En La Montaña

Hace cuarenta años Ignacio Betancourt escribió “De cómo Guadalupe bajó a La Montaña y todo lo demás”. El título no alude al Cerro del Tepeyac, sino a una cantina de San Luis Potosí, donde el martes pasado celebramos el aniversario de un cuento que no ha perdido novedad.

La idea del relato surgió en el taller que el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja impartía en San Luis. Alguien propuso secuestrar por escrito al Hombre Noticia, Jacobo Zabludovsky, y el maestro comentó que, si de figuras mediáticas se trataba, más estimulante sería tomar de rehén a la Virgen de Guadalupe.

En los años setenta Donoso transformó a una generación de escritores. Después de hacerse cargo del taller de cuento de Punto de Partida, en la UNAM, emprendió una cruzada para fundar talleres en provincia. Con poética justicia, siguió la ruta de López Velarde: Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí.

Los extranjeros descubren realidades que nos oculta la costumbre. Una noche, mientras descendíamos del décimo piso de la Torre de Rectoría, Donoso me invitó a acompañarlo: “Tienes que conocer provincia; la cultura mexicana es demasiado centralista”, se mesó la barba que le crecía en el mentón, al estilo de León Trotsky.

En el DF sesionábamos durante unas horas y nos dispersábamos hasta el siguiente miércoles. En San Luis, se trabajaba todo el fin de semana y las discusiones proseguían en el restorán y la cantina. A los dieciocho años me convertí en escudero del itinerante Donoso. Mi limitado mundo de entonces se expandió ante escritores que me aventajaban en lecturas y experiencias y se movían con naturalidad en los parajes de “tierra adentro”.

Ocho años mayor que yo, Betancourt era el dramaturgo de cabecera del grupo Zopilote. Su rigor iconoclasta se extendía a la narrativa y la militancia izquierdista. Cuando Donoso propuso escribir sobre el hurto y rescate de la Patrona de México, Nacho encontró un tema a su medida. A la siguiente sesión, el cuento estaba listo.

En este reciclaje de la tradición picaresca los parroquianos de La Montaña secuestran la efigie de la Virgen y piden a cambio una limosna asequible: que cada guadalupano, es decir, cada mexicano, entregue cinco pesos.

Las ausencias se compensan con palabras. La desaparición de la Patrona provoca microrrelatos, telegramas, eslogans, refranes, insultos y un mensaje de la Presidencia. No hay un narrador; el cuento es contado por elocuentes borrachos, locutores de televisión, escabrosos evangelistas de Alarma, merolicos que prometen sanación y los colados que nunca faltan. Una obra coral donde los albures de alto voltaje son relevados por aforismos repentinos.

Los ladrones simulan ser miembros de la banda Bancos Mexicanos Unidos, con lo cual Betancourt anticipa el rescate de Fobaproa, pagado por la ciudadanía.

“De cómo Guadalupe…” ganó el Premio Nacional de Cuento, en el que yo también participé. Por superstición, creí que tendría más posibilidades si llevaba personalmente el texto a San Luis, sede del concurso. Así, en 1976 estrené un R5 en compañía de Donoso y del propio Nacho. En la cajuela reposaban nuestros manuscritos.

Pensé que bastaba enfilar al norte para llegar a San Luis, ¡y me dirigí a Pachuca! En la caseta de cobro me enteré de mi error. Me recomendaron un camino por Naucalpan y lo seguí hasta un cruce de trenes. Frené antes de ser arrollado por la locomotora. El tráiler que venía atrás no hizo lo mismo y se incrustó en el flamante y -entonces lo supe- endeble Renault. Donoso, que había sido guerrillero, abogado y marino, bajó a negociar con el trailero y logró que nos pagaran las refacciones. Fui a una peluquería donde alquilaban un teléfono. Obtuve el precio de las autopartes y corrí de regreso, temiendo que el infractor se diera a la fuga. A medio camino fui detenido por un ciclista. Era el peluquero, al que había olvidado pagarle.

Cuando finalmente tomamos la carretera a San Luis, se nos acabó la gasolina. Con estos variados contratiempos el destino me daba dos consejos: 1) “si buscas la gloria se te acaba la gasolina” y 2) “siempre llegas después de otro autor”.

En 1976 Ignacio Betancourt se me adelantó. El martes pasado lo acompañé en La Montaña para recordar su milagro guadalupano y refrendar el perdurable beneficio de ser, desde entonces, alguien que lo sigue.

Este artículo fue publicado en Reforma el 24 de noviembre de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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