El derecho a no callar

El gran problema de las cosas obvias es que no suelen serlo para toda la gente, ni conservarse así al paso de algún tiempo. Temas como el alcohol, la minifalda y la educación laica son motivo constante de polémica y pleito, pues pasa que entre unas y otras opiniones hay muchas obviedades relativas. Según los timoratos, estas cuestiones no tienen que ver con el progreso y las libertades individuales, sino con los siniestros planes del demonio. Una opinión, por cierto, difícil de probar, pero nadie les pide que así lo hagan. Ser libre de decir lo que uno cree no incluye el compromiso de evitar el error. ¿O es que existe lugar para progreso alguno allí donde no cabe equivocarse?

No es cómodo escribir con la impresión de dar vuelta a la noria de lo evidente. Le gusta a uno pensar que el derecho a expresar sus opiniones, por chuecas o insensatas que puedan parecer, es de por sí intocable, a estas alturas. Luego de tantos años de sufrir los rigores de un Estado censor y represor —de cuyos gerifaltes nadie podía hablar mal sin esperar castigo—, la libertad ganada de entonces para acá tendría que ser tesoro nacional. Es curioso que sean no ya tanto los mojigatos de antes, como los activistas contestatarios quienes pidan de vuelta la censura, y de hecho la ejerzan a través del estigma y el pogromo virtual contra quien no comparte sus creencias.

Todo lo que hoy se grita en las redes sociales y los medios contra el Estado y sus representantes años atrás apenas se murmuraba en corrillos privados, donde las disonancias eran ventiladas con chistes alusivos al gobernante en turno, cuya autoría nadie se habría atrevido a reivindicar. ¿Y cómo, si el fulano era un iluminado a quien no era posible contradecir o descalificar —y ya ni hablar de ponerlo en ridículo— sin consumar una traición a la patria? Gente pequeña, en ese orden de cosas, no quedaba a los simples ciudadanos otro papel más digno que el de niños traviesos.

No pueden coexistir el derecho a expresarse en libertad y la prerrogativa de callar al distinto. Aquél está en las leyes, que al menos en teoría nos protegen, y ésta es un privilegio autoritario que se arrogan los impulsores de la unanimidad de pensamiento, por esa rara alergia al parecer ajeno. Verdad es que a más de uno le alebresta que certezas tan sólidas como las suyas resulten degradadas al rango de opiniones, pero si al fin se trata de evitarnos los símiles con la Santa Inquisición, conviene recordar que aquí lo respetable no son las opiniones, sino el derecho que uno tiene a expresarlas sin por ello sufrir de condenas, estigmas y persecuciones. Fascista no es quien piensa diferente, sino aquel que te ataca por no pensar como él.

Así como los beatos aún saben descubrir la huella de Patetas detrás de cada falda recortada, abundan los censores amateurs que por sistema acusan al que opina distinto de servir a algún amo poderoso. De otra forma no pueden explicarse que el muy corrupto piense de esa forma. El demonio, el dinero, la soberbia, los malvados de siempre. Algo debe haber entre ellos y yo, si insisto en defender este vital derecho que los censores quieren privilegio. Alguien me está pagando, especulan con lujo de autoridad moral, por no agachar la testa ante su catecismo.

Los convencidos hablan con mayúsculas, mas sucede que así no me convencen. Puede que cuando niño resistiera las amenazas del prefecto, el chantaje letal del catecismo y de pronto las burlas de mis iguales, pues todo ello se hallaba más allá de mi corto parecer, pero una vez llegada la edad adulta no encuentro necesario seguir doctrina alguna ni someter mis dichos, menos aún mis escritos, al arbitrio de un jurado moral que se digne evaluarlos y aprobarlos. A cambio de ello, me hago responsable de la totalidad de su contenido, pero no ofrezco quedar bien con nadie, toda vez que mi oficio persigue lo contrario. En un mundo sin dudas, ni desacuerdos, ni más puntos de vista, nadie tendría un carajo que escribir.

La censura nunca es un paso hacia adelante. Como los linchamientos, es de por sí abusiva, arbitraria y retrógrada, más allá de las nobles intenciones que quieran atribuirle sus ejecutores. Hay leyes, por supuesto, y ofensas que no pueden hacerse sin malograr el derecho esgrimido. A menos que sea uno parte de los censores de ocasión que, cruzados al fin, se autorizan a flagelar con insultos, condenas, amenazas y variopintos actos de repudio a quien ose pensar distinto que ellos y cometa el descaro de manifestarlo.

Se sabe que el censor es un ser infalible. A uno, en cambio, le basta con su sacro derecho a equivocarse. Déjenme así, si fueran tan amables.

 Este artículo fue publicado en Milenio el 12 de mayo de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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