La cultura del catarro

“El resfriado anual es una cosa tan segura e ineluctable como el equinoccio de otoño o el solsticio de invierno”, escribió Josep Pla en Lo infinitamente pequeño. Esta opinión viene de principios del siglo XX, cuando Cataluña carecía de calefacción y sus viviendas tenían “temperatura de usurero”. El mejor remedio para el frío era entonces el orujo. La mayoría de la gente reaccionaba ante el mal clima como lo hacemos nosotros: fingiendo que no existe.

Desde la Navidad, hemos pasado por días inmisericordes pero nos da vergüenza usar ropa de invierno, en buena medida porque no la tenemos. Si alguien se presenta en una reunión con gorro de nutria o guantes de esquiador, es visto como un pretencioso que quiere lucirse. Basta que una persona porte abrigo para que un insidioso pregunte: “¿Dónde fue la nevada?”.

Si el frío no depende de nosotros, ¿por qué debemos actuar como si no lo sintiéramos? En este altiplano tiritar es cuestión de orgullo. ¿Nos negamos a instalar calefacción por falta de recursos o por tacañería? Ambas respuestas son incómodas: es triste no tener dinero y más triste no querer gastarlo.

Casi toda la gente que frecuento está resfriada. La circunstancia no sería digna de un artículo si esas personas de ojos irritados y mocos perennes sintieran que son comunes. No es así: el catarro ha perdido naturalidad.

En mi infancia, conocí ancianos con toses, flemas y estornudos crónicos que no pensaban aliviarse. Iban por la vida con un pañuelo de guerra y hablaban entre carraspeos que ya eran parte de su personalidad.

Recuerdo, también, a la niña que llegó a nuestro salón de clases cuando había comenzado el curso. Una hermosa chica resfriada. Ningún maestro sugirió que regresara a su casa (en aquel tiempo primario era normal estar así; teníamos las mangas del suéter tiesas de tanto secarnos la nariz). Ella estornudaba casi en silencio y miraba el mundo con nublados ojos grises. Ignoro el impacto que causó en los demás compañeros. Yo no había leído a los poetas románticos y carecía de palabras para describir su acatarrada presencia. Baste señalar que esa chica no me pareció resultado del clima: ella era el clima. Verla producía un insólito escalofrío. Pero al aliviarse, perdió la magia que le había dado la gripe.

Entonces estábamos tan resfriados como ahora pero las molestias pertenecían a nuestra naturaleza. Posiblemente, vivimos una especie de Edad de Oro del catarro, después de la gripe española y antes del virus H1N1. Hoy en día las nuevas cepas parecen más letales y vienen de rincones que las aves migratorias y la globalización vuelven próximos (alguien estornuda en Australia y te contagia en la colonia Aviación Civil).

Aun así, nos abrigamos poco y mal, fingiendo que nuestro clima es estupendo. Las bajas temperaturas siempre nos toman por sorpresa (“¡con el solecito que hacía!”, comentamos para apaciguar nuestro asombro). Una extraña vergüenza nos paraliza y evitamos ponernos el gabán con forro de borrego del abuelo que mató un oso en Chihuahua o la gorra de inspiración inca que ganamos en una rifa. Salimos a la calle vestidos para una temporada que no existe y al subir a un microbús procuramos sentarnos en el asiento que está sobre el motor.

La austeridad textil a la intemperie se explica, entre otras cosas, porque las casas son más frías que las calles. La ropa invernal se reserva para los interiores y, como nadie nos ve, actuamos al margen de la moda. El otro día visité a unos parientes y tuve la sensación de estar entre oficinistas esquimales. Los hombres no se habían quitado la corbata y me recibieron envueltos en mantas que parecían hechas por artesanos a los que la ventisca había dejado ciegos o por lo menos entumidos. Un primo llevaba dos camisas de franela, otro tenía el torso hinchado por tres suéteres.

En un rincón vi el resplandor naranja de un radiador. Nadie se acercaba ahí. “Si te calientas, seguro te resfrías”, dijo mi prima. ¿Por qué lo tenían prendido? “Es para las visitas”, añadió, con irresistible cortesía. Me senté junto a la fuente del peligro y salí de la casa estornudando.

Este artículo fue publicado en Reforma el 26 de enero de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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