Farsantes a granel

Por una vez, celebro a Donald Trump. Más allá de sus planes manifiestos, el bravucón del Twitter está escenificando un ridículo global que a su pesar nos resulta didáctico. Igual que esos villanos de la infancia, de los que nos reíamos a mandíbula suelta por sus ineptitudes contraproducentes, sus bravatas, berrinches y promesas son cada día más cómicas y a su modo ejemplares. Si hasta hace poco tiempo le temíamos, hoy no podemos menos que pitorrearnos del perdedor patético en que se ha convertido.

Como a Pierre Nodoyuna, aquel francés tramposo de las caricaturas cuyo perro se carcajeaba de él, nada le sale bien al triste mandatario. Y si acaso algún plan va sobre ruedas, cuenta uno de antemano con su torpeza para echarlo por tierra, pues ocurre que el tipo no puede ni podrá controlar esa bocaza que le desprestigia. Se sabe ahora, ya demasiado tarde, que el principal problema de los editores de la serie The Apprentice consistía en hacer ver inteligente al conductor, pues Trump solía ser pródigo en estupideces e incongruencias, mismas que era preciso dejar fuera por el bien de su imagen triunfadora.

Según decía hace no mucho tiempo, sus gobernados iban a hartarse “de tanto ganar”. Una promesa estúpida, incluso si proviene del dueño del casino que insiste en embarcar a los tahúres menos avezados, y aún así melodiosa para quienes veían en el hombre de las letras doradas la imagen prototípica del siempre vencedor. En lugar de eso, se le ve tropezar día tras día, y acto seguido repartir las culpas entre propios o extraños. Un ganador como él, asume desde lo alto de su innata soberbia, ha de ser naturalmente infalible, mas el mundo está lleno de perdedores aferrados a ideas semejantes. Gente a la que le escuece la mera sugerencia de haberse equivocado y antes piden la muerte que una disculpa.

“El camarada Trump”, se ha dignado llamarle Nicolás Maduro, cuya soberbia bufa no se queda corta, si bien resulta algo menos conspicua a nivel planetario. Como no se ha cansado de subrayarlo, el tiranuelo que habla con los pájaros aún halla preferible a Donald sobre Barack, acaso por la clara afinidad que hay entre sus desplantes y exabruptos, a menudo gratuitos, falsarios, alevosos y zafios, como el resto de su discurso airado. Uno y otro son ciegos a las tonalidades, impermeables al diálogo y reacios a enfrentar la realidad si ésta no los confirma en sus prejuicios. Pueden ser poderosos, por ahora, pero llevan la marca de los perdedores. No en balde viven instalados en la negación: antes que sus profusos detractores, la realidad es su peor enemiga.

Gracias a Donald Trump y su instructivo ejemplo, el mundo entero puede apreciar hoy las magras diferencias que separan a un populista de otro. ¿Qué no daría el príncipe de Mar-a-Lago por terminar sus días como Kim Jong-il, aclamado a berridos y lloriqueos por millones de súbditos cuyo luto cosmético diera vuelta al planeta, escalofriantemente? ¿Le importaría mucho que fuera todo falso, igual que sus promesas y amenazas, sus amores y triunfos, su fama de cartón, su grandeza de plástico, su elegancia chirriante? ¿No es verdad que en sus labios el afán más difícil parece cosa simple, trámite en tres patadas, piece of cake? ¿Quién, que ate su esperanza a esos engaños, querrá ya dar la cara a la verdad?

Nada es más fácil ahora que denostar a Trump, estúpido emblemático, pero no sólo de él es que habla uno. Abundan los ejemplos, no hay rincón del planeta que no tenga un querido mentiroso presto a soltar la lengua para vender milagros a granel. Seductores baratos menudean allí donde faltan las esperanzas, pues ellos las prodigan sin el menor respeto por la inteligencia. Nada más muerde la carnada emocional, se niega uno a pensar o sentarse a hacer números descorazonadores. Ya podría el seductor, como Trump en efecto se ha jactado, cometer un asesinato a media calle, que ninguno de sus fieles creyentes osaría regatearle el apoyo. Apenas hay distancia del idilio al capricho, por más que sea éste la puerta del abismo.

Se ríen los populistas cuando se los compara entre sí, pero Trump es su viva caricatura. Importa poco, al cabo, si sus fines resultan diferentes, vista la semejanza de sus medios. Unos y otros mienten y difaman, aun y sobre todo cuando la realidad contradice sus dichos, pues ya se ve que viven su propia delusión y nada fuera de ella les parece digno de relevancia. Toleran mal las otras opiniones, tanto así que vislumbran traidores y enemigos detrás de cada una. Sus palabras entonces son todas golpes bajos y su furia se anuncia incontenible, pero es todo producto de una misma extorsión farsante y fraudulenta. Afortunadamente, los fracasos seriales del modélico Donald y el pundonor de sus opositores ofrecen un ejemplo luminoso: pobre del que se deje.

Este artículo fue publicado en Milenio el 25 de marzo de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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