Palabra de suegro

Me and Cinderella, put it all together…, cantaba Jakob Dylan con todo y sus Wallflowers, y era como si el coco se me fuera llenando de forajidos, de camino a una de esas francachelas tardías que otorgan combustible y cobijo a algunos parranderos irreductibles. Agonizaba 2001, venía de la cena navideña y un par de buenas fiestas, en dirección a la Casa Pantera, que era como el famoso Tito Fuentes había bautizado a la guarida de faroles de la calle donde además, por cierto, pernoctaba. Serían ya las seis de la mañana en San Jerónimo Lídice cuando apagué el motor e interrumpí la música: un cd que yo mismo había quemado y escuchaba con una asiduidad que para cualquier otro habría sido irritante.

Iggy Pop, Siouxsie and The Banshees, Nico, Savage Garden, Jacques Brel, The Pixies, todo era parte de un mismo secreto. Nadie hasta ese momento me había visto cohabitar con una señorita respondona, veloz, ambiciosa, liviana, inconveniente y, ay, imaginaria, que a todo esto se llamaba Violetta. Escuchar ese cd a toda hora me permitía vivir atado a su destino, de modo que ya el acto de integrarme a una fiesta significaba realizar el esfuerzo de abandonar su lecho quimérico y perfecto para enfrentar la ventolera helada de la realidad.

Por cortesía del horario de Invierno, el sol estaba aún lejos de salir y el ánimo, a su vez, de decaer. Fue entonces que me topé con Gonzo, que ya diez años antes contábase entre mis más cercanos amigotes: la clase de amistad a la que no ve uno durante el día, y bien podría ser que pasara ese tiempo metida en un sarcófago. ¿Cómo explicar, si no, que luego de seis años de desvelarnos juntos la mitad del año no me hubiera enterado de que, en la vida real, llevaba el nombre de Mauricio Arroyo? Claro que por entonces aún no estaba en las garras de Violetta, ni llevaba la vida monacal a que sus solas faldas me condenaron. “¿Qué andas haciendo ahora?”, preguntó Gonzo con el drink en la mano, y sin pensarlo mucho me lancé a interponer otra pregunta. ¿Tenía tiempo para oír la respuesta larga?

Supe desde el principio que no soltaría el nombre de la protagonista, y menos todavía desde que comenzó a crecer la audiencia. Apenas me di cuenta, en realidad, mientras iba narrando como un poseso las primeras trescientas páginas de la que un día sería mi novela, supongo que con lujo de detalles porque el puro relato me llevó una hora y media. Nunca lo había intentado, la historia estaba toda en manuscrito; traía la cabeza repleta de fragmentos que en teoría embonaban entre sí, de modo que al final del súbito performance comprobé que era cierto, tenía en marcha una historia que podía quitar el sueño a más de uno —treintaitantos, de hecho— y hacer a los vampiros darle la cara al sol.

Es uno propietario de su historia mientras ésta no va a dar a la imprenta. Cuando así sucedió, allá en la primavera de 2003, aprendí a no saltar como un ladrón cada vez que escuchaba el nombre de Violetta. De entonces para acá, esa mujer no-más-imaginaria ha acabado por quedarse con todo. No me sorprende, al fin, pues bien que la conozco, pero hoy que al fin la veo en la pantalla, seguida por la música que programó —a lo largo de dos años, con cariño y talento inenarrables— nada menos que mi amigote Gonzo, no acabo de creer lo que estoy viendo, y tampoco es que aspire a ser objetivo. Qué raro este papel de suegro deslumbrado.

Resistí por cinco años el bombardeo en las redes sociales del público lector que no quería ver a su Violetta en una serie de televisión. “¡Vendiste tu alma al diablo!”, denunciaban, como si no fuera obvio que tal cosa ocurrió desde el mero principio. Una noche, cenando con Gonzo y mi ahora secuaz, el productor de cine Pepe Nacif, les conté que había cedido los derechos de la novela a una productora colombiana. Unos meses más tarde, Pepe había reclutado a la flor y nata de los productores nacionales, para infiltrarse juntos en el proyecto y apostar su resto por Diablo Guardián. Tanto y tan minucioso era el trabajo de todo el equipo —grandes profesionales dispuestos a dejar la piel en la faena— que no tardé en saber que la novela había caído en las mejores manos. Por eso nunca quise meter las mías, como no fuera para ponerme a sus órdenes en plan de actor fugaz y comedido.

Algo tiene la bruja de este cuento que una y otra vez me pone en el pellejo de Cenicienta. Hace unos pocos días, en estas mismas páginas, Álvaro Cueva me hizo morder rebozo con su generosidad para con mi trabajo y esta serie, que providencialmente es la primera de Amazon Prime Video hecha en México. No voy, pues, a intentar ser juez y parte, pero ello no me impide aplaudir al equipo hasta el ardor de palmas. Soy, finalmente, el suegro conmovido que se limpia las lágrimas y sonríe como un bobo perplejo porque nunca esperó que esto fuera posible. Salud, ladies and gentlemen, por la bruja del cuento.

Este artículo fue publicado en Milenio el 05 de mayo de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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