La muerte va en bicicleta

Lo menos que se espera del suicida es que sepa lo que hace. Día tras día los vemos por las calles, jugándose el pellejo como si cualquier cosa, y el colmo es que parece natural. O ellos así lo creen, a juzgar por la flema campechana con la que desafían leyes tan implacables como las tres de Newton, para empezar, sin que a la autoridad parezca preocuparle. Como si el solo hecho de empuñar un manubrio y no un volante les diese garantías especiales, amén de una torcida inmunidad legal que para efectos prácticos funciona en su perjuicio.

Si un automovilista se salta la luz roja, da una vuelta prohibida o invade algún carril no autorizado, entendemos que sea responsable por los desaguisados que ocasione su temeridad. Lo dice el reglamento, que en la teoría aplica para todos, pues se entiende que a todos nos protege, pero las excepciones son tan numerosas que acaban por hacer trizas la regla. Si un ciclista conduce en contrasentido por el carril reservado al Metrobús —una audacia suicida, amén de imbécil— no habrá una autoridad que lo moleste, y lo peor del asunto es que son muchedumbre: cándidos a merced de la desgracia.

Ciertamente es muy fácil moverse en bicicleta. Lo aprendimos de niños, con la feliz anuencia de nuestros padres, que en más de una ocasión nos curaron heridas y hematomas conexos. Una ciudad, no obstante, como la de México, presenta toda suerte de riesgos y amenazas para quien se aventura a desafiar el tráfico pesado. Desde la tierna infancia tiene uno claro que esto de conducir en dos ruedas le expone a un accidente por fuerza doloroso, pues he aquí que el pellejo es su carrocería, pero una cosa es pedalear por el parque o la calle vacía y otra muy diferente sobrevivir al tránsito citadino sin la protección más elemental. Peor todavía, sin reglas que te amparen.

Contra lo que más de uno ha llegado a creer, nunca he tenido la menor intención de llevarme a un ciclista de corbata, ni me parece que ello sea preferible a ir a estrellarme contra otro automóvil. Uno piensa, en efecto, cuando viaja en dos ruedas y teme por su vida, que coches y camiones son conducidos por dos clases de gente: asesinos y estúpidos. Ocupado en checar detalle tras detalle del recorrido, empezando por las irregularidades del asfalto, el ciclista no puede disfrutar del paisaje, como sin duda hacemos los choferes. Tampoco su vehículo es lo bastante largo, ancho o ruidoso para ser advertido fácilmente. Tiene las probabilidades en su contra, le toca conducir a la defensiva. O en su caso asumirse suicida involuntario.

No deja de extrañar —y de hecho espeluzna— que las autoridades citadinas se ocupen poco o nada de la seguridad de los ciclistas. ¿No es una negligencia escandalosa que el gobierno local ofrezca en alquiler miles de bicicletas y ni un jodido casco protector? Los hay en otras partes y son obligatorios, pero aquí eso no importa. Gente que apenas sabe pedalear va y viene por las calles a coco descubierto, con la intrepidez propia de un novato prepúber, y ay de aquél que se atreva a reconvenirles. Hace un par de semanas, en un carril central de Patriotismo, esquivé con trabajos a un idiota en patines, que por toda respuesta me escupió el parabrisas.

Por si el riesgo no fuese suficiente, hay que ver las audacias cotidianas de los miles de espurios motociclistas que tampoco se sienten obligados a obedecer ya no digamos los reglamentos, sino el mínimo sentido común. Nadie les ha explicado lo que es un punto ciego, ni les merece mínima atención la amenaza letal de rebasar camiones por la derecha. En resumen, no saben conducir, ni se ven obligados a aprender, ni hay una autoridad capaz de limitar su brioso cretinismo. ¿Es que son intocables o nomás desechables?

Siempre fue peligroso transportarse en dos ruedas por la Ciudad de México, pero hoy día se rifan las tragedias. Participamos en una lotería de la desgracia que nos divide en muertos y matones potenciales. Los segundos, se entiende, viajan en cuatro ruedas y son por ende vistos con recelo o rencor anticipados. En caso de accidente, ha de asumirse que el que pega paga, así el accidentado le haya salido al paso con rampante imprudencia, pues no hay autoridad que aplaque la osadía cotidiana de quienes aún gozan del flaco privilegio de no saber lo que es una infracción.

Puedo decir aún que he tenido la suerte de evitarme el horror de arrollar a un ciclista inconsecuente, pero oportunidades no han faltado. Son tantos los suicidas que se ignoran y pululan por calles y avenidas, y tan escaso el compromiso de la autoridad, que al final todo queda en manos del azar. Señoras y señores, hagan sus apuestas.

Este artículo fue publicado en Milenio el 11 de marzo de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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