De la finta al poder

Hay quienes dan por hecho, y ya sólo por eso nos conmueven, que actor y personaje son el mismo sujeto. O que los jugadores de un equipo son todos enemigos de sus adversarios, veinticuatro horas diarias, aquí y en todas partes, pues de no hacerlo así estarían defraudando a esos admiradores para quienes el juego nunca se interrumpe. O que entre los políticos impera la congruencia sobre la apariencia, cual si no fuera ésta su hábitat inherente y aquélla una virtud promocional. Hay, se supone, una línea bien clara que separa a pureza de candor, pero entrados en gastos ya nadie se molesta en distinguirla. ¿Cómo los adversarios en escena se atreven a brindar tras bambalinas?

Cuenta en su biografía el temperamental Ilie Nastase que después de jugar el papel de villano en la cancha y hacer chorrear la bilis del contrincante, hallaba natural irse a comer con él, como lo hacen los cuates de la chamba. ¿O es que serían quizás tan infantiles, ñoños o acomplejados para seguir riñendo en nombre de un orgullo fanfarrón? Nada muy diferente hacen las barras bravas, para quienes la guerra continúa dondequiera que pise el adversario. O ciertas aguerridas marcas comerciales, cuyos ejecutivos no osarían siquiera poner la mano encima de algún producto de la competencia, so pena de quedarse sin empleo.

Si no recuerdo mal, el primer libro que uno debía leer en la carrera de Ciencias Políticas era El Príncipe, de Maquiavelo, para desde el principio sacudirse las falsas ilusiones, allí donde sólo es quien sabe pretenderlo y no hay otra verdad que la aparente. Un político ajeno a las apariencias, si cabe el disparate, se parece a un tenista compasivo: podrá ser un tipazo como amigo, pero en la cancha nunca va a ganar. A menos, por supuesto, que deje esas virtudes tan sensibles para la vida real o la propaganda y haga lo que se espera de su oficio.

Igual que las estrellas del cine porno, entre quienes pelean por el poder está de moda ser aficionado, toda vez que se dice que los profesionales no sienten de verdad lo que de ellos enseñan. Se espera de amateurs y debutantes que sean puros e ingenuos como una virgen niña, y que así permanezcan contra viento, marea y experiencia. No faltan, por supuesto, quienes sólo se cuelgan el sambenito, sin para ello tener que apartarse un centímetro del teatro de apariencias donde son avezados y sentidos intérpretes. Lo de hoy, en cualquier caso, es ser novato, luego entonces mejor que el amañado. Es como si, cansados de nuestros futbolistas, enviásemos a la Copa Mundial a unos aficionados de corazón, sin ninguna otra ventaja a la vista.

Hablar, a estas alturas del partido, de políticos químicamente puros es igual de inocente que pedirle a una actriz que siga en su papel hasta la muerte. No es el suyo un oficio edificante, tal como ellos quisieran y con cierta frecuencia así lo cacarean, puesto que a diferencia del histrión, cuya farsa se da por meritoria, el usuario del podio juega a hallar empatía con sus conciudadanos a partir de presuntas convicciones profundas e insobornables, como serían las de un ministro religioso. No parecer quien eres, sino ser quien pareces, y ninguna otra cosa: más que a premio del Cielo, suena a condena bíblica.

Indigna que la lengua del político, rica en cuentas alegres y enojos selectivos, sirva de tapadera a su mal desempeño como administrador. O al revés, que el trabajo eficaz pese en los hechos menos que la palabrería, pero el derecho al voto no incluye el compromiso de enseñarse a contar ni garantiza el buen tino de nadie. El político, al cabo, no dice lo que cree, sino lo que le toca hacer creer, aun con las mejores intenciones. Maquiavélico no es quien tuerce las reglas del poder, sino quien las conoce y las aplica sin sentimentalismos de principiante. Como ocurre a gazmoños y santurrones, los afectos al pensamiento mágico sobreestiman los frutos de la ignorancia. Da repelús la idea de ponerse en las manos de algún aficionado a la medicina, y no obstante son muchos quienes hallan sensato repartir el poder entre los principiantes, nada más que por su virginidad.

Nadie que sea inflexible sirve para político. La única alternativa al ejercicio de la negociación, por sucio y apestoso que de pronto parezca, es el imperio del autoritarismo. Si un día consiguiéramos apartar del poder a todos los políticos de profesión, éste sería copado antes o después por mandones inmunes a las apariencias. Nada envidio la agenda del congresista, ni las tareas pendientes del gestor, ni la cara de palo tras el podio. Me sorprende, al final, que haya quien se pelee por desempeñar un trabajo en esencia ingrato y engañoso. Como todos sabemos que son las apariencias.

Este artículo fue publicado en Milenio el 07 de abril de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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