La cojera del robot

Igual que todo el mundo, tengo algunos problemas con la tecnología. Debería decir que los arrastro, dada su pertinaz longevidad y mi escasa esperanza de un día resolverlos. O sea que en realidad no son nomás “algunos”, puede que hasta resulten incontables y ya me haya habituado a la mayoría. Hay días en que logro resolver uno de ellos y al instante me siento una lumbrera, pero esa autoconfianza dura un tris porque son siempre más las frustraciones. Por moderno que pretenda uno ser, el progreso le lleva una ventaja insalvable, creciente y alevosa.

Me gustaría decir que soy de los que leen los instructivos, pero son tantos ya los artefactos, programas y aplicaciones de los que cotidianamente he de echar mano —y tan corta suele ser su vigencia— que necesitaría de una segunda vida para conocer a fondo sus funciones, memorizarlas y adiestrarme en sus usos y provechos. Tengo, eso sí, una cándida confianza en que los fabricantes del artilugio sepan mejor su cuento que quienes han escrito el instructivo. Algunos, y aún más sus traducciones, son auténticas gemas del simbolismo hermético. Sabe uno que el problema se ha complicado cuando insulta al estúpido instructivo.

“Describa su problema”, solicita el formato electrónico que he tardado media hora en encontrar y aún no estoy seguro de que corresponda al modelo preciso de mi aparato. No sé si me consuela deducir que debemos de ser decenas de millones los perdidos que ahora mismo buscamos la solución a nuestros problemas en la pantalla de un aparato que apenas empezamos a entender. Por si esto fuera poco, los expertos son pocos y los aficionados elocuentes.

Mi problema es muy simple: el botón que hasta ayer funcionaba muy bien, hoy no se digna hacerme el menor caso. Para colmo, soy yo el primer sospechoso. Las máquinas no incurren en despistes, olvidos ni omisiones, lo probable es que todo sea mi error. No falta en estos casos el súbito enterado que arregla el desperfecto en dos patadas y me hace ver como un pobre gaznápiro. Peor todavía, un gaznápiro obsoleto. A lo largo del tiempo, he visto caducar una tras otra mis computadoras y calculo que el día llegará en que el nuevo juguete me resultará totalmente incomprensible, o ya me habrá enfadado mirarme en desventaja, o me ganará el sueño o la pereza, y entonces seré yo el descontinuado.

Estas cosas mi padre solía resolverlas echando mano de un par de herramientas. Lo vi desarmar radios, relojes, juguetes, tocadiscos y armatostes diversos, arreglar el problema y armarlos de regreso sin mejor instructivo que el sentido común. Me parecía un mago, hasta que años después le tocó abrir la boca como un cofre delante de un motor computarizado. Desde entonces, el mundo cuyo funcionamiento solía comprender milimétricamente se ha ido haciendo un misterio inextricable. Aprietas un botón y un mecanismo oculto y diminuto sigue cien instrucciones simultáneas. Hoy día, por lo visto, entre causa y efecto se interpone un milagro pagano cuya explicación siempre nos irá por delante.

Hay unos que se esmeran, y se les agradece. Contaría por decenas los problemillas técnicos que he resuelto a través de tutoriales en video, benditos sean sus piadosos autores, pero de todas formas no hay cómo darse abasto. Se va uno resignando a hacerse de artefactos cuya operación diaria entiende solo a medias, y en tanto ello aprovecha apenas parcialmente, y a cuyos desperfectos habrá de acostumbrarse por desidia, descuido o desconfianza. Cierto es que mis progresos son constantes, pero siempre más lentos que sus adelantos. Como si una corriente submarina revertiera el poder de tus brazadas y te fuera absorbiendo la resaca. ¿Quién que no fuera un simio atolondrado aceptaría irse quedando atrás en el proceso de la evolución?

No sé si sea correcto tachar de perezoso o negligente a quien deja estas cosas para otro día, semana o quinquenio. Nada más de pensar en ordenar las fotos en la computadora, dar con las duplicadas y decidir entre las redundantes, mi cabeza entra en modo reject. Es como si tuviera que ir al banco a revisar con los ejecutivos media docena de estados de cuenta. ¿O no es verdad que apenas abra el programa el procesador va a ralentizarse, y en un descuido habrá que reiniciarlo? ¿Pero cómo, si es nueva la computadora? Hago cuentas: la compré hace seis años. Alguna culpa debe de tener el infecto artefacto en que el tiempo se vaya a esta velocidad.

Una vez más, se acaba la Semana Santa y con ella las oportunidades de reducir el trecho entre mis progresos y sus adelantos: esa lista de fallas e insuficiencias a pesar de la cual va uno por la vida pretendiendo que todo le funciona y nunca de los nuncas habrá de caducar.

Este artículo fue publicado en Milenio el 31 de marzo de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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