El siglo del miedo

Con la caída del Muro de Berlín y del “socialismo realmente existente”, el mundo parecía encaminarse a una era dominada por la tecnología y el consumo. No se trataba del mejor de los escenarios, pero prometía la paz de la explotación organizada y del libre mercado, donde las convicciones serían sustituidas por las marcas.

El comunismo y el capitalismo no dirimieron su pugna en una conflagración nuclear, pero la Guerra Fría tampoco desembocó en una sedante concordia de compradores de mercancías. En una entrevista reciente, John Le Carré, máximo novelista del espionaje, define la nueva ideología del siglo XXI: el miedo. El planeta se ha convertido en una oportunidad para ejercer el asesinato y el terror. La inesperada combinación del fanatismo y la realidad virtual ha permitido que la yihad se difunda y organice en cualquier sitio. Los aparatos adquieren otros usos en un clima de amenazas: unas cuantas computadoras bastan para articular células en red; la telefonía celular puede activar bombas a distancia; un avión o un tráiler son armas potenciales, en espera de un piloto suicida.

Toda sociedad tiene una zona gris, una “frontera de reconversión” donde lo ilícito se vuelve aparentemente lícito. Con los paraísos off-shore y las transacciones instantáneas de dinero esa frontera se ha ampliado y en ocasiones supera al plano de la economía formal. La piratería y el narcotráfico avanzan en dos frentes: el digital, donde unos hackean y otros encriptan, y el de los hechos, donde las mafias sustituyen al Estado en el dominio de la violencia.

México es una necrópolis sembrada de fosas comunes; Europa, la meta de migraciones y atentados; Estados Unidos, un bastión de la paranoia donde la megafonía repite en las estaciones del metro: “If you see something, say something”.

Nadie parece estar a salvo. Hace unas semanas, Martín Caparrós viajó al Cairo y entrevistó a Reham, una chica a la que había conocido diez años antes, cuando ella tenía veinticinco. En su estancia anterior, el escritor argentino había encontrado un país donde las costumbres occidentales convivían con el islam. Reham asistía a una escuela laica, veía televisión, usaba blue jeans. Después de ser víctima de acoso sexual y oír que el rector de la Universidad del Cairo criminalizaba a las mujeres por llevar ropas provocadoras, decidió usar abaya, túnica que protege de la mirada masculina. También procuró “acercarse a Dios”. Su caso es emblemático en una generación donde numerosas mujeres asumieron un cosmopolitismo transitorio y regresaron al protector manto de la tradición. Lo significativo es que esto no las libra de temores. A propósito de la reconversión de Reham, Caparrós recuerda que, según Voltaire, las religiones son la más pomposa forma del miedo: “Una religión es, antes que nada, un movimiento defensivo: contra las acechanzas de la vida inmanejable, contra la soledad intolerable, contra la muerte inconcebible”. En forma elocuente, la crónica de Caparrós lleva este título: “El miedo, un Dios”.

Ciertos futurólogos del siglo XX pronosticaron que nuestra era representaría un advenimiento de la ciencia, el progreso y la expansión de las conciencias. La realidad es diferente: interpretarla resulta más difícil que experimentar ante ella una sensación primaria, animal, un miedo de especie.

Se mata en nombre de religiones que no brindan consuelo. El tema aparece en un intrépido momento del cristianismo. Emmanuel Carrère, ganador del Premio FIL de este año, se ocupa en El Reino de un insólito pasaje de los evangelios. En 1995, Carrère participó en un proyecto colectivo para retraducir la Biblia al francés y le tocó en suerte hacerse cargo del evangelio de Marcos. Su asesor fue Hugues Cousin, ex sacerdote, exégeta de las escrituras y asesor del obispo de Auxerre. Hugues le reveló que el último capítulo de Marcos fue añadido por otra mano, ya que no figura en el manuscrito del siglo IV que se conserva en el Codex Vaticanus y en el Codex Sinaiticus. ¿Cuál es el desenlace original? María Magdalena y otras dos mujeres van a la tumba de Jesús y la encuentran vacía. El mesías es un desaparecido. No hay noticia de la resurrección. Desesperadas, las mujeres huyen: “No dijeron nada porque tenían miedo”.

Son las últimas palabras de Marcos. Las que pronunciamos ahora, sin otro Dios que el miedo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 15 de septiembre de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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