Irapuato

En forma casi obligatoria el año nuevo lleva a un examen de conciencia, es decir, a buscar nuevas excusas para los defectos de siempre. A fines de 2016 me reuní con un amigo al que por discreción llamaré Norman. Mientras se apretaba la frente con las manos, exclamó: “¡Vivimos en Irapuato!”. Se refería, por supuesto, a la Ciudad de México.

Me pareció discriminatorio que despreciara un sitio que no conoce. “Nunca has ido a Irapuato”, dije. “Tú tampoco”, me vio como si yo estuviera vetado en los autobuses. “Pasé dos días ahí y me gustó; además, las fresas son riquísimas”, contesté. “Ese es tu problema: conoces todo a medias, no te defines. Por lo menos mi prejuicio es absoluto: repudio lo que ignoro”.

Antes de que siguiera encomiando sus virtudes nihilistas, hice la pregunta que debía haber hecho desde un principio: ¿qué tienen en común Irapuato y la Ciudad de México?

“Todo mundo se conoce y todos hablan mal de todos: ‘pueblo chico infierno grande'”, recitó. “¿Te consta que Irapuato es así?”. La pregunta lo enfureció: “¡Donde dije ‘Irapuato’ pon el nombre de cualquier ciudad pequeña!; ¡estoy tratando de ser con-cep-tual”. Me reí porque Norman se dedica, precisamente, al arte conceptual. Estuve tentado a decirle que nunca ha logrado ese propósito, pero hubiera sido una canallada. Entonces le pregunté por Martha.

“Ahí está la bronca”, confesó. La relación con ella había prosperado como un eufórico performance hasta que una “amiga” de Martha, que comparte galería con la ex de Norman, contó horrores de mi amigo. Lo peor es que Martha le creyó. Me atreví a preguntar: “¿dijo alguna verdad?”. Ahora sí, Norman habló como artista conceptual: “¿¡Qué importa la realidad!? Lo grave es que alguien que no me conoce envenene mi relación. Vivimos en un círculo así de chico: little Irapuato”.

Me puse demográfico y expliqué que la capital tiene entre dieciocho y veinte millones de habitantes. Nuestro “margen de error” es del tamaño de ciudades europeas. El problema no es el paisaje sino que Norman se relacione con un círculo muy endogámico. “¿¡Y tú qué!?”, gritó: “¡el otro día dijiste que te encontrabas a todo mundo en la misma taquería!”.

Desde que lo conozco, Norman ha salido con curadoras, galeristas, instaladoras, subastadoras y aseguradoras de paquetería. Su libido depende del arte contemporáneo, o por lo menos de la posibilidad de mandarlo lejos.

Si Martha fuera dentista se libraría de chismes. Se lo dije de la manera más amable (sin mencionar la odontología).

“¡No entiendes nada! ¡Todos los oficios son iguales!”, volvió a apretarse la frente, como si tratara de exprimir un grano filosofal. Sin solución de continuidad agregó: “Los surrealistas se equivocaron; no es liberador darle rienda suelta al inconsciente; la mente tiene estructura de telenovela: ama la intriga, la calumnia, la difamación. Puedes vivir rodeado de millones de personas pero nunca saldrás de tu pequeño Irapuato (ojo: ya dije que es una metáfora)”.

2016 terminó para mi amigo como el Año de la Mala Leche. De nada sirvió que el Distrito Federal se convirtiera en Ciudad de México; para él, la capital era una aldea donde todos lo espiaban para intrigar a sus espaldas.

En 2017 nos vimos poco porque él expuso en Kassel, Atenas, Basilea y otros sitios donde sus instalaciones tuvieron un éxito que lo deprimió mucho (los críticos y los coleccionistas fueron infames; en vez de desconcertarse con sus provocaciones, las adoraron).

Pero hace unos días llamó por teléfono: “¡Año nuevo, vida nueva!”, gritó con insólito entusiasmo y me citó en un sitio llamado Amaranto. Pensé que su nueva vida lo llevaba al vegetarianismo, pero se refería a una espléndida cantina.

No estaba preparado para verlo tan contento y menos para conocer la causa de su plenitud: “¡Vivo en Irapuato!”. Esta vez no se trataba de una metáfora. Harto de los chismes de la capital, decidió conocer la ciudad con la que siempre la comparaba. De manera curiosa (o lógica, así es la vida), ahí encontró a la “mujer de sus sueños” (el ser feliz no le teme a los lugares comunes). En 2018 hará una pieza sobre el uso de aguas negras en el cultivo de la fresa y habló con gran gozo de inmundicias.

“¿Y nadie te viborea?”, quise saber.

Norman me vio con la superioridad que concede la dicha: “¿Lo ves?”, respondió: “Ya estás sospechando: sigues en el falso Irapuato, ¡múdate al verdadero!”.

Este artículo fue publicado en Reforma el 05 de enero de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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