Las rebabas del año

¿Qué demonios nos falta cuando nos sobra el tiempo? Tiene uno la impresión de que la edad adulta le ha encogido las horas, a excepción de unas cuantas que se extienden por los primeros y últimos días del año: esa tierra de nadie que es el hueco entre Navidad y Reyes. Tiempo semidesértico, a juzgar por el ánimo haragán que al menos en teoría te compensa por el año jodido que te tocó. Prueba de ello es que no saliste de vacaciones.

Me da por inferir, cada diciembre, que la gente se gasta dinerales en un cuarto barato y una playa atestada con tal de no quedarse a hacer corte de caja en los turbios dominios de la conciencia. Y hacen corte de caja porque en los días huecos hay muy poco qué hacer, y todavía menos ganas de intentarlo. Florecen, por lo tanto, inquietudes ociosas e improductivas como hacer un balance del año que termina, o hundirse en reflexiones nihilistas propias de quien se mira otro trecho más cerca del panteón. Nada debe extrañar que todo enero tenga tal sabor a lunes y haya quien no trabaje antes del quince o veinte, si para ello hace falta escapar del marasmo precedente y otra vez resignarse a la rutina. La paradoja es cruel: las horas se hacen largas, pero el descanso igual se va como agua.

Oficialmente está uno reposando y se supone que se lo merece, pero si me preguntan tengo mis serias dudas. Porque lo cierto es que, como todos los años, conservo la engorrosa sensación de haber procrastinado como un príncipe de enero hasta diciembre. La gente que me quiere puede pensar que soy muy chambeador, pero yo sé las horas que cada día me robo para nada mejor que papar moscas. Con el pretexto, claro, de que estoy trabajando. Y tal vez sea por eso que en días-rebaba como los que ahora corren no soporte la idea de matar los minutos panza arriba. Vamos, me canso mucho. O como también dicen: no logro descansar (así me siga hasta San Valentín).

Cuenta John McEnroe que en sus días de parranda sufría imaginando que, a esas horas, su rival Iván Lendl estaría entrenándose con celo gladiador. Hay un raro sabor de fechoría cumplida en ignorar los huecos del calendario y habilitar las horas desahuciadas. Al fin de cada día, un chute de autoestima recorre las arterias y uno se va a la cama con la impresión de haber reconquistado lo que en otros momentos dilapidó. El que era un día hueco se llenó de propósito, como cuando, en la infancia, no pasaba media hora sin que hicieras un plan, tal vez descabellado pero también vivísimo y urgente. ¿Y quién, sino los niños, sabe cómo exprimir cada minuto de los días-rebaba? ¿No es verdad que los grandes recuerdos decembrinos provienen casi todos de los primeros años?

Tener “mucho qué hacer” en días como estos es un salvoconducto para cruzar las aguas de la nada sin mojarse. Cierto es que se pierde uno de entretenerse con la filosofía barata que les acompaña, pero ya está bastante entretenido para hacer cuentas tristes o alegres sobre lo que no ha hecho ni quizás hará. Cambiar de año le sirve de placebo a la creencia cándida de que algo más habrá de renovarse, digamos que automáticamente, empezando por el propio destino. Pero si algo he aprendido en los años recientes es que el único cambio que merece atención es el que ocurre dentro de uno mismo, a pesar de las propias resistencias y rara vez de manera automática. Lo demás es comedia involuntaria, superstición flagrante y sí: terror al cambio.

En cuanto al año viejo, tengo kilos de quejas en el costal, pero estoy ocupado resolviendo lo poco que ha quedado en mis manos. Diría Jaime López: “México, creo en mí”.

Este artículo fue publicado en Milenio el 31 de diciembre de 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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