La cola del serafín

Hace ya varios días que me topé, en la primera plana de este diario con una imagen, cándida en apariencia, que sin embargo me estrujó el pensamiento. Sonreía a la cámara cierto obispo de ojos vivarachos y una mueca entre bondadosa y divertida, pues he aquí que marchaba en una procesión y traía prendidas en la espalda, junto con varios niños, unas coquetas alas de angelito.

Me habría gustado sonreír con él, como suelen hacer las almas buenas cuando ven una foto de esta clase. Inocente, graciosa, bonachona. Infelizmente, no sólo dudo mucho de contar a la mía entre tan puras ánimas, sino que encima suelo desconfiar de quienes ante propios y extraños se procuran la fama de benévolos. Nada tan sospechoso, por ejemplo, como la caridad indiscreta o la misericordia con megáfono. Hacerse ver magnánimo y confiable puede ser muy bonito, pero lo mismo hará quien persiga los fines más aviesos y busque camuflaje a la medida.

¿Exagero, tal vez? Fue eso lo que pensé, para tranquilidad de mi conciencia, tras varios días de volver a la foto y observar esas alas inocentes. Me inquietaba, no obstante, ponerme en el pellejo de esos niños al lado del religioso. A su edad, uno sabe que no es precisamente el ángel que presumen sus mayores. Luego va al catecismo y ahí aprende cuáles son sus pecados, así como la urgencia espiritual de contárselos a un señor de sotana que asume puro y bueno por necesidad. Es decir que si uno, pequeño pecador, no merece las alas que le han puesto, al padrecito le quedan pintadas. ¿Qué duda cabe de que, llegada su hora, el del diminutivo venerable se irá volando al Cielo con todo y santos hábitos?

Trabajar en favor de los desvalidos, como diría el difunto Néstor Kirchner, otorga ciertos fueros y salvoconductos. Tantos y eventualmente tan auspiciosos que la sola sospecha en sentido contrario se interpreta al instante como canallada. Quienes se hacen con el prestigio de beatíficos tienen, la usen o no, una licencia abierta para ejercer la infamia sin cortapisas. Piadosamente, claro. Malas noticias para los desvalidos.

“Soy una persona buena que ha entregado su vida a Dios”, recién ha declarado la religiosa Kosaka Kumiko, acusada por la justicia argentina de asistir y encubrir a una banda de curas pederastas, con los que laboró por seis años en el Instituto Antonio Próvolo de la provincia de Mendoza, especializado en la atención y formación de niños sordos. Según han confirmado víctimas y testigos, la monja comedida y servicial seleccionaba a los niños más dóciles —tras un tiempo de golpes y maltratos— para entregarlos a sus violadores y conducirlos a la “Casa de Dios”, que era como nombraban la mazmorra donde se practicaba por la fuerza el sexo oral y anal, entre otras abyecciones y vilezas contra las que no había defensa concebible.

En una de las fotos que hoy inundan la página roja, la hermana japonesa que llegó hace diez años al Cono Sur para entregar su vida al servicio de Dios aparece sonriente y vestida de blanco ante la cámara, con las palmas abiertas, una aureola alambre y escarcha sintética, y en la espalda las clásicas alitas de cartón. Irreprochablemente encantadora. ¿Quién se habría atrevido a imaginar a ese ángel de bondad cubriendo con pañales pudorosos las lesiones sangrantes de las víctimas? ¿Quién se figura a un niño más desvalido?

La sordera no implica necesariamente, como suele creerse, vivir inmerso un silencio absoluto. A menudo, está llena de ruidos, estruendos y zumbidos incontrolables. Imaginemos, pues, la clase de barahúnda que ocurre en la cabeza de un niño sometido a esas iniquidades infernales, a manos de los buenos de la historia, cuyas voces no hablan sino de Dios y su misericordia, y de las que se asume —más todavía en la aquiescente infancia— que tienen el camino allanado al Edén.

“Cuídate de los buenos…”, decía mi abuela que aconsejaba Dios a los mortales. No acabo de entender cómo o por qué quienes hablan en nombre del Padre, el Pueblo o la bondad en sí están por eso libres de sospecha, tanto así que sus fieles y partidarios vibran de indignación ante cualquier amago de cuestionamiento. Menos aún me cabe en la cabeza que quienes tienen niños a su cargo vivan inmunes, por sus puros hábitos, al estricto control de Estado y sociedad.

El espectáculo de un cura con alas debería ser impropio para niños, toda vez que alimenta y respalda fantasías peligrosas, fáciles de creer cuando aún no puede uno valerse por sí mismo y tiende a respetar la autoridad implícita de sus mayores, no digamos si visten de sotana y hablan de Dios con una familiaridad que por igual conforta o espeluzna.

Dudo que exista el diablo del que tanto nos hablan los sermones, pero si yo fuera él no saldría del averno sin unas buenas alas en la espalda. No vuelan, pero ayudan.

Este artículo fue publicado en Milenio el 6 de mayo de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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