Historia de una mano

José Emilio Pacheco inició su legendaria columna “Inventario”, en el periódico Excélsior, con una entrega sobre el golpe de Estado en Chile. El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet acabó con el primer gobierno socialista democráticamente electo e ingresó en la galería del mal sin fisuras.

El repudio al tirano fue abrumador, pero no unánime. Con el tiempo, los partidarios de ciertas causas oprobiosas que inevitablemente se desgastan buscan desmarcarse de sus simpatías originales. Llega un momento en que parece que los villanos actuaron sin otro respaldo que su delirante ambición.

Las primeras imágenes del golpe fueron las del palacio de La Moneda, donde Salvador Allende resistía bajo una nube de humo, y las del Estadio Nacional convertido en campo de concentración.

En aquel tiempo varios futbolistas de la selección chilena jugaban en México. Excélsior entrevistó a Carlos Reinoso, Osvaldo Castro “Pata Bendita” y Alberto Quintano para conocer sus impresiones sobre la transformación del estadio en una cárcel de presos políticos. La intimidad suele minar la fama de los héroes. Reinoso, legendario 10 del América, recibió al reportero en bata; los pies que calibraban pases estaban enfundados en las horrendas pantuflas de peluche que los atletas usan en su asueto. Como sus compañeros de selección, el mejor futbolista extranjero que ha militado en México declaró cualquier cosa y no quiso meterse en honduras políticas.

Pero la relación entre la dictadura chilena y el futbol no se limitó a las detenciones y torturas en el Estadio Nacional. En su novela Soñé que la nieve ardía, Antonio Skármeta imaginó a un joven futbolista de provincias que llega a Santiago en tiempos de la Unidad Popular, se politiza en la pensión donde vive y pasa a la clandestinidad después del golpe. Curiosamente, esta trama tuvo otra forma de ser cierta. En su reciente libro Cambio de juego, Nicolás Vidal narra con pulso maestro la doble vida de los guerrilleros del Frente Patriótico que jugaron para el equipo Orompello. En forma simultánea, aspiraban a la clandestinidad y a la gloria; participaron en operativos encubiertos y lograron que su equipo conquistara una copa.

El libro de Vidal se ocupa de la intrincada relación entre futbol y política en Chile. Una de sus historias más conmovedoras es protagonizada por Carlos Caszely, delantero estrella de la generación de Reinoso, Figueroa, Quintano y Castro que participó en el Mundial de Alemania, en 1974, un año después del golpe. El pelo revuelto y el mostacho anunciaban a Caszely como un pirata que entraba al área con el cuchillo entre los dientes. El menor resquicio le valía para clavar un gol. Fue el ídolo absoluto del Colo-Colo y prosiguió su aventura en España, donde destacó con regularidad, a pesar de jugar en las modestas alineaciones del Levante y el Español.

Poco antes del Mundial, Caszely regresó a Santiago y encontró a su madre en un estado difícil de reconocer. Olga había sido detenida y torturada por los militares. Mostró a su hijo las quemaduras que tenía en el cuerpo. Con la certeza de quien remata, el “Rey del metro cuadrado” tomó una decisión que podía ser suicida: cuando Pinochet despidió a la selección, se negó a darle la mano. El gesto pudo pasar inadvertido, pero se conoció gracias a un soplón que quiso congraciarse con el régimen. Un olvidable periodista de La Segunda criticó la mala educación del delantero. Sin darse cuenta, con el afán de incriminar resaltó la dignidad del valiente del área chica.

Las conocidas opiniones políticas de Caszely no contribuyeron a su carrera. Fue el primer jugador en recibir roja directa en un Mundial, tarjeta acaso diseñada para los comunistas. Según explica Vidal, Berti Vogts lo cosió a patadas hasta que el chileno reaccionó y fue expulsado (cuatro años después, el alemán consentido por los árbitros diría en el Mundial de Argentina: “No he visto ningún preso político”).

En 1985, la despedida de Caszely en el Estadio Nacional preparó el voto para el NO a la dictadura en 1988. Esa jugada se había fraguado mucho tiempo antes. El futbol es el deporte de las manos canceladas. Maradona tuvo la osadía de emular a Dios en el área de Inglaterra y anotó de un puñetazo. Caszely asumió el riesgo extremo de ser hombre: ante los porteros y ante el dictador, no usó la mano.

Este artículo fue publicado en Reforma el 14 de abril de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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