Ladrones de camisetas

A veces se escapa por urgencia y a veces por oficio. El mago Harry Houdini se liberaba de grilletes que parecían inexpugnables y Henri Charrière convirtió su fuga de la Isla del Diablo en una de las más lucrativas historias de todos los tiempos, Papillon.

Pero pocos escapistas superan la espectacularidad de O. J. Simpson, que devoró las yardas del futbol americano bajo un apodo que certificaba su condición inatrapable: The Juice.

Para garantizar el nivel de competencia, los peores equipos de la liga de futbol americano tienen prioridad para fichar a los novatos más prometedores del futbol colegial. Este principio de equidad permitió que O. J. fuera a dar a un equipo que en la temporada anterior había ganado un juego, empatado otro y perdido doce, los Buffalo Bills. Esa escuadra sin gloria vio el surgimiento del Aquiles negro del emparrillado. En 1973, en una cancha congelada, The Juice rompió la marca de las dos mil yardas que parecía imbatible.

Sus récords, su carisma y su apostura hicieron de él un ícono de la cultura de masas. Al retirarse, inició una exitosa carrera como actor y apareció en comerciales de Hertz en los que convertía la prisa en una virtud. Sonreía al llegar con poco tiempo a un aeropuerto, entregaba las llaves de un coche alquilado y corría en pos de un destino cierto.

El 17 de julio de 1994, el virtuoso de la fuga hizo el más extraño de sus escapes. Era el principal sospechoso del asesinato de su ex mujer y de su novio, y huyó en una camioneta Bronco blanca por las autopistas de Los Ángeles, por una vez libres de tráfico. Asediado por helicópteros y patrullas, enfrentó un obstáculo superior a las líneas de golpeo de los equipos rivales. Fue detenido y compareció en uno de los juicios más controvertidos de la historia. Contra un cúmulo de evidencias, fue declarado inocente por una corte penal. Años después, un juzgado civil lo encontró culpable y lo condenó a pagar una compensación millonaria a los deudos de sus víctimas.

Una vez más intentó sortear obstáculos: vendió autógrafos, dio entrevistas en las que hablaba de su inocencia con pasmosa tranquilidad, remató sus trofeos y quiso subastar su camioneta Bronco.

Cuando se encontraba en el pináculo de su fama, activistas afroamericanos lo criticaron por ser ajeno a las reivindicaciones en pro de la igualdad racial. Las únicas metas del jugador eran la zona de touchdown y las recompensas de la sociedad blanca y adinerada. Corría para lograr el triunfo y la aceptación con el impulso que sólo tiene un inadaptado.

Su poderío físico y los espejismos de la celebridad hicieron que se creyera invulnerable. Pero el destino acorraló al fugitivo perfecto. Para sobrevivir, O. J. siguió vendiendo saldos de su trayectoria. En cierta forma, vendía su memoria, y en septiembre de 2007 encontró un sitio preciso para recuperarla: el cuarto 1203 del Palace Station Hotel & Casino de Las Vegas, donde se encontraban los coleccionistas Bruce Fromong y Alfred Beardsley, propietarios de numerosos recuerdos del jugador.

Sentenciado por robo a mano armada y secuestro, Simpson purga una condena de treinta y tres años en una cárcel de Nevada (los primeros nueve sin derecho a apelación). En 2017, al cumplir setenta años, podrá iniciar las gestiones para su última salida.

Los avatares del hombre que convirtió su desesperación en velocidad contienen los elementos de la tragedia clásica. El favorito de los dioses se convirtió en una sombra que necesitaba delinquir para acercarse a sus recuerdos.

Los cronistas tenemos una relación vicaria con quienes protagonizan los sucesos. Los necesitamos para escribir historias. En las horas bajas del oficio somos parásitos, vampiros, hienas que se alimentan de los otros.

Si O. J. robó su propio jersey, Mauricio Ortega Camberos, ex director del periódico La Prensa, robó el de Tom Brady, mariscal de campo de los Patriotas de Nueva Inglaterra. Lo primero es trágico, lo segundo patético.

En esta misma página se publicó una acertada caricatura en la que Donald Trump recibe un regalo a la altura de su discriminación: la camiseta robada por un periodista mexicano. En términos de futbol americano, el incidente equivale a un balón suelto en nuestras propias diagonales.

Este artículo fue publicado en Reforma el 24 de marzo de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s