El ojo de Pegaso

Enrico Martínez, cosmógrafo, tipógrafo e ingeniero de la Nueva España, juzgó que la mayor amenaza de la Ciudad de México era el agua (a él se debe el Tajo de Nochistongo, antecedente de las principales obras de desagüe de la capital) y que la esperanza dependía de las estrellas. En su condición de astrónomo y astrólogo, determinó que la constelación de Pegaso tutelaba a la Nueva España. Nada más lógico que un país mestizo dependiera de una criatura híbrida, mitad caballo, mitad ave.

El propio Enrique Martínez era una suerte de Pegaso. Nacido como Heinrich Martin, posiblemente en Hamburgo, españolizó su nombre y se consagró a la mezcla de saberes y culturas. Un monumento lo recuerda junto a la Catedral.

En 1606 publicó su Repertorio de los tiempos. Ahí señala que “de una patada [de Pegaso] en el monte Parnaso se hizo la fuente Castalia, donde habitan las musas, cuya agua tiene la virtud de hacer a los hombres sabios”. Guillermo Tovar de Teresa refiere la historia en El Pegaso o El mundo barroco novohispano en el siglo XVII. El caballo alado se convirtió en símbolo de la identidad nacional; los libros de Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora solían llevarlo en sus portadas para anunciar a los lectores españoles que se trataba de autores del nuevo mundo: “Pegaso significa México y es la constelación que rige a la zona tórrida, Nueva España y la capital, lo cual hace suponer que por eso se puso en la fuente del Palacio Virreinal”, escribe Tovar de Teresa.

En Inundación castálida, Sor Juana alude a la fuente de Pegaso. El agua que llegó a anegar la ciudad durante cinco años también podía ser vista como el arriesgado bautizo que fraguaba otro destino.

Por desgracia, en México los símbolos se degradan tanto como la realidad. El animal mitológico que servía a los propósitos criollos de vincular el cielo con la tierra y unir el mundo prehispánico con el español, hoy nombra al sistema que espía a quienes cuestionan el régimen de Enrique Peña Nieto. Lo que antes protegía ahora vigila.

El gobierno federal pagó casi 80 millones de dólares a la empresa israelí NSO Group (que sólo negocia con representantes de jefes de Estado) para obtener el programa de espionaje electrónico “Pegasus”. El pretexto para la compra era el combate al crimen organizado, pero -como se ha documentado ampliamente- el sistema también se utilizó para intervenir llamadas y mensajes de activistas, periodistas y miembros de instituciones no gubernamentales. De este modo, Peña Nieto prosigue la tradición de los priistas del Estado de México de espiar desde el gobierno a posibles opositores. En 2001 trascendió que el gobernador Arturo Montiel espiaba a sus adversarios y en 2008 Manlio Fabio Beltrones, quien aspiraba a ser candidato a la Presidencia por el PRI, denunció la existencia de un centro de espionaje en Naucalpan, operado por antiguos miembros del Cisen.

A los escándalos de la Casa Blanca y Ayotzinapa se suma el expediente de “Pegasus”. Una y otra vez, el Presidente ha prometido respaldar a los periodistas, pero eso no ha pasado de ser retórica. ¿Dónde están los asesinos de Regina Martínez, Javier Valdez Cárdenas y tantos otros? En forma preocupante, Reporteros sin Fronteras ha vuelto a señalar a México como el país más peligroso para ejercer el periodismo. Las agresiones al gremio (más de 400 en 2016, según informó la ONG Artículo 19) no se indagan cabalmente, entre otras cosas, porque muchas de ellas son cometidas por representantes del gobierno coludidos con el crimen organizado. John Gibler, autor de Una historia oral de la infamia, testimonio coral del caso Ayotzinapa, señaló en una entrevista en El País: “En México, investigar el asesinato de un periodista es más peligroso que cometerlo”.

La Ciudad de México no se ha librado de las inundaciones que combatió Enrico Martínez, pero difícilmente podemos ver en ellas el bautismo de sabiduría que aportaba la fuente pateada por Pegaso.

En su documental Nostalgia de la luz, el cineasta chileno Patricio Guzmán viaja al desierto de Atacama donde se encuentra uno de los principales observatorios del mundo. Al alzar la mirada, se ven las estrellas; al bajarla, se ven las dunas donde fueron enterradas numerosas víctimas de la dictadura.

En el cielo de México, la constelación de Pegaso no deja de brillar. En la tierra, se ha convertido en el ojo que nos condena.

Este artículo fue publicado en Reforma el 30 de junio de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s