles Atlas había muerto. Con resignado aplomo, rebautizó su libro como Charles Atlas también muere.

Nacido en Masatepe en 1942, Ramírez se trasladó a León para continuar sus estudios. Alguna vez lo acompañé al cuarto en el que vivió en compañía de varios estudiantes y donde la temperatura rebasaba los cuarenta grados. Luego visitamos la casa donde murió Rubén Darío y donde, ya muy enfermo, posó para la cámara, aferrando el crucifijo que le había regalado Amado Nervo. La gran aventura de Darío concluyó en el sitio donde Ramírez inició la suya. No es casual que el novelista haya rendido tributo al poeta. En Margarita, está linda la mar narra una tertulia que celebra al autor de Azul… y conspira contra Somoza, y en las crónicas de A la mesa con Rubén Darío logra el retrato de una época a partir de los incontenibles apetitos del versificador del “olímpico cisne de nieve”.

El largo exilio en Costa Rica representó un adiestramiento para hacerse cargo de complejas negociaciones internacionales. Uno de sus logros fue que México reconociera al Frente Sandinista como fuerza política representativa. El inicio de esta gestión comenzó en casa de Gabriel García Márquez. Ramírez llevaba un papel con una recomendación. Gabo leyó la nota “y como buen conspirador la rompió de inmediato”, recuerda el sobreviviente de la escena. Con pasión por el detalle, García Márquez preguntó acerca del número de sandinistas y el poder real que tenían. Posiblemente, las palabras del nicaragüense se apoyaron un tanto en la ficción, lo cierto es que logró que su colega intercediera en favor de la causa.

Después del triunfo sandinista, Ramírez no rehuyó el compromiso de actuar en la arena pública. Fue vicepresidente de 1985 a 1990 y se convirtió en uno de los pocos políticos latinoamericanos en no ser afectado por los delirios del poder.

Las revoluciones suelen devorar a sus hijos. Daniel Ortega entregó el mando en 1990 a Violeta Chamorro en un excepcional relevo democrático. Pero regresó a la Presidencia para convertirse en un autócrata. “Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años”, escribió José Emilio Pacheco, en anticipo de destinos como el de Ortega.

Sergio Ramírez plasmó sus ilusiones y decepciones ante la lucha política en Adiós muchachos. A partir de entonces podría haberse consagrado a su fecunda obra literaria, que acaba de valerle el Premio Cervantes, y a convivir con Gertrudis Guerrero, su infaltable “Tulita”. Pero el hombre que ha calibrado las demoras y los vértigos del tiempo decidió apoyar a colegas más jóvenes en la revista Carátula y en el festival Centroamérica Cuenta, insólito espacio donde los escritores descubren que lo más interesante de su oficio no es la voz propia sino la ajena.

La nueva edición del encuentro se iba a celebrar del 21 al 25 de mayo pero se canceló por motivos de seguridad. Nicaragua se ha convertido en un campo de batalla donde el gobierno mata a sus estudiantes. Al momento de suspender el festival había un saldo de al menos 43 muertos. Que un gobierno que prometió la aurora se vuelva contra quienes la representan es un agravio tan inaceptable como la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

El reloj de Sergio Ramírez marca una pausa. Sus colegas esperamos volver a Centroamérica Cuenta con la ardiente paciencia con que se conquistan las espléndidas ciudades.

Este artículo fue publicado en Reforma el 11 de mayo de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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