A chaleco

Cuando comencé a leer periódicos y a interesarme en política -en un momento ya perdido del siglo XX-, me pareció extraño que los tránsfugas que pasaban de un bando a otro fueran descritos con una de estas dos frases: “cambió de chaqueta” (expresión que no sirve para este artículo) o “cambió de chaleco” (que es de lo que quiero hablar).

Me pareció extraño porque en México casi nadie usa chaleco, al menos en la actualidad. Pensé que el asunto venía de esa enciclopedia de las traiciones y los madruguetes que llamamos “Revolución mexicana”, pero por más fotos que vi en el Archivo Casasola no encontré imágenes de generales con chalecos y, menos aún, de caudillos que primero tuvieran uno de rombos carrancistas y luego otro de rayas obregonistas.

Ignoraba que el verdadero sentido de la frase no era histórico sino profético: se dirigía a 2018, el desconocido porvenir en que los políticos darían nuevo valor a esa prenda.

Hasta hace poco, una persona ataviada con un llamativo chaleco era alguien que cumplía faenas de limpia o vigilancia (también podía estar interrumpiendo el tráfico para plantar nochebuenas en la banqueta o colgado de un poste de alta tensión).

Sin embargo, en una insólita contribución a la apariencia política del siglo XXI, ciertos candidatos han adoptado, con disciplina de regimiento, el distintivo sello del chaleco. El PRD entendió que lo único bueno que le quedaba era el logotipo del sol diseñado por Rafael López Castro y decidió procurarse otra imagen. Para ello, los altos funcionarios del gobierno de la ciudad comenzaron a usar camisas con las impronunciables siglas CDMX y sus nombres rotulados en las mangas, como futbolistas de una liga que nadie conoce.

Seguramente, al vestirse de ese modo tratan de transmitir entrega absoluta: se han puesto la camiseta para sudar por nosotros. Sin embargo, en un ámbito que pretende ser democrático, inspira poca confianza que nuestros representantes se vistan con ropas que nosotros no tenemos (y que sí tienen los de Protección Civil). Mientras no vayamos a votar con chaleco, resulta extraño elegir a alguien que lo usa.

Sin embargo, la moda ya caló tan hondo que el panista Ricardo Anaya no encontró mejor manera de mostrar su compromiso con el PRD que eclipsar su chaleco azul con un chaleco amarillo. Si el Frente quiere tener éxito me atrevo a sugerir, modestamente, que no abuse de las metáforas deportivas y se resista a fabricar una prenda azul y amarilla, colores del odiado América.

Hasta aquí he manifestado mi desconcierto, pero debo reconocer que estamos ante un gesto pionero que probablemente haga escuela. Jorge Ibargüengoitia reparó en la importancia del atuendo para que un héroe se grabe en la imaginación popular: “Hay que conmemorar al prócer en un momento determinado y siempre con la misma ropa, al fin que no tiene por qué cambiarse. Hay que tener en cuenta que la calva del cura Hidalgo, la levita de Juárez y el pañuelo de Morelos son más importantes para identificar a estos personajes que su estructura ósea”.

El futuro monumento a Ricardo Anaya lo representará con chaleco y quizá también alcance a tener el de los dos chalecos. Es posible que mi conocimiento de la estatuaria nacional sea limitado, pero entre los muy imaginativos adornos que decoran nuestras ciudades no recuerdo ninguno que sirva para dar la siguiente indicación: “Dé vuelta donde está el señor del chaleco”. Esa estatua se encuentra reservada para el porvenir.

“Supongamos que vemos la imagen de un militar de mediados del siglo pasado”, escribió Ibargüengoitia en 1972. “No nos dice nada. En cambio, si vemos que está rasurado y trae anteojitos, sabemos que es Zaragoza”. Quienes creen que la efigie de Anaya en las macroplazas futuras se distinguirá por su corte de pelo, se equivocan. Lo importante será el chaleco. A tal grado que si llega a cumplir sus anhelos, bastará colocar un chaleco de bronce en una glorieta para saber que se le rinde patriótico homenaje.

Con camaleónica destreza, Anaya se apropió de la prenda favorita del PRD. ¿Qué necesidad tienen los civiles de pertenecer a un cuerpo uniformado? Posiblemente, los despistados historiadores del mañana interpretarán el gesto como un deseo de ponerse en sintonía con la Ley de Seguridad Nacional y demostrar que aquí se gobierna “a chaleco”.

Este artículo fue publicado en Reforma el 19 de enero de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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