Obesos sin fronteras

Al comienzo de El hambre, Martín Caparrós escribe: “Cada día mueren, en el mundo -en este mundo- veinticinco mil personas por causas relacionadas con el hambre. Si usted, lector, lectora, se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee -digamos- en ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas”.

Pero el planeta también es el sitio de delirio donde la obesidad aqueja a gran parte de la población (en la Ciudad de México subió del 16% en 2000 al 26% en 2012). Una de las consecuencias de la gordura extrema es la diabetes, muy extendida en naciones como la nuestra donde el azúcar es un ansiolítico para la realidad. Tenemos el mayor índice de obesidad infantil según la UNICEF y esta semana José Narro, secretario de Salud, dijo que la diabetes ya causó más muertos que la Revolución.

¿Cómo entender un mundo donde 800 millones de personas padecen hambre crónica y 70 millones se destruyen con sobredosis de carbohidratos? En Una forma de vida, Amélie Nothomb plantea una inquietante conjetura: es posible que la obesidad represente una protesta social que no hemos advertido.

Los gordos son blancos predilectos del bullying. La gente los llama “tonel” o “bola de grasa”, sin saber que cita lo que Shakespeare dijo de Falstaff. “¿Un cuerpo obeso está vivo?”, se pregunta Nothomb: “La única prueba de que no está muerto es que sigue engordando. Ésa es la lógica de la obesidad”. Y sin embargo, esa desgracia puede tener una causa política.

La trama de Una forma de vida comienza cuando Melvin Mapple, soldado del Ejército de Estados Unidos, escribe desde Irak a la novelista belga y le cuenta que cada vez hay más gordos con uniformes militares XXXL que combaten la depresión con la comida. Si en Vietnam las tropas soportaron el horror con el opio, que no conseguirían al volver a su país, en Irak lo soportan con la comida chatarra que seguirán comiendo en todas partes. Mapple señala que nadie se convierte en un repugnante budín humano por gusto propio; ése es el saldo de una vida indigna: “He cometido crímenes de guerra, he comido como un monstruo […] Nuestras filas están compuestas por asesinos de mi misma calaña. Que no hayan engordado demuestra que sus infamias no pesan sobre su conciencia. Son peores que yo”.

La ecuación ideológica de Mapple: quienes se mantienen en forma durante la guerra son más reprobables que quienes se destruyen a sí mismos con cucharadas de crema: “Nosotros, por lo menos, hacemos ostentación de nuestra culpabilidad. Nuestros remordimientos no son discretos”. Mapple ha engordado ciento treinta kilos por vergüenza. Eso pesa su infamia: “La grasa es el medio que he encontrado para dejar constancia sobre mi cuerpo del mal que he hecho”.

Nothomb intuye las consecuencias políticas de estas confesiones. Si la huelga de hambre ha sido una forma de protesta, la voracidad autodestructiva también puede serlo. El soldado Mapple no se ha deteriorado en vano; su lento suicidio revela una situación injusta. La escritora le sugiere que incursione en el body art, exponiendo su cuerpo como un nefasto resultado de los excesos del imperialismo.

Mapple le envía una foto de su cuerpo desnudo y la escritora se concentra en los labios, “pioneros de aquella sofocante expansión”: “Aquella boca fascinaba igual que fascinan los grandes criminales de la historia”.

El cuerpo de Mapple es su obra. Se ha creado a sí mismo como Nothomb ha creado sesenta y seis novelas. La diferencia es que él no puede releerse: sus lonjas le dan asco. Este desprecio de sí mismo señala que puede ser un artista de otro tipo: no representa la tragedia, es la tragedia.

Los motivos de Mapple son auténticos, pero el resto de su vida no lo es. Nothomb descubre que su corresponsal no está en Irak, jamás ha sido soldado y lleva la solitaria vida de un gordo de Baltimore. La ciudad de Edgar Allan Poe ha dado lugar a un monstruo común.

La utopía de la gordura como rebelión se derrumba. La improbable ONG de Obesos sin Fronteras carece de sentido. El planeta vuelve a ser el sitio absurdo donde, según el conteo de Caparrós, por cada párrafo leído en este artículo, han muerto de hambre ocho o diez personas y donde una parte cada vez más amplia de la población mitiga la angustia de estar vivo con aniquiladoras raciones de alimento.

Este artículo fue publicado en Reforma el 26 de mayo de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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