Olvidar el futuro

En Dialéctica de la Ilustración, Adorno y Horkheimer describen a Ulises como el primer héroe moderno por tratarse de un exiliado que busca durante veinte años volver a casa. Los migrantes y los desplazados de nuestro tiempo confirman que desde el siglo VIII a. C. Homero previó las tribulaciones del porvenir.

Mezcla de épica y relato sobrenatural, la Odisea despliega las sorpresas del mar antiguo. Un rey abandona su isla, enfrenta numerosos obstáculos y regresa transformado en mendigo. Se reúne con los suyos pero sólo es reconocido por su perro. Su ciudad, Ítaca, ha cambiado. Triunfante, fulmina a los pretendientes de Penélope con su poderoso arco, pero se halla incómodo. No es casual que Esquilo, Eurípides, Dante y Joyce le inventaran otros desenlaces.

La clave de la trama puede estar en la función de la memoria. ¿Por qué viaja Ulises?, ¿cuál es el sentido profundo de sus desafíos? Aunque no le faltan recompensas, rechaza los placeres. “Me puedo resistir a todo menos a la tentación”, escribió Oscar Wilde. El navegante griego está hecho de otro material. Se aparta de los lotos alucinógenos, oye el seductor canto de las sirenas pero se amarra a un mástil para no seguirlas, evita las pociones que le ofrece Circe, viaja al Hades y consulta al profeta Tiresias sin anhelar la vida eterna. Su inviolable destino es el nostos, el regreso.

Cuando conoce a los lotófagos, teme que el efecto alucinógeno borre sus recuerdos. En forma sugerente, Italo Calvino comenta que su verdadero temor no consiste en olvidar el pasado (la guerra de Troya, ya descrita en versos memorables), sino el futuro, la historia que está viviendo y deberá contar. El presente sólo se convertirá en experiencia si lo recuerda cabalmente. Siglos más tarde, ante el mismo mar, Platón dirá que el conocimiento es una forma del recuerdo.

Etimológicamente, “recordar” significa “volver a pasar por el corazón”. Ulises se arriesga en el presente para emocionarse después. Ningún sueño, ninguna fantasía, ningún espejismo equivale a recrear lo que fue cierto.

Aunque miente con astucia, Ulises tiene un inquebrantable compromiso de verosimilitud consigo mismo. Si aceptara un destino falaz, perdería el derecho a su historia: olvidaría el futuro que desea vivir.

En el canto V es seducido por la ninfa Calipso “de hermosos cabellos” y “danzas graciosas”, con la que vive siete años (aunque él cree que eso duró menos). Ella sabe que la seducción no basta para retenerlo y le promete la inmortalidad. ¿Vale la pena habitar un inmodificable paraíso, ajeno a lo que vale porque puede perecer? Ulises sigue su curso.

Si el héroe no actuara como lo hace, no habría libro. El navegante protege recuerdos todavía futuros y no dispone de mayor riqueza que su itinerario. “Cuando emprendas el viaje a Ítaca, pide que el viaje sea largo”, escribe Cavafis. La auténtica meta es el camino.

A propósito del caviloso Ulises, escribió Calvino: “La memoria sólo cuenta verdaderamente -para los individuos, las colectividades, las civilizaciones- si reúne la impronta del pasado y el proyecto del futuro, si permite hacer sin olvidar lo que se quería hacer”. Innovar es recordar.

El poeta y militante comunista Edoardo Sanguineti señala que no debemos olvidar que Ulises viaja de vuelta; por lo tanto, intenta restaurar algo anterior; sin embargo, eso no implica una regresión sino el cumplimiento de una profecía, es decir, de una “verdadera utopía”.

La memoria de Ulises es un recurso rebelde: registra el pasado en función del porvenir, viaja hacia un horizonte desconocido que curiosamente es un regreso.

El tema es el de cualquier colectividad que se debate entre el pasado y el futuro. Ante el temor al cambio, el creador del Caballo de Troya propone un remedio: concebir lo existente como otro mundo posible; entender, desde un principio, que el futuro ya está en Ítaca y que la errancia depende de no olvidar ese destino.

Para Fourier, el Nuevo Mundo Amoroso es atributo de la imaginación. Para Homero, la comunidad por venir deriva de no olvidar, desde ahora, lo que va a suceder.

Ulises vive para no perder el hilo de su relato, y al llegar a puerto, dispone de la más rara de las utopías: la que es posible. Las tradiciones que perduran no son las que se aferran al pasado, sino las que no olvidan su futuro.

Este artículo fue publicado en Reforma el 06 de abril de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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