Los espejos enrejados

Comúnmente, la suegra ve más lejos de lo que los fodongos suponemos, pero se sabe dueña de su silencio. De cuando en cuando, a mis padres les daba por ir a buscar casa. No entendía yo entonces la insistencia de mi mamá en conocer no nada más pasillos, estancias, terrazas, rincones y recámaras del domicilio, sino en particular los cuartos de servicio. Un día me lo explicó, con las cejas alzadas y un pícaro susurro: “Para saber con quién estoy tratando”.

Sabemos qué tan limpia está una casa si miramos debajo del tapete. ¿Cómo va a impresionarme el brillo de cortinas y candelabros, cuando he visto que abajo del sillón bulle un maracatú de cucarachas? Puede que no sea justo, pero es la podredumbre lo que nos retrata. Por eso la escondemos, a la manera de una fosa séptica que esperamos en Dios no acabe de llenarse. Lo que no ve la suegra, mientras tanto, no existe. ¿Será que la señora tiene tan mal olfato?

Hace ya tiempo, en estas mismas páginas, apareció una saga de noticias en torno a la prisión de alta seguridad que ya funciona atrás del Reclusorio Norte. Una cárcel insólita, no porque tenga nada de especial sino porque, ver para creer, opera como auténtico centro penitenciario. En principio, y esto es lo más extraño, se prohíbe delinquir. No es que no sea posible, por supuesto, sino que cuando menos resulta más difícil que en la calle. Y otra novedad: ya no es obligatorio, como ocurre de tiempo inmemorial en la gran mayoría de nuestros penales, impresentables por definición.

¿Qué esperar de una cárcel con autogobierno sino el imperio mismo de la podredumbre? ¿Qué pensaríamos de un centro de rehabilitación administrado por los mismos drogadictos? ¿Será normal, o así nos lo parece, que todavía hoy los reos ejecuten chantajes telefónicos en la comodidad de su crujía? Mal puede el recién preso presumir que ha ido a dar a las manos de la ley, cuando por cuenta de ésta es vasallo del hampa y a nadie más habrá de rendir cuentas.

Se dice, un poco en broma, que solamente quien ya estuvo en la cárcel puede jactarse de conocer la ciudad. No es un tema turístico, sin duda. Cada prisión es a su modo espejo del mundo que la nutre. De cuando en cuando, un nuevo reportaje saca a balcón los mismos viejos vicios, pero esas cosas nadie quiere verlas. Por eso nunca dejan de ocurrir y uno, que echa la mugre debajo del tapete, las da por habituales o forzosas, antes que preguntarse por cierta pestilencia pública y notoria.

Me recuerdo leyendo con azoro aquellos reportajes que en un mundo normal deberían parecer aburridísimos. La idea de una cárcel donde el reo no pueda delinquir, ni mucho menos sea esto la regla, peca un poco de exótica de este lado del globo. Que trabaje por regla y se gane un salario, que pueda comer bien y no tenga dinero en efectivo, que aprenda disciplina y obediencia, todo eso suena a chiste para quien va a la cárcel y ha de cumplir las reglas nunca escritas de los facinerosos que la administran.

Tal parece que varios de los internos de la nueva cárcel, elegidos con lupa entre los más temibles, no están del todo a gusto en su nueva morada, pese a que ésta ha aprobado una lista exhaustiva de estándares internacionales, sujetos a un programa de monitoreo. Sus derechos humanos, por lo visto en juzgados, no han sufrido el menor menoscabo, pero sus privilegios han sufrido recortes inauditos. Vamos, se sienten presos. Vigilados. Coartados. Sometidos. Les falta intimidad y margen de maniobra. Nadie les advirtió que de eso se trataba la sentencia.

Son raras las ciudades que merecen sus cárceles, tanto como las cárceles donde la ley impera en realidad. En un mundo menos enrevesado, el alcalde de una ciudad moderna tendría que mostrarse aún más orgulloso de sus cárceles que de sus monumentos. ¿O es que de éstos se espera disciplina, eficiencia y rectitud? Ya sé que es muy normal que cada reclusorio funcione como un parque temático del crimen, pero si me acostumbro a verlo así tendré un día que dar por cosa cotidiana las secuelas sangrientas de ese despropósito.

Me pongo en el lugar de un convicto inocente, como hay tantos, o incluso en el del primodelincuente, y elijo sin chistar la cárcel modelo, donde no necesito convertirme en maleante para sobrevivir ni he de pagar tributo a la gentuza para que se me trate como persona. Ignoro cuánto cueste o cuánto tiempo tome una transformación de este calibre, pero me queda viva la sospecha de habitar un castillo con el caño podrido y un muladar por zona de servicio. Con la pena, esa mugre no cabe debajo del tapete.

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de enero de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s