Un fan del Barça

Octavio Paz se refirió al sueño como la “borrosa patria de los muertos”. Los que se han ido regresan de manera fantasmagórica con la insustituible singularidad que tuvieron en vida. Uno de los grandes misterios del proceso onírico es que los desaparecidos dicen cosas que sólo ellos saben y nosotros no podríamos concebir en la vigilia. En forma asombrosa, los recuperamos en sus propios términos, o creemos hacerlo.

Sergio González Rodríguez se ha incorporado a la legión de quienes viven mientras dormimos. La extrañeza de dialogar con él en sueños ahonda el significado de su ausencia.

El último paliativo para la mayoría de los quebrantos es la memoria. No es casual que, etimológicamente, “recordar” signifique “volver a pasar por el corazón”.

Desde hace unas semanas regreso a numerosas escenas compartidas con el inolvidable Sergio. Rescato una para este viernes. En 2015 fuimos al Festival de Edimburgo a hablar de la literatura mexicana y la violencia. Las sesiones transcurrían en las carpas alzadas en un parque, lo cual daba a la reunión un aire de campamento. Los escoceses transmitían la felicidad de quienes disfrutan del sol luego de meses de brumas que no siempre consuela el whisky.

En ese ámbito celebratorio, Sergio habló de la devastadora impunidad en México. Lo hizo en un inglés perfeccionado por los covers que interpretó como músico de rock. Resumió las condiciones en que trabajan los periodistas y pidió un aplauso para ellos. Su ponencia fue, simultáneamente, un detallado discurso informativo y un acto emocional. Su destreza escénica me recordó la forma en que clausuró un encuentro en Berlín, en la Casa de las Culturas del Mundo, hacia 2002. Leyó una ponencia sobre los sonidos de la Ciudad de México y en vez de citar canciones decidió cantarlas. El público lo ovacionó de pie.

En Edimburgo abordó asuntos sombríos con una elocuencia que hizo que el editor Christopher MacLehose concibiera un libro para ser publicado en varias lenguas (La ira de México, que reúne trabajos de siete cronistas, entre ellos González Rodríguez).

Al final de la mesa vino la acostumbrada sesión de preguntas y respuestas. El público asistía al festival con el mismo entusiasmo con que apoya a su selección de futbol y que alguna vez me llevó a decir que, si hubiera un Mundial de Aficionados, México y Escocia podrían disputar la final. Ante la posibilidad de participar, todo mundo alzó la mano.

Me llamó la atención un hombre de pelo largo entrecano y barba de tres días que llevaba una camiseta del FC Barcelona. Como tengo parcialidad por esos colores, quise que le dieran la palabra, pero eso no ocurrió. Terminada la mesa, fuimos a firmar libros. El fan del Barça se acercó a nosotros y habló con acento colombiano de las posibilidades de usar la cultura para combatir la violencia y recuperar el tejido social. En unas cuantas frases demostró ser experto en el tema. Le pregunté de qué ciudad era. “Medellín”, contestó con la entonación de los “paisas”. Sergio se incorporó al diálogo justo para ser testigo de uno de mis despropósitos. Con gran ímpetu, le comenté al colombiano que la recuperación de Medellín como espacio habitable había empezado con la alcaldía de Sergio Fajardo. Me vio con curiosidad, dejó que dijera un par de frases más, y me atajó en forma piadosa: “Yo soy Fajardo”.

No es fácil elogiar a un político. Hablé con despistada sinceridad ante ese aficionado al Barça sin saber que me refería a él mismo. ¿Cómo reconocerlo en Escocia, con pinta de culé en vacaciones?

García Márquez solía decir que sólo supo que era latinoamericano cuando se fue a vivir a Europa y descubrió la afinidad que tenía con gente de México, Perú y otras patrias que curiosamente podía identificar como suyas. Fraguamos esa instantánea complicidad en la carpa de las firmas, reforzada por el conocimiento que González Rodríguez tenía del combate a la violencia en Colombia y por la amistad con Héctor Abad Faciolince, buen amigo de Fajardo, y Jorge Melguizo, que trabajó con él.

La conversación se hubiera prolongado hasta la noche de no ser porque el ex alcalde de Medellín tenía boletos para una obra de teatro protagonizada por Juliette Binoche.

Cuando Fajardo pronunció el nombre de la actriz, Sergio comentó, como lo sigue haciendo en los sueños y la memoria: “El mejor antídoto contra la violencia”.

Este artículo fue publicado en Reforma el 5 de mayo de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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