El último gesto

Conocí a Sergio Pitol el 17 de marzo de 1980, día de la muerte de uno de sus mejores amigos, el escritor y cineasta Juan Manuel Torres. Ambos eran veracruzanos y habían vivido en la misma época en Polonia. Nos encontramos en un café de la colonia Juárez para hablar de nuestra participación en el ciclo “Encuentro de generaciones”, organizado por la novelista Julieta Campos, donde un autor consagrado leía textos en compañía de un principiante. Según relata en El arte de la fuga, Sergio pensó que a sus cuarenta y siete años aún calificaba como célebre desconocido. Había pasado buena parte de su vida en el extranjero y durante casi diez años se había dedicado más a la traducción que a su propia obra. Además, en la literatura los grandes protagonistas están muertos y alguien de menos de cincuenta años califica como “joven promesa”.

“¡Por tu culpa di el viejazo!”, comentaba al recordar la lectura que lo convirtió en decano de la mesa sin consagración de por medio.

En 1980, Sergio vivía en Moscú y se hospedaba por unos días en un departamento amueblado de la colonia Juárez. Me inquietaba conocer que en el círculo de los enterados tenía aura mítica. Había vivido en China, Polonia, Yugoslavia, Inglaterra, Hungría y España. Esta condición itinerante llegó a un momento peculiar en Barcelona. Sergio descubrió que los barcos cargueros rentaban camarotes a un precio simbólico y decidió que esa fuera su “oficina”. Recogía en tierra libros escritos en polaco, francés, italiano o inglés, y los vertía en altamar en la mejor variante del español. Cuando Witold Gombrowicz recibió el Premio Formentor, en 1967, el jurado premió en forma implícita a su notable traductor, Sergio Pitol.

No conforme con haber traducido de cuatro idiomas, en 1980 Sergio aprendía ruso. El poeta Rafael Vargas, amigo mío, ya lo conocía y le pedí que me acompañara por si yo caía en un pozo de timidez, calvario que me acompañó por muchos años.

Al llegar al café, Sergio ya fumaba un cigarro y estaba a punto de liquidar de un sorbo un capuchino. Nos recibió con una cordialidad impar, habló precipitadamente del “Encuentro de generaciones”, comentó un texto que a petición suya le había enviado, pidió otro capuchino y la cuenta, y comentó, con insólita entereza, que Juan Manuel Torres había muerto en un accidente automovilístico. Lamentó que el autor de la novela Didascalias hubiera abandonado la literatura por el cine, encomió su relato “El mar” y se refirió a un accidente que él había padecido en Polonia y que lo dejó al borde de la muerte.

Lo acompañamos a la funeraria, sorprendidos del aplomo con que dominaba sus emociones. Hablamos del asunto años después y dijo: “Quise mucho a Juan Manuel”. Después de una pausa, argumentó que el mejor homenaje a un amigo consiste en defender, incluso en el peor de los momentos, la alegría, el afecto y la inteligencia con que benefició a los suyos.

De autor periférico, Pitol se convirtió en figura central del idioma. Recibió el Premio Herralde por su novela El desfile del amor, y su Trilogía de la memoria (El arte de la fuga, El mago de Viena y El viaje) consolidó su original aventura literaria. En 2005 mereció el Premio Cervantes por el singular camino que abrió en sus libros y por las traducciones con que dio inmejorable voz a los demás.

El 13 de noviembre de 2017 lo visité por última vez. Su sobrina Laura Demeneghi me abrió las puertas de la casa de Xalapa donde había estado tantas veces. Sergio oía música en un sillón, vestido con su habitual elegancia (gorra de tweed, pantalón de pana, calcetines de rombos). No podía hablar y acaso no comprendía del todo lo que se le decía. Le hablé con el nerviosismo que mostré al conocerlo. Él sonrió. “Te reconoce”, dijo su sobrina. Imposible saber si fue así. Mi maestro había dejado de leer y de escribir, pero conservaba algo más importante, el signo que definió su vida: la empatía que le permitió atravesar el sufrimiento con una felicidad rebelde.

Recordé frases de su admirado Henry James: “avanzamos en la oscuridad”… “hacemos lo que podemos”… “lo demás es la locura del arte”. Frente a él, en un librero, estaban sus obras, editadas en los más diversos idiomas, su resistente contribución a la “locura del arte”. La última lección de mi maestro fue ese gesto: una sonrisa plena, generosa, merecida.

Este artículo fue publicado en Reforma el 13 de abril de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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