Plan B

«No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino», escribió Samuel Beckett para referirse a la imposibilidad de que ocurran segundas oportunidades. La frase es incontrovertible en lo que toca al sentido último de una vida; sin embargo, en el camino, podemos ensayar otras versiones de nosotros mismos. Algo falla pero aparece un Plan B, que acaso sea mejor.

Hace unos días leí en El País una crónica de Manuel Jabois en la que cuenta que después de una entrega de los Premios Goya, los perdedores que no pudieron leer su discurso en la ceremonia fueron al Toni 2, conocido lugar de karaoke, para agradecer ahí, con gratuito entusiasmo, los trofeos que no habían recibido.

En ese mismo sitio fui testigo de un suceso que demostró que ciertos reconocimientos dependen del capricho. Hace algunos años varios amigos fuimos a España para presentar una lectura con música en la sala pequeña del Teatro Español titulada «El mariachi, mi madre y otras especies protegidas». Yo estaba a cargo de los textos, Jorge F. Hernández y Guillermo Zapata de las guitarras, y Hernán Bravo Varela llevaba la voz cantante.

La posibilidad de actuar en ese teatro legendario dependía de Hernán, que podría ser un cantante profesional fuera de serie, pero ha preferido complicarse la vida como un magnífico poeta. Imitador incomparable, emula sin pérdida a cantantes tan disímbolos como Roberto Carlos o Daniel Santos. En una ocasión, interpretaba «El triste» en una tertulia y los vecinos llamaron a la puerta para poder asistir a ese concierto privado de José José. La capacidad de mímesis no ha impedido que en el vasto repertorio de las voces Hernán revele que no hay otra como la suya. Sin embargo, no le atraen los reflectores, le aburre repetir un repertorio y repudia la tiranía emocional del público. Todo esto para decir que nos ofrecieron varias funciones en el Teatro Español y él respondió que sólo podía participar en dos.

Como he dicho, la sala donde nos presentamos era pequeña, de modo que mucha gente quedó afuera. Cuando nos ofrecieron dos funciones más, Hernán frunció el ceño. No había un liderazgo en nuestro grupo, pero el único insustituible era él. Fuimos a comer para «discutir la situación». En la sobremesa, dije que yo podía leer mis textos cuantas veces fuera necesario. Guillermo Zapata habló como el músico profesional que es: 23 funciones le parecen mejor que 22 y 22 que 21; jamás se perderá un concierto. Concluyó la ronda Jorge F. Hernández; mostró la huella que un catéter había dejado en su antebrazo y habló de su reciente hospitalización, donde descubrió que quería seguir vivo para cantar con sus amigos. El postre llegó al mismo tiempo que las lágrimas.

Tocó el turno a Hernán. Con la serenidad de quien renuncia a un disco de platino para seguir su estrella, dijo: «Hay que dejarlos con hambre». No había modo de refutarlo. Me correspondió a mí decirle al organizador que no estábamos dispuestos a triunfar.

Esa misma noche, las galerías de Madrid abrían hasta la madrugada y había luna llena. Fuimos de una exposición a otra hasta que alguien habló del mejor sitio de karaoke de Madrid, donde sólo se atreven a cantar virtuosos de la voz acompañados por un pianista que domina el repertorio íntegro del sentimiento.

El destino, que no concede partido de vuelta, nos dio una transitoria segunda opción.

En vez de la camisa negra con la que nos presentábamos, Hernán llevaba una camisa blanca con vistosos bordados laterales, perfecta para la ocasión. Oímos a dos o tres intérpretes que sólo nos parecieron espléndidos, es decir, inferiores a nuestro amigo. Surgió en nosotros un orgullo incontenible. Disponíamos de un arma secreta y le pedimos a Hernán que la usara. Naturalmente, se hizo del rogar. Lo abrumamos con tragos y elogios para motivarlo, pero no fue eso lo que lo convenció. A fin de cuentas, estábamos ante un poeta, y en el cielo había luna llena. Como Cyrano antes que él, Hernán Bravo Varela se sometió a los designios de Selene.

Se situó ante el piano con la naturalidad de quien hace lo mismo cada noche y solicitó que el maestro interpretara «Se me olvidó otra vez», de Juan Gabriel. El Toni 2 se vino abajo, una manera de decir que todos aplaudieron de pie.

La misma noche en que Hernán rehuyó el peligro de ser aclamado en el Teatro Español, deslumbró como un espontáneo, demostrando que el verdadero arte se ejerce sin otra recompensa que las ganas de hacer algo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 10 de junio de 2022, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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